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lunes, 1 de marzo de 2021

“Los chicos necesitan que los adultos los cuiden en el mundo digital”

 Especialista en tecnología y seguridad informática, Sebastián Bortnik acaba de publicar “Guía para la crianza en un mundo digital”, un libro que aporta respuestas las preguntas que se les plantean a padres y docentes al acompañar a chicos y chicas en el uso de la tecnología.

 


Sebastián Bortnik es especialista en tecnología y seguridad informática. Fundador y expresidente de la ONG Argentina Cibersegura, Bortnik es un referente en cuestiones relacionadas con el buen uso de las tecnologías. Conversó con Agenda Educativa con motivo de la publicación de su libro Guía para la crianza en un mundo digital (Siglo XXI), una obra pensada para apoyar a los adultos en la búsqueda de respuestas para las preguntas nuevas –y no tan nuevas– que se les plantean a padres y docentes a la hora de acompañar a chicos y chicas en el uso de la tecnología.

 

–¿Cómo llegaste a especializarte en la “crianza digital”?

–Como experto en seguridad informática yo fui parte del grupo fundador y luego presidente de la ONG Argentina Cibersegura, un proyecto dedicado a divulgar ideas para cuidarse en Internet. En esos años recorrimos muchos colegios, hablamos con familias, chicos, chicas y adolescentes. En 2018, después de 8 años como presidente de la ONG, me tomé una pausa y surgió la idea de poner en papel lo que había aprendido en ese tiempo. En el camino aprendí un montón: busqué papers, hice entrevistas a profesionales, investigué.

Aunque el libro tiene un montón de consejos y buenas prácticas, querer aplicarlas todos juntos de un día para el otro puede ser abrumador porque implica muchos desafíos. Hay aspectos que requieren deconstrucción, cambiar nuestros hábitos, dar el ejemplo. Muchas ideas son orientadoras, aportan parámetros pero no respuestas concretas. Por ejemplo, yo no recomiendo las pantallas antes de los dos años. Pero si una familia le quiere dar a su hijo una tablet antes, bueno, dársela al año es mejor que a los tres meses.

 

–¿Cómo debería ser el rol adulto frente a la tecnología? ¿Con qué palabras lo definirías?

–Primero, involucrarse. Yo siempre digo que milito para que los adultos analógicos que están criando niños digitales se involucren. Creo que esa la primera gran definición del rol adulto, y no hablo solo de papá y mamá, sino también de docentes, pediatras, etc. Algunos te dicen: “Yo veo que mis hijos la tienen clarísima con la tecnología”. Aunque nos confunde a veces ver que los chicos se manejan muy naturalmente en el mundo digital, necesitan de los adultos para cuidarlos. Muchas veces los cuidamos en un montón de temas, y nos olvidamos del mundo digital. Por ejemplo, no sería descabellado que un pediatra, además de decirte qué tiene que comer el nene, también te dijera cuánto tiempo puede estar en la pantalla.

 

Aunque nos confunde ver que los chicos se manejan naturalmente en el mundo digital, necesitan de los adultos para cuidarlos. A veces los cuidamos en un montón de temas y nos olvidamos de este

Sebastián Bortnik

 

El segundo paso es el diálogo. Algunos padres preguntan: “¿Qué herramienta me recomendás para espiar?”. Pero la gran herramienta que tenemos como adultos es el diálogo, una vez que asumimos que ayudar a los chicos a relacionarse de manera sana y segura con la tecnología es nuestra responsabilidad. Yo lo comparo mucho con la educación sexual integral: el principal recurso siempre es el diálogo.

 

El tercer eje es la progresividad. Si yo quiero resolver todos los problemas que plantea el libro, no voy a poder. Si yo creo que mi hijo va a aprender a usar el celular de un día para el otro porque lo senté y le di dos horas de explicación, eso es como el viejo mito de la educación sexual: “la charla” a los 13 años. Hoy se sabe que la educación sexual empieza en la primera infancia y es progresiva. Acá es lo mismo. Cuando tu hijo tiene 4 o 5 años, tu manera de comportarte con la tecnología, el hecho de dársela progresivamente en vez de usarla como chupete, va a impactar mucho en cómo él la usará después, cuando sea adolescente.

 

–¿Cuánto sirven las estrategias basadas en espiar lo que hacen en las redes o pedirles las contraseñas?

–Entre poco y nada. En algunos eventuales escenarios pueden servir, cuando los niños y niñas son muy pequeños. En muchos casos, a medida que los chicos crecen, como saben que sus padres los quieren espiar, dedican esfuerzo a evitar que sus padres los espíen, en lugar de dedicar esfuerzo a evitar a las personas malintencionadas en las redes. No se trata de juzgar, sino de entender que no estás ayudando a tu hijo. La idea es que los chicos sientan que confiamos en ellos y darles las herramientas para que se empoderen. Vale la analogía con la educación sexual, aunque sea medio burda: ¿qué papá o mamá quisiera estar ahí cuando su hijo tiene sus primeras experiencias sexuales, viendo si lo hace con cuidado? Ninguno.

La clave, como decía, es la progresividad. Cuando los chicos son chiquitos y vienen a jugar a tu casa, vos no los dejás que cierren la puerta. En ciertas instancias, el control sirve. Pero a medida que crecen, los chicos tienen que poder cerrar la puerta, jugar y saber cómo cuidarse. Si no, no estamos criando personas independientes. Si un chico o chica llega a la adolescencia pensando que la única forma de cuidarse es esperar a que su mamá o su papá se den cuenta de que los están maltratando en las redes, van a tener dificultades para hablar si están en problemas, porque sienten que no es su rol pedir ayuda. Hay muchos perjuicios y pocos beneficios en espiar, y rara vez eso permite evitar un incidente.

El otro día un pediatra me leía un mensaje de texto de una madre que decía: “Ayer mi hijo estaba jugando al Among Us, dejó el celular, y vi que alguien le había preguntado por chat si quería masturbarse con él”. El nene tenía 8 años. El mensaje seguía así: “Automáticamente lo obligué a desinstalar el Among Us”. Ese chico no va a aprender a cuidarse. Mañana, cuando alguien le pregunte lo mismo desde otro juego, no va a tener herramientas para responder, porque en su casa le prohibieron el Among Us, no le prohibieron hablar con adultos que le preguntan si se quiere masturbar con ellos. No tiene sentido poner de enemigo al Among Us en vez de a los pedófilos. Era una gran oportunidad para que esa mamá se sentara con su hijo y le explicara que ese mensaje es peligrosísimo, además de decirle que, si llega a recibir otro mensaje como ese, lo primero que tiene que hacer es mostrárselo a sus papás. Hay que aprovechar esas oportunidades para el diálogo.

 

A medida que los chicos crecen, como saben que sus padres los quieren espiar, dedican esfuerzo a evitar que los espíen, en lugar de dedicarlo a evitar a las personas malintencionadas en las redes

Sebastián Bortnik

 

 

–El libro también subraya la importancia de la autonomía. ¿Cuándo se empieza a construir esa autonomía?

–Al final del libro hay un anexo con una síntesis de las cinco etapas en las que podemos dividir la crianza digital: de 0 a 2 años, de 3 a 5, de 6 a 8, de 9 a 12 y de 13 a 17. Para cada etapa, describimos algunos conceptos clave, los principales riesgos y los ejes para el diálogo. Definitivamente, en la adolescencia el concepto clave es la autonomía. Y en la preadolescencia, uno de los conceptos clave es la transición desde un uso supervisado o semi supervisado, a un uso autónomo de la tecnología. Esta es una etapa fundamental. Entre los 9 y los 12 años, si no trabajamos para que los chicos puedan ser autónomos con la tecnología, criaremos personas que no estarán preparadas para cuidarse, y tarde o temprano no podremos espiarlos más.

Ningún chico de 15 o 16 años se deja espiar el celular por la familia. Hay demasiados casos de familias que creen que están espiando a sus hijos, y en realidad no lo están haciendo. Padres que te dicen: “Le espío la cuenta de Instagram”, y resulta que el chico tiene otra cuenta. En su momento, los chicos te decían: “Me fui a Instagram porque mi familia me pedía la contraseña de Facebook”. Hace unos cinco años, un chico en una escuela contó que usaba Instagram. Cuando le preguntamos por qué, dijo: “Porque mis papás no saben que existe”. Tarde o temprano nos vamos a quedar cortos si nuestro único recurso es la supervisión.

Hace unas semanas hice un vivo con unos chicos de un centro de estudiantes de Bahía Blanca. Una chica decía que la primera charla que había recibido sobre grooming fue en cuarto año de la secundaria. Pero los datos de las fiscalías muestran que la mayoría de las víctimas tienen entre 9 y 12 años. Otra idea central del libro es que la mayor parte del trabajo que tenemos que hacer es entre los 0 y los 12 años. De los 13 a los 17, se trata de acompañar y dar autonomía. Este es un problema del que debemos ocuparnos en la infancia y en la preadolescencia. Pero muchas familias y escuelas siguen creyendo que debe abordarse recién en la adolescencia (tal como sucede con la educación sexual).

 

La mayor parte del trabajo que debemos hacer es entre los 0 y los 12 años. De los 13 a los 17, se trata de acompañar y dar autonomía. Debemos ocuparnos de esto en la infancia y en la preadolescencia

Sebastián Bortnik

 

–Uno de los capítulos se titula “Tu hijo va mirar pornografía desde muy pequeño”. ¿Hasta qué punto se pueden evitar estas cuestiones, o es preferible reconocerlas y actuar a partir de ellas?

–Creo que hay cosas que no se pueden evitar. A la vez, esto no es nuevo. Yo tengo 36 años. En la generación de mis viejos, seguramente todos fumaban en la adolescencia, pero muchas familias debían creer que su hijo no lo hacía. En mi generación, muchos tomaban alcohol y conducían: un pésimo hábito. Ahora, si vos les preguntabas a nuestros padres, seguro te respondían: “No, eso mi hijo no lo hace”.

Creo que es importante entender que hay cosas que van a ocurrir y que, cuanto antes lo asumamos y más trabajemos con los chicos en cómo evitarlo o cómo reaccionar, mejor. No es asumir que va a pasar y no hacer nada: es asumirlo, y actuar. En el libro digo que un chico no solo va a buscar pornografía antes de lo que los adultos suelen creer, sino que además puede pasar que se la encuentre antes de querer buscarla. Eso es aún peor. Nos encontramos con muchísimos casos de chicos a los que les mandan pornografía cuando no la pidieron. Hay muchos pasos previos –elegir a quiénes seguir y a quiénes no, o configurar la privacidad de tus redes– que van a hacer que estas cosas se eviten a tiempo, o que los chicos sepan actuar cuando les pase.

A principios de este año, una mamá súper angustiada me llamó para decirme que su hijo de 12 años había empezado a recibir fotos pornográficas de un contacto de Instagram. El hijo lo primero que hizo fue decirle. Yo le contesté: “Si tu hijo lo primero que hizo fue decirte a vos, significa que ya hiciste bien el 80% del trabajo”. Esa mamá ya está mejor posicionada que la mayoría de las familias, porque su hijo fue a pedirle ayuda a ella.

 

Es importante entender que hay cosas que van a ocurrir. Un chico no solo va a buscar pornografía antes de lo que los adultos suelen creer, sino que además puede que la encuentre antes de querer buscarla

Sebastián Bortnik

 

–Ahora sí, la pregunta del millón: ¿cuándo darles el celular a los chicos?

–Lo primero que diría es que no hay una respuesta concreta, sí podríamos hablar de un rango. Pero esa pregunta es menos importante que otras. Imaginemos un niño que recibe un celular a los 10 años, en una casa en la que se habla constantemente de cómo hacer un uso seguro de la tecnología, en un contexto en el que se le explicó que el celular es una herramienta poderosa, donde se hicieron acuerdos, donde no fue la consecuencia de “todos mis amigos lo tienen y yo no”. En ese contexto de acompañamiento y de diálogo, ese niño de 10 va a hacer un uso más responsable del celular que otro nene que quizás lo reciba a los 12 porque se lo regalan sus abuelos, lo prendió, a los 5 minutos empezó a usarlo y en la casa nunca se habló del tema. La edad es importante, sí. Es sano intentar arrimar el celular a la adolescencia en la medida de lo posible. Pero no hay que obsesionarse con la edad, porque el cómo es mucho más importante que el cuándo.

 

 

 

 

Por Alfredo Dillon

Fuente

https://agendaeducativa.org/sebastian-bortnik/

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lunes, 7 de septiembre de 2020

4 de cada 10 alumnos necesitan de un adulto para hacer la tarea escolar

La actual emergencia genera una demanda familiar adicional a la requerida normalmente, y supone una distribución desigual de las oportunidades educativas en función del hogar de origen. Solo el 11,5% de los alumnos fueron evaluados mediante pruebas o exámenes desde el inicio de la pandemia.

 


En el contexto del aislamiento, 4 de cada 10 alumnos (38,5%) de escuelas primarias necesitan acompañamiento constante de un adulto para resolver las actividades escolares. Prácticamente todos los estudiantes (95,6%) necesitan algún tipo de ayuda por parte de los adultos. Esto genera una demanda familiar adicional a la requerida normalmente, y supone una distribución desigual de oportunidades: los hogares con mayor posibilidad de invertir tiempo, con espacios más amplios en la vivienda y con adultos de mayor nivel educativo tienen mayor capacidad de acompañar que aquellos hogares hacinados y con adultos con menor nivel educacional.

 

El informe “Tiempo destinado a actividades escolares y acompañamiento de adultos”, del Observatorio Argentinos por la Educación y con autoría de Mariano Narodowski, Víctor Volman y Federico Braga, presenta los resultados de una encuesta nacional a 262 familias orientada a relevar las prácticas escolares de continuidad pedagógica en el contexto de la pandemia de COVID-19. El documento es el tercero de la serie La educación argentina durante la pandemia de COVID-19. Un estudio sobre la situación de familias y alumnos durante el aislamiento.

 

Ayuda requerida por los alumnos/as con las actividades escolares sugeridas.

 

El 52,2% de los alumnos destina más de 3 horas por día a sus actividades escolares. Uno de cada diez (9,6%) dedica más de 6 horas diarias. Las cifras ratifican que la continuidad pedagógica tuvo una distribución social desigual, condicionada sobre todo por la presencia de conexión y dispositivos, la capacidad del hogar y el esfuerzo escolar.

El 61,4% de los alumnos recibe siempre correcciones o devoluciones de un docente, y solo un 10,6% manifiesta no tener devolución de sus maestros. El 11,5% de los alumnos fueron evaluados mediante pruebas o exámenes desde el inicio de la pandemia. En estos casos, 3 de cada 4 evaluaciones fueron conceptuales.

 

Cantidad de tiempo que los alumnos/as pasan haciendo actividades escolares.

 

“Cualquier propuesta de transformación deberá tener como centro la utilización del tiempo (algo que la tradición educativa ya venía discutiendo) pero también el espacio físico escolar, variable que nos ha sido arrebatada casi por completo durante esta pandemia. Volver atrás será difícil. Ir hacia otro modelo nos obligará a repensar hogar y escuela, como tiempos y espacios que no solo son claramente diferentes sino que, desde el inicio de la introducción de la tecnología ‘escuela,’ han sido y serán tiempos y espacios también en contradicción”, comenta Flavio Buccino, maestro especialista en gestión educativa.

 

Por su parte, Guillermina Tiramonti, investigadora de Flacso, observa: “Que los alumnos necesiten en su gran mayoría apoyo de los adultos para hacer su tarea escolar da cuenta de un modelo pedagógico que otorga escasa autonomía a los alumnos para hacer su tarea. Cuando el docente construye su propuesta virtual sigue armando una actividad que lo supone a él o a un adulto como soporte”. A su vez, señala: “Los chicos no han adquirido el hábito de la autonomía cuando trabajan presencialmente y además la tarea que se les encomienda virtualmente se adapta a esta concepción de dependencia del alumno del maestro o adulto. El mundo digital brinda posibilidades muy fuertes para desarrollar la autonomía de los alumnos. Nuestra escuela no las está aprovechando”.

 

Frecuencia de correcciones y devoluciones dadas por los docentes.

 

“El momento de estudio, sea en la escuela o en el hogar, genera mejores aprendizajes siempre y cuando sea acompañado de tiempo efectivo dedicado a la tarea por parte de los estudiantes, de un reordenamiento de los recursos didácticos y de los contenidos educativos que se enseñan y de un clima general de bienestar”, señala Alejandro Castro Santander, director general del Observatorio de la Convivencia Escolar de la Universidad Católica de Cuyo.

La encuesta se realizó entre el 24 de junio y el 3 de julio y fue respondida por familias en base a una muestra representativa a nivel nacional de escuelas primarias comunes de gestión estatal en ámbitos urbanos. Los datos de este informe, sin embargo, surgen de una sección de la encuesta que no tiene representatividad estadística a nivel nacional, es decir, debe ser tomado como una encuesta a 262 familias aleatorias de todo el país. La información fue recogida en línea, es decir que los resultados corresponden a hogares con conexión a internet.

 

 

 

 

 

Fuente

https://agendaeducativa.org/4-de-cada-10-alumnos-necesitan-de-un-adulto-para-hacer-la-tarea-escolar/

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jueves, 27 de abril de 2017

La simetría del niño con el adulto

Los niños ya no sólo se identifican con algunos rasgos de los padres sino que se mimetizan masivamente con ellos y sus historias. Y quedan ubicados en una situación imaginaria de paridad y autosuficiencia. Los síntomas que ponen en evidencia esa mimetización podrían trabajarse a través de la recuperación de la posición de hijos y la “devolución” a los padres de su lugar.

¿Qué tiene en común la reacción de las adolescentes que cortan el rostro de su compañera “por ser linda”, los fenómenos de bullying y la violencia creciente y sin freno del hombre contra la mujer, con la “adultización” de los niños y adolescentes, con la aceleración de la maduración cerebral de los bebés y, con la cantidad de niños genios que hay en el mundo? ¿Qué tiene que ver todo lo anterior con la cantidad de niños cada vez más pequeños medicados luego de ser diagnosticados con nuevas sintomatologías psíquicas, como las dificultades de concentración e hiperactividad, el mutismo selectivo, las conductas negativistas y desafiantes, las conductas compulsivas y obsesivas, los llamados trastornos del espectro autista o la bipolaridad? ¿Qué conexión tiene todo esto con la vulnerabilidad de los adolescentes que se fugan de su hogar, que se suicidan por situaciones de bullying o que se tiran desde un cuarto piso por ser amonestados en la escuela), o que para ganar el desafío de no respirar de un juego de internet deciden ahorcarse frente a la pantalla, y a sus amigos?
Todas estas situaciones emergen en un contexto dominado por el mercado de consumo y los medios masivos de comunicación, por el predominio del capital financiero y del neoliberalismo como modelo económico cada vez más excluyente, donde el uno por ciento de la población es dueña de más la mitad de la riqueza del mundo mientras cientos de miles de inmigrantes desesperados tratan de cruzar el océano en barcazas o el desierto en camiones para sobrevivir y son dejados morir por los más civilizados gobiernos europeos. 
Los rasgos de violencia, extrema violencia, dificultad del acceso al afuera, de narcisismo y egocentrismo, de prematurez y extraordinaria capacidad intelectual y de comprensión, pero también de rigidez y fanatismo, de dificultad de percibir, aceptar e integrar al otro como alguien diferente, de incapacidad para tolerar la frustración, de hiperexigencia, de falta de represión y límites, de extrema vulnerabilidad, encuentran una base estructural de sustentación o facilitación, una condición de posibilidad en la interacción del contexto cada vez más excluyente con un cambio psíquico estructural de profundas consecuencias en la subjetividad que es todavía desconocido en el ámbito social, al cual hemos denominado “simetría del niño con el adulto”. 
Este fenómeno se define como un cambio en las características de la primera identificación del niño con sus padres, de esa especie de imprinting que compartimos con los animales. Ahora el niño se mimetiza masivamente con sus padres, se confunde con ellos, con su lugar y con sus historias, los copia como si estuviera frente a un espejo sin que interfiera el proceso de represión que existía hasta hace medio siglo. A partir de los años setenta, el cuestionamiento al modelo autoritario producido en el mundo ha erradicado el miedo y la distancia vigentes en las anteriores formas de crianza que impedían este tipo de mimetización masiva. 
Se habla permanentemente del déficit de los padres para contener y poner límites a sus hijos, dificultad que efectivamente existe y está sumamente extendida, pero todavía no se conoce hasta qué punto ha cambiado la mente de los niños, en general, y en qué aspectos es diferente la subjetividad actual respecto al modelo de niño conocido.
Ya no se trata de identificarse con algunos rasgos de los padres como siempre ocurrió, sino también de mimetizarse masivamente con ellos, con su lugar y sus historias. Por eso se ha perdido el carácter lúdico de imitación que siempre existió, el niño ya no juega a ser un adulto sino que cree ser un adulto, se confunde con el adulto. La simetría no se advierte solamente en la forma de hablar, pensar y actuar adultizada de los niños sino que los afecta en muchísimos otros aspectos como por ejemplo, en la autoexigencia o sobreexigencia desmedida con que se juzgan a sí mismos o a los demás; en el enojo con que reaccionan ante la palabra y especialmente a la insistencia del adulto, ya que se sienten desvalorizados o humillados en su posición de paridad y saber; en una gran intolerancia a la frustración, ya que deberían poderlo todo; en la literalidad con que se toma la palabra del otro, lo que provoca reacciones de violencia; en la necesidad permanente de confirmación por parte de los otros, etc.
En la simetría, como no se perciben con claridad las diferencias, se trata al otro como si formara parte de un todo con uno mismo, con las múltiples consecuencias que esta falta de individuación y diferenciación generan, especialmente en el desencadenamiento de reacciones de violencia como las que aparecen cada vez más contra las mujeres y, sobre todo, en parejas jóvenes. También a esto se debe, en parte, el aumento en Argentina y el mundo de episodios de abuso infantil, paradigma de la imposibilidad de registrar al otro como diferente y no como objeto a disposición. Por otra parte, la simetría les permite a los niños y jóvenes captar información casi sin límites sobre lo que les interesa. Es tarea del adulto potenciar lo mejor de la simetría, que es la capacidad de comprensión que existe en los niños y jóvenes cuando se captura su atención, se pide su colaboración, es decir cuando el mensaje está formulado con respeto, firmeza y afecto. Es tarea del adulto enseñarles a responsabilizarse sin necesidad de apelar a órdenes o castigos. Y, sobre todas las cosas, es tarea del adulto ayudarlos a recuperar su lugar de hijos para aliviar esa soledad interior, esa autoexigencia desmedida, esa intolerancia a la frustración y autosuficiencia imaginaria, esa mimetización masiva con historias que no son propias y que provoca múltiples sufrimientos en las nuevas subjetividades. 
Neoliberalismo y paridad psíquica. Es interesante pensar cómo el pasaje a la posmodernidad y al neoliberalismo como modelo hegemónico coincidió con el abandono, por parte de los Estados Unidos, en 1971, del patrón oro como respaldo del dólar, que había sido instalado después de la segunda guerra mundial como regulador del mercado mundial. Esto significó el triunfo del capital financiero, o sea un capital especulativo, que acumula riquezas independientemente del nivel de producción y la consolidación de una nación por encima de las otras, con un poder arbitrario no regido por ninguna otra ley. Este hecho se podría asociar con el concepto junguiano de sincronicidad (Jung, 2004), ya que al mismo tiempo que era expulsada una ley que regía a los países por igual y un país quedó colocado en el lugar de la ley, se producía en la subjetividad la expulsión del principio de autoridad y comenzaba a instalarse la paridad psíquica entre los hijos y sus padres. 
Sabemos por Freud que la expulsión de la ley y la “colocación de un sujeto en el lugar de la ley” generan las bases para una estructura psicótica. La personalidad normal actual, nacida bajo la expulsión del principio de autoridad y los efectos del predominio del capital financiero como un poder no regulado, que se impone a los otros, entre otros factores macroestructurantes, da lugar a numerosos rasgos de personalidad similares a los descriptos por el psicoanálisis como pertenecientes a una estructura psicótica: expulsión del límite, literalidad o pérdida del carácter metafórico de las palabras que son tomadas como cosas, predominio de un pensamiento concreto, falta de duda, certeza en las propias convicciones, vuelta a través de lo real –como se observa a través de los ataques de pánico–, somatizaciones múltiples, etc.
Nuevos padecimientos psíquicos en la infancia. La copia masiva incluye la mimetización con rasgos semejantes (a veces menos intensos) de sus padres y/o abuelos, y la transmisión de padres a hijos de situaciones traumáticas no elaboradas por ellos o por generaciones anteriores. Este factor mimético y transgeneracional nos permite entender la enorme y creciente cantidad de niños y jóvenes afectados por nuevas sintomatologías que se advierten cada vez más frecuentemente en niños cada vez más pequeños. Nos referimos a aquellas catalogadas desde el DSM IV y 5 como “trastornos” –el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, los trastornos de ansiedad, los trastornos del espectro autista, el trastorno negativista desafiante–, la creciente supuesta “bipolaridad” y las depresiones en la infancia, entre otras muchas.
Más allá de la ostensible tendencia a la patologización y sobremedicación de la infancia, cuyos mayores beneficiarios son los laboratorios internacionales, en especial los productores de metilfenidato, es altamente llamativo y sin explicación coherente hasta el momento el fenómeno de la proliferación y aumento sistemático de las nuevas problemáticas psíquicas en la infancia y la adolescencia, y especialmente su prematurez.
Por ejemplo, una de las más alarmantes noticias es la cantidad de niños estadounidenses menores de dos años medicados con antipsicóticos y antidepresivos. Una noticia escalofriante, proveniente del periódico estadounidense New York Times International Weekly, revela que “en 2014 se elaboraron casi 20 mil recetas de Risperidona, Quetiapina y otros medicamentos antipsicóticos para niños de 2 años y menores, un aumento casi del 50 por ciento en relación con las 13 mil del año anterior, según informa la IMS Health, compañía de datos relacionados con recetas. Las recetas del antidepresivo Fluoxetina (Prozac) aumentaron un 23 por ciento en un año para ese grupo de edad, a alrededor de 83 mil”. 
Asimismo, encontramos en todo el mundo porcentajes crecientes de niños medicados por el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad. 
Una vez más nos interesa señalar que, más allá de que cada vez se presentan cuadros de mayor gravedad y se multiplica la cantidad de niños que evidencian este tipo de sintomatologías, no se conocen hipótesis acerca de las razones de este crecimiento, salvo el reduccionismo a una cuestión genética. 
Simetría y transmisión transgeneracional. Sin duda la expresión genética se modifica ante lo ambiental, pero encontrar un gen presente en un alto porcentaje de niños con estas patologías no excluye ni agota el misterio de por qué aumentan de la manera que lo hacen este tipo de sintomatologías. La mayoría de niños y jóvenes que las presentan no muestran situaciones traumáticas propias, sino que por el contrario ponen de manifiesto la mimetización y la identificación masiva con situaciones traumáticas que han vivido sus padres, abuelos o generaciones anteriores. 
El planteo es que, más allá de los fuertes intentos de patologización de la infancia, del reduccionismo de todo padecimiento psíquico a una cuestión biológica en beneficio de los grandes laboratorios, y de la peligrosidad extrema de administrar medicamentos psiquiátricos a niños pequeños, la gran cantidad y el crecimiento permanente de consultas y síntomas que afectan a niños y jóvenes, y sobre todo la prematurez de esos síntomas, nos tienen que hacer pensar que no se originan solamente en cuestiones biológicas, o en fallas de los padres para poner límites a sus hijos y sostener su lugar de autoridad, o que son efecto de las nuevas tecnologías o del mercado de consumo. Podemos afirmar que estamos en presencia de un cambio psíquico estructural que en su interacción con el contexto potencian fuertemente estas nuevas sintomatologías. Nuestra hipótesis es que esta transmisión transgeneracional aparece con mucha más claridad y posibilidad de expresión que en generaciones anteriores a partir del cambio que introduce la simetría en los vínculos familiares, ya que con sus síntomas, los niños ponen en evidencia la mimetización con historias y situaciones traumáticas no elaboradas por padres y ancestros. Y que estos síntomas podrían trabajarse y resolverse a través de la recuperación de la posición de hijos y la “devolución” a los padres de aquello que les corresponde.
Lo no elaborado por los padres y eludido a través de los mecanismos de desconexión emocional aparece en los hijos sin inhibición ni censura, como si fuera una tragedia en dos actos, y genera un sufrimiento y una patología muy difícil de revertir si no se contempla un abordaje vincular transgeneracional porque no pertenece a una vivencia propia sino ajena. El inconsciente, a través de la compulsión a la repetición, produce sus efectos no solamente sobre la vida de cada sujeto como todos conocemos, sino que también se traslada a través de las generaciones de inconsciente a inconsciente. 

Por Claudia Messing *
* Licenciada en Psicología y Sociología (UBA). Psicóloga social y psicodramatista. Texto extraído de “Cómo sienten y piensan los niños hoy. Investigación sobre la simetría del niño con el adulto. Recursos para la crianza, la educación y la clínica de niños y jóvenes” (Editorial Noveduc), que se presenta mañana a las 20.30 en la Feria del Libro, Sala Javier Villafañe, Pabellón Amarillo.
Fuente https://www.pagina12.com.ar/34249-la-simetria-del-nino-con-el-adulto



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lunes, 21 de octubre de 2013

¿Quién ayuda a ser adulto?


El esquema clásico entendía la familia como la agencia educativa principal. Pero esto fue válido para las sociedades estables y agrarias desde hace años ya no sirve. Hoy, hablar de la familia significa pensar en referencias plurales en el que aparecen tipologías familiares muy variadas. Esto generó nuevas maneras de educar, y nuevos obstáculos ¿Por qué las familias manifiestan tantas dificultades para atender a sus hijos? ¿Ha perdido vigencia el modelo autoritario? ¿Qué rol puede desempeñar la escuela en este marco?
 



Entre la familia y la escuela
La crianza de los pequeños y el acompañamiento de los jóvenes son funciones que los padres han realizado siempre y en todas partes. De manera deliberada o poco consciente, las familias se han preocupado de garantizar, a través de los hijos, la transmisión de valores, de costumbres, de pensamientos y de maneras de hacer.

La influencia familiar sirve a la función transmisora y renovadora del colectivo comunitario al conseguir que los hijos se conviertan en adultos capaces de incorporarse y sentir como propios los ideales, las creencias y los valores de la sociedad.

Éste es el esquema clásico que entendía la familia como la agencia educativa principal, núcleo básico e insustituible, en la configuración de tradiciones culturales. Pero la explicación que fue válida para las sociedades estables y agrarias desde hace años ya no sirve. Hoy, hablar de la familia significa situarnos en un marco de referencias plurales en el que aparecen tipologías familiares muy variadas.

Nuevas familias, nuevas formas de educar
Los cambios sociales han generado profundas transformaciones en el mundo actual. Probablemente, en la institución familiar es donde se pueden apreciar más los cambios que han incidido, con igual intensidad, en adultos y niños. En las últimas décadas, un conjunto de factores: corrientes migratorias, movilidad laboral, la sociedad de consumo, la incorporación masiva de las mujeres al mundo del trabajo, los cambios legislativos en relación a las uniones matrimoniales, más rupturas sentimentales de padres que tienen hijos y las posibilidades para reiniciar nuevas vidas, el aumento de adopciones internacionales, entre otras novedades, explican la aparición de nuevas tipologías familiares que inciden en la composición y en las relaciones de manera diversificada.

Por una parte, en la familia nuclear, se puede observar una tendencia clara a restringir lazos, influencias y afectos entre los miembros de la misma familia. Y, por otra, el aumento de las separaciones matrimoniales y reconstituciones familiares obligan a aprender a estar abiertos y a ser capaces de iniciar nuevos proyectos familiares, lo que puede implicar el establecimiento de nuevas relaciones de parentesco a lo largo de la infancia.

La familia jerarquizada, que fijaba reglas y normas y que formaba parte de una red familiar extensa de hermanos, cuñados, sobrinos y primos que tenían como referentes comunes la voz autorizada y los recuerdos de los mayores, tiende a desaparecer. Y con ella se pierde, desde la perspectiva sistémica, el rico conglomerado de relaciones que facilita tantos aprendizajes importantes para la vida.

A pesar de vivir en la sociedad de la información y del conocimiento, son frecuentes las opiniones de padres que tienen hijos pequeños y adolescentes que manifiestan desconcierto y desorientación a la hora de educar a sus hijos. Los modelos de crianza y educación, inspirados en las maneras de hacer de los propios padres ya no sirven. Para la gran mayoría de las familias actuales, es bien cierto que los consejos de sabios pediatras y las escuelas de padres —que durante unos años parecieron una ayuda eficaz— pueden resultar insuficientes.

Sin embargo, la naturaleza humana continúa teniendo necesidad de protección y atención en los primeros meses de vida, en los años infantiles y en la etapa de tránsito hacia la vida adulta. En este largo período, hoy más largo que en ninguna otra época, los padres saben que han de ejercer las responsabilidades que la sociedad les atribuye.

En casa, y no en otro lugar, se hacen los primeros aprendizajes vividos en el universo de las relaciones interpersonales. En casa, y no en otro lugar, se suceden las primeras situaciones de relaciones interpersonales que nos inician en el largo y difícil camino del autoconocimiento. Mediante las relaciones afectivas familiares se dan los primeros pasos en el aprendizaje y la gestión de todo el universo emocional. En casa, y no en otro lugar, se construye la base más sólida del equilibrio y de la estabilidad personal que nos caracteriza cuando somos adultos.

La familia biológica y las familias de adopción siguen esta función ininterrumpida de ayudar a los recién llegados a convertirse en mayores.

Pero en la complejidad y pluralidad social, en estos momentos, la tendencia competitiva e individualista, también la fuerte presión publicitaria que crea falsas necesidades de consumo, las dificultades para conseguir trabajo y salarios estables, todo en conjunto, llega a actuar como una gran confabulación que impone ritmos vitales más y más acelerados. Esto explica que las familias manifiesten tantas dificultades para atender a los hijos.

Ayudan poco a resolver las dificultades el entretenimiento y el acompañamiento en el crecimiento de los hijos con ingentes cantidades de imágenes violentas y de información vacía de significados valiosos que ocupan demasiadas horas en la vida de nuestra infancia. Las horas de muchos niños son vividas a remolque de la velocidad vital de los padres: jornadas larguísimas de actividades, horarios fijados según las agendas de los adultos y, como complemento, bajo la fuerza implacable de la publicidad, toda clase de ingenios electrónicos que pretenden sustituir compañeros de juegos en los cortos intervalos de tiempo libre de que disponen.

Por otra parte, aunque en el interior de cada familia no ha habido nunca un modelo único para educar a los hijos, en los últimos tiempos, sí que ha variado la pauta de relación que caracterizaba a todas las familias. Entre padres e hijos se imponía la existencia de control, de autoridad y de respeto. Últimamente ha perdido importancia el ejercicio de la autoridad y del control para dejar paso a la comunicación entre iguales y a la toma de decisiones familiares por consenso. En principio, este modelo familiar más democrático o negociador puede ser positivo, pero educar en el ejercicio de la libertad es un reto muy exigente.

Son muchas las interpretaciones que se hacen sobre el hecho de que, paralelamente al aumento de familias negociadoras, haya surgido un tipo de adolescente consentido, que tiene dificultades para ser responsable y al que le cuesta superar la frustración al no satisfacer, instantáneamente, todas sus particulares necesidades.

Además, entre los padres hay una tendencia creciente a evitar los conflictos para establecer relaciones emocionales positivas durante el tiempo escaso de convivencia con los hijos. Es posible que aquel modelo de educación basado en el rechazo de comportamientos autoritarios, junto a la divulgación, difundida en versiones muy particulares, de teorías psicoanalíticas haya tenido consecuencias muy negativas. El modelo de libre desarrollo del niño ha sido muy difundido en la sociedad occidental. Y cuando se ha aplicado de manera literal y sin diferenciar el límite que señala el deseo caprichoso de la necesidad de aprender a ser responsables, las consecuencias han podido ser muy negativas para el propio niño o adolescente. La aparición reciente del Síndrome del Emperador es una devastadora consecuencia.

Éstos y otros elementos son los que caracterizan a las familias. Los medios de comunicación y los discursos públicos manifiestan con insistencia que hay que favorecer la conciliación entre la vida laboral y la familiar y hacer políticas más activas de ayuda y de protección familiar. Es evidente que si las políticas activas a favor de todas las familias no llegan, la escuela continuará siendo receptora de nuevas demandas educativas y un sector de madres y padres, que tiende a ser cada vez más amplio, le continuará exigiendo toda clase de responsabilidades.

Nuevas responsabilidades para la escuela
Los cambios sociales han propiciado que el mundo escolar, aparte de la propia evolución interna, haya sido receptor de encargos bien dispares.

La organización de las actividades escolares y el trabajo de coordinación ha adquirido mayor complejidad. Las tareas docentes, a medida que la escuela ha ido cubriendo más tiempo en la custodia del niño, también se han modificado. A las horas lectivas, se han sumado las horas de comedor e incluso una sexta hora.

Los contenidos del currículum escolar se amplían y se modifican permanentemente. Nuevas tecnologías, educación vial, educación por la paz, la sensibilización ecológica y la educación para el consumo ya son contenidos de los trabajos escolares.

También, ante todas y cada una de las situaciones críticas: prevención de drogadicciones, prevención de enfermedades de transmisión sexual, necesidad de educar en hábitos saludables de alimentación, se ha trasladado a la escuela la responsabilidad de llevar a cabo programas correspondientes.

Y, finalmente, los centros de educación se enfrentan a los conflictos que generan los comportamientos indisciplinados de un número muy pequeño de niños y jóvenes, que en ocasiones deriva hacia la inadecuada respuesta de las propias familias.

¿Dónde está la finalidad de la escuela? ¿Es necesario que nos detengamos un momento? La finalidad de la escuela ha de ser reescrita y hay que volver a pactarla. Neil Postman lo advierte en sus últimos escritos: No hay camino más seguro para poner fin a la escuela que no tener ninguna finalidad. Muchos maestros piensan sobre esto cada día. También los formadores de futuros maestros. Es evidente que ante nuevas demandas sociales, la formación inicial de maestros también obliga a repensar una formación inicial.

Entretanto, gran parte de los maestros de nuestro país, con dosis muy grandes de ilusión y de profesionalidad, han permitido que las escuelas afronten los retos relacionados con los cambios legislativos, con la escolarización de alumnos llegados de todo el mundo, con los cambios en la relación que han de establecer con ellos las familias. Es la nueva complejidad social la que obliga a delimitar y pactar un reparto de responsabilidades sobre la infancia. ¿Qué función les corresponde a las familias? ¿Cuál es la responsabilidad de la institución escolar? ¿Cómo se ponen de acuerdo padres y maestros para trabajar conjuntamente a favor de niños y de adolescentes?

¿Conviene una movilización educativa? La movilización educativa es el reclamo que está utilizando el profesor J.A.Marina recordando el viejo proverbio: para educar a un niño se necesita a toda la tribu.

Iniciativas parecidas hay muchas y son estrictamente necesarias. Lideradas por asociaciones de padres y madres, lideradas por grupos de profesorado desde los centros escolares, o impulsadas desde las universidades. Por eso ha sido un gran acierto plantear el tema en las Segundas Conversaciones Pedagógicas.


Extraído de:
¿Quién ayuda a ser adulto?
Mª Pilar Navarro
Universitat de Lleida

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