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sábado, 30 de junio de 2012

¿Qué hacer para ser un buen estudiante?

¿Cómo ser un mejor estudiante? La respuesta no puede ser única, pero se trata de un tema al cual asignamos mucha importancia. En este caso tenemos unos párrafos, que nos ayudan a reflexionar sobre el tema.


Cómo ser un mejor estudiante
No sólo se necesita estudiar para ser estudiante: Hay otras cosas que facilitan el trabajo.

 Rodearse de amigos respetuosos, practicar deporte, desayunar de forma sana, escribir sobre lo que les preocupa…son actividades que ayudan a mejorar el rendimiento académico sin necesidad de tocar un libro, tomar apuntes o encender el ordenador.

 Para aprobar los exámenes y obtener mejores resultados en los estudios no todo son técnicas de memorización, aprendizaje y repaso. También influyen mucho la actitud y el estilo de vida.

 Un equipo de investigadores de la Universidad de Edimburgo, en Escocia, que analizó los datos de alrededor de 50 mil estudiantes, encontraron que la curiosidad es tan importante como la escrupulosidad para mejorar el rendimiento académico.

 "La curiosidad es hambre de exploración. Si uno es intelectualmente curioso, va a casa y lee libros. Si es perceptivamente curioso, quizás viaje a otros países y pruebe distintas comidas. Ambos tipos de curiosidad pueden beneficiar a los estudiantes”, ha señalado la doctora Sophie von Stumm, coautora del estudio.

 Para Von Stumm, "los educadores tienen una gran oportunidad de inspirar la curiosidad en los estudiantes, para convertirlos en aprendices comprometidos e independientes, lo cual es muy importante".

 Los niños que practican deporte habitualmente sacan mejores notas y hacen más los deberes respecto a los alumnos que no realizan ejercicio físico, de acuerdo a un estudio del Observatorio de Estudios del Comportamiento (OEC) de ESADE.

 La investigación muestra que el 40 por ciento de los menores que desarrollan una actividad física regular mejoran su rendimiento escolar y están más motivados para ir al colegio, en tanto que practicar deporte reduce el porcentaje de niños a los que no les gusta ir a clase y hace que dediquen menos horas a mirar la televisión y permanecer en la calle sin hacer nada.

DESAYUNOS Y AMISTADES: SON DECISIVOS
La nutrición también es un factor importante del rendimiento académico, señala Mary Pat Alfaro, gerente clínica de la división de terapia nutricional del Centro Médico del Hospital Pediátrico de Cincinnati.

 Según Alfaro, “los niños que comen desayunos y almuerzos saludables y equilibrados están más alertas durante todo el día escolar y obtienen mejores calificaciones que los que comen una dieta menos sana”.

 Un desayuno saludable, según la experta incluye una variedad de alimentos como cereales ricos en fibra y granos integrales con leche desnatada o semidesnatada, yogur y frutas del bosque, tostadas, huevo y zumo de fruta natural, o rosquillas de trigo integral con crema de queso y leche baja en grasa.

 Especialistas de la Universidad de Oregón, en Estados Unidos, han constatado que cuando los estudiantes pasan de la escuela primaria al instituto secundario, los cambios en sus amistades pueden servir para predecir sus éxitos o problemas académicos.

 Los investigadores constataron que los chicos y las chicas cuyos amigos tienen un buen comportamiento social y son respetuosos con las normas establecidas, rinden mejor en los estudios, mientras que aquellos cuyos amigos tienen problemas de comportamiento tienden a disminuir su nivel académico.

Por su parte, psicólogos de la Universidad Purduede Indiana, que han comparado los resultados de distintas técnicas de estudio, aconsejan a los padres que quieran ayudar a sus hijos a aprender que les pregunten qué es lo que les han explicado o aquello que han leído.

Según los investigadores Jeffrey Karpicke y Janell Blunt, hacer esquemas, sinopsis o resúmenes sobre las lecciones que se van a plantear en un examen es útil, aunque para retener lo aprendido es más eficaz explicar en voz alta lo aprendido o escribir la información previamente estudiada y almacenada en la memoria.




Fuente
Vida y familia
Univisión


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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mi hijo era un buen estudiante

"Resulta demasiado obvio decir que nuestros hijos crecen y que van cambiando conforme van pasando los años. Es lo natural que cuando llega el momento, esos pequeños que con su llegada a nuestro hogar lo revolucionaron todo, iluminando cada rincón de la casa, vayan cambiando su aspecto físico. De pronto, unos de manera más precipitada (casi como de un día para otro...), otros con más calma (como si les costara dar el paso...) dan el estirón. A ellas les viene la regla, se les van redondeando las formas, les crecen los pechos, pasan más tiempo encerradas en el cuarto de baño, absortas en frente del espejo, como intentando reconocerse en esa imagen que les devuelve, distinta, sin más. A ellos les cambia la voz, les sale barba y miran desconcertados como les crece "todo". Y, los más, tienen que soportar esos granitos que aparecen en la cara y que les convierte, ante la mirada curiosa del resto del mundo, en lo que son: adolescentes.
   
    Y, nosotros, sus padres y sus madres, nos convertimos en sufridores. En ocasiones, llevamos tiempo esperando este momento, leyendo libros o escuchando las experiencias de otros padres o poniendo la atención en lo que dicen los gurús en el tema. Aún así, la llegada de la adolescencia de nuestros hijos nos pilla de sorpresa y con la sensación de que no sabemos cómo acercarnos a ellos, nos sentimos tan vulnerables, tan ignorantes... Y eso que ya llevamos doce, trece o muchos más años siendo y ejerciendo de padres y madres (y no lo hemos hecho tan mal).
   
   Para empeorar las cosas, comienzan a venir los notas del colegio llenas de "no promociona". No nos lo podemos explicar, ¡si antes mi hijo era un buen estudiante!".


    Son muchos los padres y las madres que subscribirían estas palabras.



    No podemos negar que los años de la adolescencia son particularmente duros y difíciles, pero sobre todo para los propios adolescentes. Aunque esto último, a veces, se nos acaba olvidando intentando comprender sus cambios, los porqué de sus comportamientos tan "raros", tan diferentes de otros tiempos y que nos lleva a cometer un primer error: poner en cuestión nuestro buen hacer y saber de padres. No podemos caer en la tentación de trasladar el problema de ellos a nosotros, culpabilizándonos o responsabilizándonos de los resultados académicos. Mucho menos adecuado será intentar ignorar el asunto, echar la culpa a los profesores o al nuevo grupo de amigos del instituto.



    También es cierto que no existe la adolescencia sino que existen los y las adolescentes y que, por tanto, no valen las mismas recetas para todos. Esto nos puede llevar a pensar que no en todos ni todo en ellos va a ser conflicto, tensión o provocación. Y que la mayoría dispone de los recursos necesarios para atravesar esta nueva etapa de su vida sin grandes traumas o angustias.



    Estos chicos y chicas están iniciando un largo camino en el que son muchos los aprendizajes que tendrán que ir adquiriendo hasta llegar a ser adultos. No sólo cambian físicamente, como nos transmitía el testimonio de la madre que transcribíamos al comienzo. Eso sólo es parte de un proceso que va a ser multidimensional: desarrollo moral, cambios en su imagen corporal, nuevas perspectivas en sus relaciones, paso de un pensamiento concreto a un pensamiento formal, abstracto, lograr un rol masculino o femenino, conseguir la independencia emocional, responder a las exigencias externas y a las internas...



    Focalizaremos nuestra atención en dos aspectos que nos pueden dar claves para entender mejor a esos chicos que, siendo buenos estudiantes, comienzan a traer los tan temidos "no promociona" en sus notas.

Formación de su identidad



    Cabe diferenciar dos fases en este proceso de autoconstrucción de su persona. En un primer momento, comienzan a darse reacciones de carácter negativista, de rechazo de casi todo lo que hasta ese momento adoraban (entre ese todo también están los padres). Algunos autores lo llaman el periodo de la crítica anárquica.



    Después vendrán los intentos de reconstrucción, de reorganizar con peculiar estilo su manera de interpretar el mundo y de dar sentido a la vida. En ese proceso volverá a retomar muchos de los elementos que desestimó y otros muchos nuevos que vaya experimentando en función de su itinerario existencial (y ahí volverán a estar los padres, aunque de modo diferente a como estuvieron durante la infancia, todo depende de lo presentes o ausentes que hayan estado en esa fase de la vida de los adolescentes).



    En esa primera fase, no resulta difícil entender que cuestione esos valores que le hemos ido transmitiendo durante los años de convivencia con nosotros. Entre esos valores pueden estar el buen hacer en el colegio para "ser algo el día de mañana", la necesidad de ser el mejor para ser competitivo en el futuro y ganar dinero, el poder llegar a ser lo que "yo no pude ser"... (cada cual verá dónde está).

Desarrollo cognitivo



    Si el resto de los cambios son importantes, éste es especialmente relevante. Muchos teóricos de la psicología y la pedagogía le han dedicado abundantes trabajos. Este momento de la vida de nuestros hijos les permite pasar de un tipo de pensamiento ligado a lo tangible y a lo concreto, a un modo de pensar en el que ya pueden hacer hipótesis, abstracciones, reflexionar sobre sus propias ideas, criticar las de los demás, tomar decisiones anticipando las consecuencias, adquirir nuevos valores... y, por tanto, distanciarse de la realidad para crear su propia realidad de un modo, a veces, muy radical. Se pone en evidencia un egocentrismo, diferente del que tenían cuando eran pequeños, que les lleva a crear sus fábulas o historias personales en las que se convencen de que lo que les pasa sólo les ocurre a ellos y que el resto del mundo les observa tanto como ellos se miran a sí mismos (el auditorio imaginario).



    Al final, nos encontramos ante chicos y chicas que están tan ensimismados en esta tarea de hacerse adultos y tan sorprendidos por lo que les pasa, que no es de extrañar que sus intereses estén alejados de los contenidos del currículo de la ESO, por muy bien presentados y pensados que estén.



    Dicho esto, ¿qué hacer cuando llegan los "no promociona"?, ¿cómo lograr que sean algo anecdótico y que no se convierta en algo crónico?



Algunas pautas:



    La actitud de los padres debe ser serena y tranquila.



    No podemos permitirnos dejarnos llevar por el enfado (aunque nos disguste lo que ocurre) o por el dramatismo (no es el fin del mundo).



    Dialoguemos con nuestro hijo y escuchémosle (a veces, tras el bajo rendimiento hay preocupaciones que una conversación relajada puede resolver).



    Prestemos atención por si hay otras señales de alarma (en ocasiones, las malas notas van unidas a "llega tarde", "creo que últimamente me falta dinero", "falta a clase"...). Con lo cual, el problema ya no son las notas.



    Estemos en contacto con los profesores y escuchemos los datos que éstos nos ofrezcan (no hay que olvidar que son profesionales de la educación y que pasan mucho tiempo con sus alumnos).



    Transmitámosle con firmeza y con confianza que el estudio forma parte de sus responsabilidades y que ninguno de sus argumentos -quizá muchos y buenos- pueden anteponerse a esta tarea. No nos dejemos enredar en "su dialéctica".



    Ayudémosle a organizar sus tiempos de estudio y respetemos sus tiempos de ocio y descanso.



    Siempre es más rentable proponerle actividades de refuerzo que de castigo. Y si hay algo que le motive con intensidad como un deporte o una afición (aunque no nos guste en exceso), no lo utilicemos como sanción. No resultará y hará que nos confirme como sus enemigos.



    Critiquemos sus comportamientos ante el estudio, pero no su persona (es fácil entrar en desvalorizaciones como "es que eres un vago" o "si no lo haces es porque no quieres").



    Cuando hablemos con nuestro hijo, centremos el tema en el estudio. No mezclemos contextos ("y además de no estudiar, ¿por qué no has hecho tu cama ni has ordenado tu habitación?). Ya habrá otro momento.



    En clave de diálogo y no de amenaza, advirtámosle que sus comportamientos tienen unas consecuencias ("si no estudias por la tarde durante el tiempo pactado, no verás la televisión esta noche").



    Seamos coherentes y firmes durante todo el proceso, que en ocasiones, será largo. No podemos decir hoy algo y mañana negarlo porque no nos viene bien a nosotros ("esta vez te levanto el castigo...", porque mantenerlo significa quedarnos con él en casa supervisando sus tareas).



    Démosle tiempo para el cambio, nada se resuelve de un día para otro.



    Cuando nuestros hijos llegan a la adolescencia, no podemos seguir tratándoles como a niños. Los adolescentes opinan, piensan y deciden. Pasemos de imponer a negociar, escuchar y compartir, pero sin renunciar a lo que creemos adecuado para ellos.



 



 



Fuente



Escuela de Padres



MEC



Ministerio de Educación de España



 



 

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