jueves, 27 de abril de 2017

La simetría del niño con el adulto

Los niños ya no sólo se identifican con algunos rasgos de los padres sino que se mimetizan masivamente con ellos y sus historias. Y quedan ubicados en una situación imaginaria de paridad y autosuficiencia. Los síntomas que ponen en evidencia esa mimetización podrían trabajarse a través de la recuperación de la posición de hijos y la “devolución” a los padres de su lugar.

¿Qué tiene en común la reacción de las adolescentes que cortan el rostro de su compañera “por ser linda”, los fenómenos de bullying y la violencia creciente y sin freno del hombre contra la mujer, con la “adultización” de los niños y adolescentes, con la aceleración de la maduración cerebral de los bebés y, con la cantidad de niños genios que hay en el mundo? ¿Qué tiene que ver todo lo anterior con la cantidad de niños cada vez más pequeños medicados luego de ser diagnosticados con nuevas sintomatologías psíquicas, como las dificultades de concentración e hiperactividad, el mutismo selectivo, las conductas negativistas y desafiantes, las conductas compulsivas y obsesivas, los llamados trastornos del espectro autista o la bipolaridad? ¿Qué conexión tiene todo esto con la vulnerabilidad de los adolescentes que se fugan de su hogar, que se suicidan por situaciones de bullying o que se tiran desde un cuarto piso por ser amonestados en la escuela), o que para ganar el desafío de no respirar de un juego de internet deciden ahorcarse frente a la pantalla, y a sus amigos?
Todas estas situaciones emergen en un contexto dominado por el mercado de consumo y los medios masivos de comunicación, por el predominio del capital financiero y del neoliberalismo como modelo económico cada vez más excluyente, donde el uno por ciento de la población es dueña de más la mitad de la riqueza del mundo mientras cientos de miles de inmigrantes desesperados tratan de cruzar el océano en barcazas o el desierto en camiones para sobrevivir y son dejados morir por los más civilizados gobiernos europeos. 
Los rasgos de violencia, extrema violencia, dificultad del acceso al afuera, de narcisismo y egocentrismo, de prematurez y extraordinaria capacidad intelectual y de comprensión, pero también de rigidez y fanatismo, de dificultad de percibir, aceptar e integrar al otro como alguien diferente, de incapacidad para tolerar la frustración, de hiperexigencia, de falta de represión y límites, de extrema vulnerabilidad, encuentran una base estructural de sustentación o facilitación, una condición de posibilidad en la interacción del contexto cada vez más excluyente con un cambio psíquico estructural de profundas consecuencias en la subjetividad que es todavía desconocido en el ámbito social, al cual hemos denominado “simetría del niño con el adulto”. 
Este fenómeno se define como un cambio en las características de la primera identificación del niño con sus padres, de esa especie de imprinting que compartimos con los animales. Ahora el niño se mimetiza masivamente con sus padres, se confunde con ellos, con su lugar y con sus historias, los copia como si estuviera frente a un espejo sin que interfiera el proceso de represión que existía hasta hace medio siglo. A partir de los años setenta, el cuestionamiento al modelo autoritario producido en el mundo ha erradicado el miedo y la distancia vigentes en las anteriores formas de crianza que impedían este tipo de mimetización masiva. 
Se habla permanentemente del déficit de los padres para contener y poner límites a sus hijos, dificultad que efectivamente existe y está sumamente extendida, pero todavía no se conoce hasta qué punto ha cambiado la mente de los niños, en general, y en qué aspectos es diferente la subjetividad actual respecto al modelo de niño conocido.
Ya no se trata de identificarse con algunos rasgos de los padres como siempre ocurrió, sino también de mimetizarse masivamente con ellos, con su lugar y sus historias. Por eso se ha perdido el carácter lúdico de imitación que siempre existió, el niño ya no juega a ser un adulto sino que cree ser un adulto, se confunde con el adulto. La simetría no se advierte solamente en la forma de hablar, pensar y actuar adultizada de los niños sino que los afecta en muchísimos otros aspectos como por ejemplo, en la autoexigencia o sobreexigencia desmedida con que se juzgan a sí mismos o a los demás; en el enojo con que reaccionan ante la palabra y especialmente a la insistencia del adulto, ya que se sienten desvalorizados o humillados en su posición de paridad y saber; en una gran intolerancia a la frustración, ya que deberían poderlo todo; en la literalidad con que se toma la palabra del otro, lo que provoca reacciones de violencia; en la necesidad permanente de confirmación por parte de los otros, etc.
En la simetría, como no se perciben con claridad las diferencias, se trata al otro como si formara parte de un todo con uno mismo, con las múltiples consecuencias que esta falta de individuación y diferenciación generan, especialmente en el desencadenamiento de reacciones de violencia como las que aparecen cada vez más contra las mujeres y, sobre todo, en parejas jóvenes. También a esto se debe, en parte, el aumento en Argentina y el mundo de episodios de abuso infantil, paradigma de la imposibilidad de registrar al otro como diferente y no como objeto a disposición. Por otra parte, la simetría les permite a los niños y jóvenes captar información casi sin límites sobre lo que les interesa. Es tarea del adulto potenciar lo mejor de la simetría, que es la capacidad de comprensión que existe en los niños y jóvenes cuando se captura su atención, se pide su colaboración, es decir cuando el mensaje está formulado con respeto, firmeza y afecto. Es tarea del adulto enseñarles a responsabilizarse sin necesidad de apelar a órdenes o castigos. Y, sobre todas las cosas, es tarea del adulto ayudarlos a recuperar su lugar de hijos para aliviar esa soledad interior, esa autoexigencia desmedida, esa intolerancia a la frustración y autosuficiencia imaginaria, esa mimetización masiva con historias que no son propias y que provoca múltiples sufrimientos en las nuevas subjetividades. 
Neoliberalismo y paridad psíquica. Es interesante pensar cómo el pasaje a la posmodernidad y al neoliberalismo como modelo hegemónico coincidió con el abandono, por parte de los Estados Unidos, en 1971, del patrón oro como respaldo del dólar, que había sido instalado después de la segunda guerra mundial como regulador del mercado mundial. Esto significó el triunfo del capital financiero, o sea un capital especulativo, que acumula riquezas independientemente del nivel de producción y la consolidación de una nación por encima de las otras, con un poder arbitrario no regido por ninguna otra ley. Este hecho se podría asociar con el concepto junguiano de sincronicidad (Jung, 2004), ya que al mismo tiempo que era expulsada una ley que regía a los países por igual y un país quedó colocado en el lugar de la ley, se producía en la subjetividad la expulsión del principio de autoridad y comenzaba a instalarse la paridad psíquica entre los hijos y sus padres. 
Sabemos por Freud que la expulsión de la ley y la “colocación de un sujeto en el lugar de la ley” generan las bases para una estructura psicótica. La personalidad normal actual, nacida bajo la expulsión del principio de autoridad y los efectos del predominio del capital financiero como un poder no regulado, que se impone a los otros, entre otros factores macroestructurantes, da lugar a numerosos rasgos de personalidad similares a los descriptos por el psicoanálisis como pertenecientes a una estructura psicótica: expulsión del límite, literalidad o pérdida del carácter metafórico de las palabras que son tomadas como cosas, predominio de un pensamiento concreto, falta de duda, certeza en las propias convicciones, vuelta a través de lo real –como se observa a través de los ataques de pánico–, somatizaciones múltiples, etc.
Nuevos padecimientos psíquicos en la infancia. La copia masiva incluye la mimetización con rasgos semejantes (a veces menos intensos) de sus padres y/o abuelos, y la transmisión de padres a hijos de situaciones traumáticas no elaboradas por ellos o por generaciones anteriores. Este factor mimético y transgeneracional nos permite entender la enorme y creciente cantidad de niños y jóvenes afectados por nuevas sintomatologías que se advierten cada vez más frecuentemente en niños cada vez más pequeños. Nos referimos a aquellas catalogadas desde el DSM IV y 5 como “trastornos” –el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, los trastornos de ansiedad, los trastornos del espectro autista, el trastorno negativista desafiante–, la creciente supuesta “bipolaridad” y las depresiones en la infancia, entre otras muchas.
Más allá de la ostensible tendencia a la patologización y sobremedicación de la infancia, cuyos mayores beneficiarios son los laboratorios internacionales, en especial los productores de metilfenidato, es altamente llamativo y sin explicación coherente hasta el momento el fenómeno de la proliferación y aumento sistemático de las nuevas problemáticas psíquicas en la infancia y la adolescencia, y especialmente su prematurez.
Por ejemplo, una de las más alarmantes noticias es la cantidad de niños estadounidenses menores de dos años medicados con antipsicóticos y antidepresivos. Una noticia escalofriante, proveniente del periódico estadounidense New York Times International Weekly, revela que “en 2014 se elaboraron casi 20 mil recetas de Risperidona, Quetiapina y otros medicamentos antipsicóticos para niños de 2 años y menores, un aumento casi del 50 por ciento en relación con las 13 mil del año anterior, según informa la IMS Health, compañía de datos relacionados con recetas. Las recetas del antidepresivo Fluoxetina (Prozac) aumentaron un 23 por ciento en un año para ese grupo de edad, a alrededor de 83 mil”. 
Asimismo, encontramos en todo el mundo porcentajes crecientes de niños medicados por el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad. 
Una vez más nos interesa señalar que, más allá de que cada vez se presentan cuadros de mayor gravedad y se multiplica la cantidad de niños que evidencian este tipo de sintomatologías, no se conocen hipótesis acerca de las razones de este crecimiento, salvo el reduccionismo a una cuestión genética. 
Simetría y transmisión transgeneracional. Sin duda la expresión genética se modifica ante lo ambiental, pero encontrar un gen presente en un alto porcentaje de niños con estas patologías no excluye ni agota el misterio de por qué aumentan de la manera que lo hacen este tipo de sintomatologías. La mayoría de niños y jóvenes que las presentan no muestran situaciones traumáticas propias, sino que por el contrario ponen de manifiesto la mimetización y la identificación masiva con situaciones traumáticas que han vivido sus padres, abuelos o generaciones anteriores. 
El planteo es que, más allá de los fuertes intentos de patologización de la infancia, del reduccionismo de todo padecimiento psíquico a una cuestión biológica en beneficio de los grandes laboratorios, y de la peligrosidad extrema de administrar medicamentos psiquiátricos a niños pequeños, la gran cantidad y el crecimiento permanente de consultas y síntomas que afectan a niños y jóvenes, y sobre todo la prematurez de esos síntomas, nos tienen que hacer pensar que no se originan solamente en cuestiones biológicas, o en fallas de los padres para poner límites a sus hijos y sostener su lugar de autoridad, o que son efecto de las nuevas tecnologías o del mercado de consumo. Podemos afirmar que estamos en presencia de un cambio psíquico estructural que en su interacción con el contexto potencian fuertemente estas nuevas sintomatologías. Nuestra hipótesis es que esta transmisión transgeneracional aparece con mucha más claridad y posibilidad de expresión que en generaciones anteriores a partir del cambio que introduce la simetría en los vínculos familiares, ya que con sus síntomas, los niños ponen en evidencia la mimetización con historias y situaciones traumáticas no elaboradas por padres y ancestros. Y que estos síntomas podrían trabajarse y resolverse a través de la recuperación de la posición de hijos y la “devolución” a los padres de aquello que les corresponde.
Lo no elaborado por los padres y eludido a través de los mecanismos de desconexión emocional aparece en los hijos sin inhibición ni censura, como si fuera una tragedia en dos actos, y genera un sufrimiento y una patología muy difícil de revertir si no se contempla un abordaje vincular transgeneracional porque no pertenece a una vivencia propia sino ajena. El inconsciente, a través de la compulsión a la repetición, produce sus efectos no solamente sobre la vida de cada sujeto como todos conocemos, sino que también se traslada a través de las generaciones de inconsciente a inconsciente. 

Por Claudia Messing *
* Licenciada en Psicología y Sociología (UBA). Psicóloga social y psicodramatista. Texto extraído de “Cómo sienten y piensan los niños hoy. Investigación sobre la simetría del niño con el adulto. Recursos para la crianza, la educación y la clínica de niños y jóvenes” (Editorial Noveduc), que se presenta mañana a las 20.30 en la Feria del Libro, Sala Javier Villafañe, Pabellón Amarillo.
Fuente https://www.pagina12.com.ar/34249-la-simetria-del-nino-con-el-adulto



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jueves, 16 de marzo de 2017

ZAPATERO A TUS ZAPATOS: LA PARTICIPACIÓN DEL PADRE DE FAMILIA EN LA ESCUELA

El modelo educativo 2016 incluye la participación de los padres de familia en la escuela para la formación integral de los alumnos. También especifica su competencia y declara que son los docentes quienes ejecutan el proceso de enseñanza y ayudan a detonar el aprendizaje en  la división de responsabilidades; indicando que se deben compartir las atribuciones para cada actor del sistema, de modo que den cuenta del cumplimiento de las obligaciones que  corresponden a cada uno.

Esto que se declara en el modelo educativo no exime a los padres para que puedan ser parte de la mejora continua,  en caso de que sean expertos en un tema, pero tampoco los incluye para que interfieran de manera directa en la toma de decisiones para la complejidad del proceso de enseñanza-aprendizaje. Su inclusión se anuncia en la clasificación del enfoque humanista  y cuando establece que “la educación tiene la finalidad de realizar las facultades y el potencial de las personas para que éstas, a su vez, se encuentren en condiciones de participar activa y responsablemente en las grandes tareas que nos conciernen como sociedad”. También los incluye cuando establece que: “todos los elementos del modelo educativo –currículo, directores, docentes, padres de familia, infraestructura, presupuesto, procesos, flujos de información, entre otros– deben responder al imperativo de la educación inclusiva y con equidad, como principios intrínsecos de la tarea educativa” (19).
Indudablemente, los padres de familia son, en muchos momentos, el motor que mueve a los estudiantes para que ellos avancen. Sin embargo, se vuelve imperativo que ellos lean la propuesta del modelo y que reconozcan sus límites, para no confundir su responsabilidad. Retomo este tema porque recientemente tuve la oportunidad de conocer a un grupo de padres de familia quienes, sin ser expertos en el área de inglés, cuestionaban situaciones que en lugar de ayudar al avance de sus hijos, los frenaban. Sus niños, inscritos en una escuela privada, de 12 años, aprenden inglés como lengua extranjera. Esta institución decidió impartir  3 horas de inglés a la semana, como un servicio extra, para que los niños avanzaran y desarrollaran nuevas competencias. Como parte del buen servicio, se decidió  tener a dos maestras de inglés para que atendieran a un grupo de 16 niños, con roles específicos, bajo un esquema de perfiles y descripciones de puesto definidos, encaminados a detonar su competencia comunicativa. El cuestionamiento fue la presencia de ambas docentes. Los padres de familia querían que solo se quedara una, que se cambiara de libro, que no se viera una estructura del idioma, etc. etc. Desafortunadamente este es un tema recurrente en diversas escuelas, donde los padres de familia creen que su participación significa poder sugerir a un docente lo que se debe de enseñar, controlar al director o al docente e incluso, es fácil encontrar a padres de familia amenazar con echar de la escuela a los directores o a los maestros  si estos no cumplen con sus peticiones.
Por tal razón se vuelve importante dedicarles un momento para que conozcan la propuesta del modelo educativo en su participación y dejarles muy claro el papel que a ellos les toca jugar, en este tipo de educación que no se queda únicamente en el aprendizaje, sino que busca ser centrada en la formación integral con un proyecto ético que rige su vida.  Su rol en la educación no formal debe de quedar muy claro y debe de respetarlo para que el sistema funcione mejor. Si no se sabe lo que le toca,  este tipo de situaciones  se seguirán repitiendo, entorpeciendo los resultados y evitando que respeten la propuesta inicial, en la que se establece que  el involucramiento en la escuela, de las madres y los padres de familia se encuentra en el proceso de aprendizaje de sus hijos y que deben de colaborar con la escuela para hacer realidad la impartición de una educación de calidad y la creación de ambientes seguros y afectuosos para todos los alumnos, entendiendo  que su verdadera participación está relacionada con su colaboración cercana con la escuela, con los profesores y la dirección,  compartiendo la tarea de educar a los hijos, pero no para interferir en ninguna etapa del proceso interno.



Por: Rosalía Nalleli Pérez-Estrada
Fuente: http://www.educacionfutura.org/zapatero-a-tus-zapatos-la-participacion-del-padre-de-familia-en-la-escuela/


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viernes, 24 de febrero de 2017

EL ROL DE LOS PADRES EN LA EDUCACIÓN ESCOLAR

Profesionales hablan sobre los deberes y límites de los padres en el proceso enseñanza-aprendizaje.
‘Este es un trabajo en equipo donde cada miembro tiene derechos, deberes y límites’, asegura la docente María del Carmen de Brown, con referencia a la participación de los padres en la educación escolar de los hijos.

Sobre el mismo tema, la psicóloga infantil, Laura Mendieta, afirma que ‘desde la infancia el rol de los padres juega un papel sumamente importante en el aprendizaje de los hijos y esto no cambia en la etapa escolar’.
Por su parte, el estudio ‘La participación de las familias en la educación escolar’ (edición 2014), divulgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, España; y realizado por profesionales en la materia, señala que ‘existe una amplia evidencia empírica que indica que la participación de las familias en la escuela, además de constituir un derecho y un deber, aporta grandes beneficios, tanto a los estudiantes como a la escuela y a los propios padres y madres’.
Expuesto lo anterior, se hace necesario delinear las responsabilidades y límites de los padres en el proceso enseñanza-aprendizaje de sus hijos.
‘La enseñanza o preparación que los padres le dan a sus hijos para ingresar y desenvolverse en el campo escolar debe empezar desde el día uno de nacimiento del niño. Con esto me refiero a que la formación de valores y principios es lo más importante en todas las facetas de la educación’,

LAURA MENDIETA
PSICÓLOGA INFANTIL
LA EDUCACIÓN INICIA DESDE EL DÍA DEL NACIMIENTO
Mendieta explica que ‘la enseñanza o preparación que los padres le dan a sus hijos para ingresar y desenvolverse en el campo escolar debe empezar desde el día uno del nacimiento del niño. Con esto me refiero a que la formación de valores y principios es lo más importante en todas las facetas de la educación’. Añade que ‘los docentes intervienen de manera temporal, por lo que conviene aliarse con ellos y no ser sus enemigos’.
También es responsabilidad de los padres, agrega la psicóloga, fortalecer la autoestima de sus hijos. Brindarle afecto, felicitarlos frente a buenos resultados, apoyarlos cuando no se obtienen los deseadod y frecuentemente motivarlos a superarse así mismos.
Considera Mendieta, que ‘los padres, deben sacar algún tiempo del día para involucrarse en los deberes escolares de sus hijos, aún cuando designen la labor de revisar y apoyar en tareas a otra persona. Con esto demuestran interés por sus hijos, a pesar de la falta de tiempo que tengan.
Mientras que Brown indica que ‘si no hay un adulto pendiente de los deberes escolares del menor el proceso de enseñanza-aprendizaje se complica’.
UN TRABAJO EN EQUIPO
‘Este es un trabajo en equipo donde cada miembro tiene derechos, deberes y límites. Los padres tiene derecho de obtener información en cuanto al docente, plantel y sobre todo sus hijos. Pero con estos derechos viene el deber de velar en casa porque el proceso de enseñanza-aprendizaje se cumpla. Nosotros damos las bases y ellos deben reforzar en el hogar’, señala Brown.
Según explica la docente, uno de los errores cometidos frecuentemente por los padres, es tomar ‘actitud de rival’ frente a los docentes por algún desacuerdo.
‘Lo mejor es aliarse al maestro. Hay que saber exponer nuestro descontento sin llegar a caer en desafíos de autoridad’, dice Brown. Añade que ‘siempre existirán desacuerdo si tomamos en cuenta que regularmente los padres desean que a sus hijos les vaya muy bien, pero lo más importante es tratar estas diferencias de la mejor forma posible’.
Las profesionales coinciden en que debe haber un grado de independencia en el niño, ‘este grado de independencia debe ir aumentando conforme vaya creciendo. Primero se le ayuda a hacer la tarea, luego solo supervisar y por último solo revisa’, dice la psicóloga infantil.



Por: Keila E. Rojas
Fuente: http://laestrella.com.pa/vida-de-hoy/familia/padres-educacion-escolar/23987492
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lunes, 20 de febrero de 2017

La hipersexualización de la sociedad: niñas sexis, infancia frágil

Los expertos aseguran que la falsa madurez y el hecho de vivir rodeado de mensajes sexuales afecta a la autoestima

Suena a hipocresía que la sociedad se lleve las manos a la cabeza cuando se plantea el debate de la sexualización cada vez más temprana de la infancia, sobre todo de las niñas. Una sociedad que dice que observa pasmada las fotos que las adolescentes y preadolescentes cuelgan en sus redes sociales, la ropa que visten, el maquillaje que aparece cada vez más pronto. Sólo con observar alrededor queda claro que los más jóvenes beben de un mundo en el que se ha producido una hipersexualización generalizada, donde la sexualidad se ha puesto en el centro con unas connotaciones muy concretas.
En los vídeos musicales, la publicidad, las series o la moda aparece en muchísimas ocasiones este telón de fondo de la hipersexualización (sobre todo de la mujer), los cuerpos como reclamo y como mercancía. En este contexto, en una cultura también muy visual, señala Begonya Enguix, antropóloga y profesora de la UOC, se añaden las redes sociales y el uso que hacen de ellas los chicos y chicas cada vez más jóvenes. Una redes sociales mediatizadas, indica, por la imagen, ya que es la imagen que se proyecta en ellas la que estructura las relaciones y la convierte en una medida del éxito.
Desde edades muy tempranas (que puede empezar incluso antes de los diez años) se atisba el peligro de crecer bajo la falsa creencia de que el éxito social está vinculado a la imagen, explica Amàlia Gordóvil, profesora de Psicología y Ciencias de la Educación (UOC), y se corre el riesgo en estas edades de perder una serie de valores fundamentales como la espontaneidad, el disfrute o la creatividad. En los niños se percibe menos porque en este mundo de la infancia se trasladan también los roles de género de los adultos, pero las niñas sí que pueden acabar a la larga actuando como objetos sexuales. Es decir, indica Begonya Enguix, asumir un sistema de relaciones de género en el que ellas están para agradar al chico, al hombre.
La traslación al mundo de los más jóvenes de esta sociedad hipersexualizada afecta al desarrollo natural de las etapas de la vida, altera el crecimiento durante la infancia, indican los expertos. Las niñas sobre todo aparecen situadas en una falsa madurez que no entienden, rodeadas de mensajes de contenido sexy que puede desembocar en una falta de seguridad, en la construcción de jóvenes frágiles que se sentirán obligadas a librar una batalla con su cuerpo en busca de un ideal inexistente. La vida centrada en la mirada del otro resta autonomía personal y quemar etapas vitales para niños y niñas, recuerda Gordòvil, psicóloga en el centro GRAT, afecta a la autoestima. Y la separación entre la conducta sexual y la afectiva puede plantear en el futuro problemas relacionales.
Hablar de una sociedad hipersexualizada no es hacerlo desde la mojigatería. Se entiende que la sexualidad es libertad y es necesaria también una información sexual adecuada para los más jóvenes. Asimismo, la adolescencia tiene un pulso reivindicativo que se expresa también en las formas de vestir, un momento en el que se producen cambios físicos, la propia imagen cobra importancia y es lógico querer gustar. Pero esto no es sexualización.
La sexualización consiste, según un informe del Parlamento Europeo, en un enfoque instrumental de la persona mediante la percepción de la misma como objeto sexual al margen de su dignidad y sus aspectos personales. “La sexualización supone también la imposición de una sexualidad adulta a las niñas y los niños, que no están ni emocional, ni psicológica, ni físicamente preparados para ello”, se indica.
Precisamente el Parlamento Europeo abordó este debate hace cuatro años cuando constató con alarma el aumento del número de imágenes de niños con enfoque sexual. Los puntos trabajados en la comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad planteaban algunas reflexiones sobre las consecuencias de esta erotización, en un trabajo que abarcaba de los seis hasta los trece años. La influencia negativa de la sexualización en la autoestima, se señalaba, puede llevar a trastornos de alimentación de base psíquica. Y se alertaba, sobre todo, de que este peligro de autoobjetualización “incrementa la posibilidad de conductas agresivas hacia las niñas”. Degradar el valor de la mujer, se subrayaba, contribuye a un incremento de la violencia contra las mujeres y al refuerzo de ac­titudes y opiniones sexistas que a la larga acaban derivando en discriminación laboral, acoso ­sexual e infravaloración de sus logros.
Asimismo, se ponía el acento en el creciente número de niños y niñas que acceden a internet a edades cada vez más tempranas, lo que supone también avanzar el primer contacto con la pornografía.
En el libro American girls (2016), su autora Nancy Jo Sales explica a través del testimonio de decenas de chicas estadounidenses una sociedad en la que todas (pequeñas, jóvenes, mayores) quieren parecer hot. Y donde los sexting rings –en los que fotografías de adolescentes desnudos se comparten en amplios grupos– existen en la mayoría de institutos. Entre otras cuestiones, la autora indica que los niños estadounidenses empiezan a ver pornografía en internet a los seis años, y que la gran mayoría lo han hecho antes de cumplir los dieciocho.
La hipersexualización de la sociedad es un hecho, señala la profesora Begonya Enguix, pero también se debe remarcar que a la par crece la conciencia crítica y la denuncia. Tuvieron repercusión internacional las críticas a Vogue cuando utilizó en el 2011 a una modelo de diez años con ropa y poses de mujer adulta. Desde entonces, la publicación se comprometió a no utilizar modelos menores de dieciséis. En una escala muy distinta, hace unos días las redes reaccionaban contra un disfraz infantil de enfermera sexy que se vendió el año pasado en San Blas (Madrid).
Es evidente que no toda la sociedad compra esta hipersexualización, pero también es obvio que los mensajes se encuentran por todas partes y, por tanto, se filtran en todas las edades. En su estudio El cuerpo de las mujeres y la sobrecarga de sexualidad, la profesora de Sociología del Género (Universidad de A Coruña), Rosa Cobo Bedia, indica que el contexto en el que se produce esta hipersexualización es un “mercado libre y sin límites que ha entendido que los cuerpos de las mujeres son una mercancía de la que se extraen plusvalías necesarias para la reproducción social de los patriarcados y el capitalismo neoliberal”.
Entre otras cuestiones, Cobo indica que tras el éxito del feminismo radical en EE.UU. llegó una dura campaña antifeminista que cuajó en los años noventa con una alianza entre la reacción patriarcal y el neoliberalismo que tuvo “graves consecuencias para las mujeres” en términos de subordinación y explotación económica. Pero este discurso patriarcal, explica, no sólo reclama la vuelta de las mujeres a la vida doméstica y la exaltación de la maternidad, sino que apela también a la sexualidad femenina. Se apropia de la libertad sexual de los años 60 y 70, pero vista como un “derecho natural” de los varones. Y se rediseña así el ideal de feminidad incorporando elementos explícitos de sexualidad. Bajo el paradigma de la libertad sexual lo que se produce es una ampliación del “marco de derechos masculino”.
Cobo considera que el atractivo sexual se ha convertido en parte fundamental del nuevo modelo que se exige a adolescentes y mujeres adultas, imágenes sexualizadas que eclipsan otros tipos de representación femenina. Esta presión para que las mujeres hagan de su cuerpo y de su sexualidad el centro de su existencia se manifiesta en una cultura de la exaltación de la sexualidad, en la pornografía y en la prostitución, señala la profesora. La mujer, de nuevo, despersonalizada bajo el discurso de que la sexualización forma parte de la naturaleza femenina.
Pero esto ya no es suficiente. El dominio masculino y el neoliberalismo, indican las expertas, han puesto en el mercado los cuerpos de las niñas. Sólo cabe por tanto la reacción crítica.
La edad y las pasarelas de moda
El debate sobre la edad en la que las chicas modelos pueden subir a las pasarelas ha prendido también en el mundo de la moda y ha llevado en los últimos años a elaborar distintas recomendaciones. El CFDA (Consejo de Diseñadores Americano) aconsejó en el 2012 que la edad mínima para desfilar fuese de 16 años, un consejo que surgió después del estudio realizado por The Model Alliance. Esta plataforma surgida para reivindicar y vigilar los derechos de las jóvenes que trabajan en el mundo de la moda realizó una encuesta entre 240 modelos. Los resultados indicaron que la mayoría (un 54,7%) empezaron entre los 13 y los 16 años, mientras que un 37,3% lo hicieron entre los 17 y los 20 años. La encuesta también reveló que una mayoría de las chicas menores de 18 años nunca o casi nunca están acompañadas por los padres o algún tutor durante su trabajo.
La fundadora de The Model Alliance es la exmodelo Sara Ziff, quien conociendo por dentro la profesión decidió dar un paso al frente para denunciar una industria desregulada en la que no se tiene en cuenta el bienestar emocional de las jóvenes. Y donde, a su entender, las lucrativas carreras de unas pocas supermodelos esconde las duras condiciones económicas de las demás. Ziff denuncia que el acuerdo sobre los 16 años se rompe en muchas ocasiones.
La reflexión del Europarlamento
1. Contexto. El Parlamento Europeo abordó el debate sobre la sexualización de la infancia (sobre todo de las niñas) en el 2012. Cinco años antes lo hizo en Estados Unidos la Academia Americana de Psicología por lo que se considera un problema social que sigue vivo.
2. Violencia. Entre sus advertencias, el Parlamento indica que las manifestaciones de sexualización de las niñas, que pueden llevar a la autoobjetualización incrementan la posibilidad de conductas agresivas hacia ellas. Degradar el valor de la mujer contribuye al aumento de la violencia.
3. Definición. La sexualización no es sinónimo de sexualidad sino que debe entenderse como un enfoque instrumental de la persona mediante la percepción de la misma como objeto sexual, siendo valorada en función de su atractivo personal, Supone también la imposición de una sexualidad adulta a los niños, sobre todo a las niñas, que no están preparados ni emocional, ni psicológica ni físicamente para ello. La sexualización choca con el desarrollo natural y saludable de la sexualidad.


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domingo, 19 de febrero de 2017

“COMPRE USTED PARA SER FELIZ”

Nos bombardean constantemente a través de los medios de transmisión o medios de adoctrinamiento: compre la casa de sus sueños, el reloj que le hará sentir bien…apueste su dinero al poker on line o cómprese un coche nuevo…y así hasta un sin fin de mensajes diarios a los que todos estamos expuestos por el solo hecho de encender la televisión, abrir el periódico o navegar por la red. “Si compra mi producto usted será feliz”, parece ser la consigna, y la consigna, generalmente, es creída.

La publicidad, en efecto, nos transmite directamente un mensaje claro: “debe usted comprar mi producto”, pero asociado a esto se nos “cuelan” una serie de mensajes o supuestos que a menudo pasan inadvertidos como también sus consecuencias, supuestos que son mayoritariamente aceptados. El primero de ellos es el de la infelicidad humana. Los seres humanos somos infelices ya que nos falta algo: nos falta un producto, la mercancía que se nos anuncia. Sin él, la vida no tiene sentido. El primer supuesto es por tanto que debemos creernos infelices.
El segundo supuesto es el que ya hemos comentado, que si compramos el producto nos sentiremos mejor. Veo al señor o a la señora que aparece en el anuncio y me transmiten felicidad, tienen una sonrisa de oreja a oreja; la familia que sale en el anuncio televisivo parece feliz, con lo cual mi familia y yo también lo seremos si adquiero el producto: debo comprar.
Ya tenemos dos de los mensajes subliminales o supuestos que se nos transmite a través de la publicidad. Nos quedarían muchos más pero ahora nos ocuparemos de dos de ellos (sobre todo en los productos caros) como son el prestigio social y la envidia. Con respecto al primero se nos intenta hacer creer que el comprador del flamante coche será alguien que gozará de un prestigio social que ahora no dispone, y es que la sociedad, sí, valora a aquellos que posean riqueza y además la exhiben. El comprador del coche será admirado por los demás produciéndose un reconocimiento de su valía, de su valor: ahora es un héroe ya que ha sido protagonista de una gran gesta: comprar; ahora es alguien que puede ser feliz. Pero además será envidiado. Conducirá por las calles de su ciudad con su lujoso coche y allá donde vaya se le envidiará con lo cual el sentido de la vida del comprador cobrará toda su importancia; ¿quién no sería feliz siendo alguien valorado y envidiado?
Así, tenemos que se nos transmite el pésimo y falso mensaje de que la felicidad depende de la adquisición de productos materiales y hasta que no se consigan estos se vivirá en la infelicidad, así es que si no se dispone del suficiente dinero para consumir (superfluamente) uno tendrá la felicidad vetada. Se nos crean con todo esto unas necesidades que en realidad no tenemos, la necesidad de comprar productos porque sin ellos, así es, la vida carece de sentido. El problema es que este tipo de mensajes han calado en las distintas sociedades y de este modo se valora a las personas no por sus acciones en beneficio de las mismas sino por su capacidad de consumo. Los referentes sociales serán personas adineradas y no aquellos que están implicados en la construcción de un mundo mejor. Finalmente se llegará a la conclusión de que los que dispongan de menor capacidad de consumo deberán sentirse inferiores y los que mayores bienes materiales tengan, superiores y afortunados.
Y esta es la gran falacia y el gran engaño al que gran parte de la población se somete, el creer que nuestra felicidad depende de lo exterior y material en lugar de lo interior e inmaterial, una falacia que aparta a todo el mundo del ansiado bienestar, tanto a los consumidores irracionales que compran productos buscando la plenitud como a los que no pueden lanzarse compulsivamente a comprar y por ello creen que nunca la van a alcanzar. Y es que el anhelado bienestar depende mucho más de lo sentimental, de nuestras relaciones humanas y de la adopción de un adecuado sistema de pensamientos y valores que del conseguir un gran coche o un caro reloj abocándonos sin embargo esta última actitud a una pseudofelicidad que en realidad nos alejará de una vida plena.
No nos dejemos engañar pues por embaucadores; no otorguemos a las empresas comerciales el poder de decidir sobre nuestro bienestar presente y futuro; y, seamos en cambio, personas independientes que no se ciñen por parámetros materialistas ni consumistas ni por falsos prestigios sociales.



Por: Vicente Berenguer, asesor filosófico
vaberenguer@gmail.com


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domingo, 1 de enero de 2017

LOS NIÑOS NECESITAN SER FELICES, NO SER LOS MEJORES

Vivimos en una sociedad altamente competitiva en la que parece que nada es suficiente y tenemos la sensación de que si no nos ponemos las pilas, nos quedaremos rápidamente atrás, siendo barridos por los nuevos adelantos.

Por eso, no es extraño que en las últimas décadas muchos padres hayan asumido un modelo de educación sustentado en la hiperpaternidad. Se trata de padres que desean que sus hijos estén preparados para la vida, pero no en el sentido más amplio del término sino en el más restringido: quieren que sus hijos tengan los conocimientos y las habilidades necesarias para hacerse de una buena profesión, obtener un buen trabajo y ganar lo suficiente.
Estos padres se han planteado una meta: quieren que sus hijos sean los mejores. Para lograrlo, no dudan en apuntarles en disímiles actividades extraescolares, allanarles el camino hasta límites inverosímiles y, por supuesto, empujarles al éxito a cualquier costo. Y lo peor de todo es que creen que lo hacen “por su bien”.
El principal problema de este modelo educativo es que añade una presión innecesaria sobre los pequeños, una presión que termina arrebatándoles su infancia y crea a adultos emocionalmente rotos.
LOS PELIGROS DE EMPUJAR A LOS NIÑOS AL ÉXITO
Bajo presión, la mayoría de los niños son obedientes y pueden llegar a alcanzar los resultados que sus padres les piden pero, a la larga, de esta forma solo se consigue limitar su pensamiento autónomo y las habilidades que le pueden conducir al éxito real. Si no le damos espacio y libertad para encontrar su propio camino porque le colmamos de expectativas, el niño no podrá tomar sus propias decisiones, experimentar y desarrollar su identidad.
Por eso, pretender que los niños sean los mejores encierra graves peligros:
– Genera una presión innecesaria que les arrebata su infancia. La infancia es un periodo de aprendizaje, pero también de alegría y diversión. Los niños deben aprender de manera divertida, deben equivocarse, perder el tiempo, dejar volar su imaginación y pasar tiempo con otros niños. Esperar que los niños sean “los mejores” en determinado campo, poniendo sobre ellos expectativas demasiado elevadas, solo hará que sus frágiles rodillas se dobleguen ante el peso de una presión que no necesitan. Esta forma de educar termina arrebatándoles su infancia.
– Provoca una pérdida de la motivación intrínseca y el placer. Cuando los padres se centran más en los resultados que en el esfuerzo, el niño perderá la motivación intrínseca porque comprenderá que cuenta más el resultado que el camino que ha seguido. Por tanto, aumentan las probabilidades de que cometa fraude en el colegio, por ejemplo, ya que no es tan importante lo que aprenda como la nota que consiga. De la misma manera, al centrarse en los resultados, pierde el interés por el camino, y deja de disfrutarlo.

– Planta la semilla del miedo al fracaso. El miedo al fracaso es una de las sensaciones más limitantes que podemos experimentar. Y esta sensación está íntimamente vinculada con la concepción que tengamos sobre el éxito. Por tanto, empujar a los niños desde temprano al éxito a menudo solo sirve para plantar en ellos la semilla del miedo al fracaso. Como consecuencia, es probable que estos pequeños no se conviertan en adultos independientes y emprendedores, como quieren sus padres, sino que sean personas que apuesten por lo seguro y acepten la mediocridad solo porque tienen miedo a fracasar.
– Genera una pérdida de autoestima. Muchas de las personas más exitosas, profesionalmente hablando, no son seguras de sí. De hecho, muchas supermodelos, por ejemplo, han confesado que creen que son feas o están gordas, cuando en realidad son iconos de belleza. Esto sucede porque el nivel de perfeccionismo al que siempre han estado sometidas les hace creer que nunca será suficiente y que basta el más mínimo error para que los demás las desprecien. Los niños que crecen con esta idea se convierten en adultos inseguros, con una baja autoestima, que creen que no son lo suficientemente buenos como para ser amados. Como resultado, viven pendientes de las opiniones de los demás.
¿QUÉ DEBE SABER REALMENTE UN NIÑO?
Los niños no necesitan ser los mejores, solo necesitan ser felices. Por eso, solo debes cerciorarte de que tu hijo sepa:
– Que es amado, de forma incondicional y en todo momento, sin importar los errores que cometa.
– Que está a salvo, que le protegerás y apoyarás siempre que puedas.
– Que puede hacer el tonto, perder el tiempo fantaseando y jugar con sus amigos.
– Que puede elegir lo que más le gusta y dedicarse a esa pasión, sin importar de qué se trate. Que puede pasar su tiempo libre haciendo collares de flores o pintando gatos con seis patas si es lo que le apetece, en vez de practicar la fonética o el cálculo.
– Que es una persona especial y maravillosa, al igual que muchas otras personas en el mundo.
– Que merece respeto y que debe respetar los derechos de los demás.
¿Y QUÉ NO DEBEN OLVIDAR LOS PADRES?
También es fundamental que los padres sepan:
– Que cada niño aprende a su propio ritmo, y que no deben confundir la estimulación que desarrolla con la presión que agobia.
– Que el factor que más influye en el rendimiento académico infantil es que los padres les lean a sus hijos, que les dediquen un rato cada noche para cultivar juntos esa pasión por la lectura, no las escuelas carísimas o los juguetes hípertecnologicos.
– Que el niño que mejores calificaciones saca casi nunca es el pequeño más feliz porque la felicidad no se mide en esos términos.
– Que los niños no necesitan más juguetes sino una vida más sencilla y despreocupada, así como más tiempo con los padres.
– Que los niños merecen la libertad para explorar todo y decidir por ellos mismos que les gusta y les hace felices.



Por: Jennifer Delgado Suárez
Fuente:
http://www.rinconpsicologia.com/2016/04/los-ninos-necesitan-ser-felices-no-ser.html


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