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domingo, 1 de marzo de 2020

Menores en la era digital: cómo proteger a tus hijos sin violar su intimidad


¿Deben los padres supervisar, o incluso espiar los móviles, ordenadores y tabletas de los hijos, y los contenidos a los que acceden desde los aparatos de los adultos?

Ciberacosadores, bullying, violencia, porno, comunidades pro anorexia, pro bulimia, terrorismo, discursos de odio. Internet abre un mundo amplísimo de posibilidades a los usuarios, pero tiene una cara B llena de peligros que es necesario saber identificar y gestionar. ¿Qué ocurre cuando los usuarios son menores? ¿Son conscientes de qué o quién puede haber detrás de una pantalla? Son muchos los niños y las niñas que viven conectados a la Red; que utilizan aplicaciones sin restricciones y redes sociales en las que quedan expuestos a personas ajenas a su entorno. ¿Deben las familias supervisar, o incluso espiar los móviles, ordenadores y tabletas de los hijos, y los contenidos a los que acceden desde los aparatos de los adultos?
Estamos ante un asunto complejo, aunque se tenga completamente normalizado, que va más allá de la corrección y de si es ético o no espiar a los niños. Se trata del uso de datos personales, propios o ajenos; una cuestión recogida en la legislación y que por lo tanto, en cierta medida, queda sujeta a la interpretación. Tal y como se recoge en la Carta Europea de los Derechos de los Niños y en la propia Constitución, los tutores legales de los menores tienen la obligación de velar por su seguridad y de ejercer la patria potestad, también accediendo a sus comunicaciones cuando su seguridad está en riesgo.

¿Existen riesgos en la Red? Sí. Pero, por otra parte, los menores tienen también derecho a la intimidad y al secreto de las comunicaciones, según las normas mencionadas, que especifican que sería necesario su consentimiento para acceder a sus mensajes y contenidos siempre que su grado de madurez sea suficiente. Es, en este sentido, la Ley de Protección de Datos la que fija cuándo un menor es maduro: a los 14 años.


Manuel Ransán es coordinador del Centro de Seguridad Español para Menores en Internet, un organismo que se creó en 2017 y que pertenece al Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE). Preguntado por una recomendación (sencilla y aclaratoria) que sirva a los padres para resolver todo este lío de normas y derechos, responde: “que entiendan la patria potestad como elemento de defensa y no de poder”. Los expertos utilizan el término “mediación parental activa” para referirse a lo que en todo hogar se conoce como “estar pendiente de lo que hace el niño”.

“No hace falta espiarles ni ser un experto para saber qué aplicaciones utilizan, con quién hablan o a qué contenidos acceden; algo podemos sacar preguntándoles, pero la mejor forma de supervisarles es compartir actividades con ellos”, afirma Ransán. “No es mala táctica hacernos un poco los tontos: ¿cómo tienes configurada tu privacidad? ¿Me ayudas a configurar la mía? ¿Qué youtubers te gustan? Mira, a mi me gusta este. ¿Sabes si hay alguna página donde pueda hacer amigos nuevos? Quiero adelgazar ¿sabes dónde puedo encontrar algunos consejos?”.

Pero aunque el buenrollismo es eficaz, también es necesario fijar límites. Los expertos llaman a esta parte: “mediación restrictiva”. En primer lugar, dice Ransán, “debemos establecer límites para controlar el uso abusivo de estos aparatos si no queremos que nuestros hijos se conviertan en unos yonkies de las pantallas”. Y cuando les dejemos utilizarlas, “apoyarnos en herramientas de control parental y de filtrado de contenidos: asignar un rango de edad que limite el acceso (según a qué), bloquear los contenidos de carácter sexual, o violento, o que hablan sobre drogas, que permitan utilizar el dispositivo sólo a determinadas horas, restringir el uso de la web cam, monitorizar la actividad, bloquear el posible contacto con determinados números…”.

‘Grooming’: acosadores sexuales en la red
“Los peligros más habituales a los que se enfrentan los menores que bucean por la red son, en primer lugar, los contenidos perjudiciales: violencia, pornografía, comunidades pro-anorexia, pro bulimia… Pero también la exposición a contactos indeseados, cuya única finalidad es crear un vínculo con el menor para obtener una satisfacción sexual”, explica Ransán. En esto consiste precisamente el ‘grooming’: adultos que actúan deliberadamente desde su ordenador para establecer lazos de amistad con niños, ganarse su confianza y conseguir que les hagan llegar fotos de contenido sexual e, incluso, planear encuentros. “Es muy difícil llegar a identificar a estos acosadores porque en la mayoría de ocasiones utilizan perfiles falsos, por eso es importante que los padres utilicen la mediación activa (de la que hablábamos antes) para saber con qué ‘persona virtual’ han podido entrar en contacto sus hijos”.

“Con Facebook ya no tienen suficiente -afirma Ransán- porque muchos padres, tíos, incluso abuelos, ya tienen un perfil. Ahora usan Instagram, Snapchat y otras aplicaciones que son realmente peligrosas para ellos, y con las que también pueden poner en peligro a otros menores”. El experto en ciberseguridad se refiere en concreto a una nueva red social, “ThisCrush”, muy de moda entre los jóvenes de entre 12 y 20 años, que permite conectarse con otros de forma anónima, sin identificarse a través de ningún tipo de perfil. “Al principio lo utilizaban para decirse que se gustaban, pero cada vez son más los casos de acoso, insultos, comentarios despectivos…”.

Ciberbullying: cuando los acosadores son menores
Este es otro de los grandes riesgos de Internet, el uso que los menores hacen de las plataformas y redes sociales para hacer daño a otros de su misma edad: ciberbullying. Según el último estudio publicado por la Fundación ANAR, el 26% de los casos de acoso se lleva a cabo a través de las redes sociales, sobre todo con insultos y amenazas, pero también mediante la difusión de vídeos e imágenes comprometidos y de información personal de la víctima.

Alicia Piña, miembro de la Comisión de Menores de la Asociación Profesional Española de Privacidad, explica a eldiario.es que “además del daño moral que los acosadores causan a la persona objeto de sus burlas, hay que tener en cuenta que están incurriendo en un tipo de conducta ilícita porque la imagen está protegida por la ley”. “Si el acosador es menor de 16 años, son los tutores legales quienes responden por ese delito -afirma Alicia Piña- con un castigo económico que varía en función de la gravedad. Si son mayores de 16 años, quedan sujetos a la responsabilidad penal. En el peor de los casos (aunque reconoce que es bastante difícil) el niño puede acabar en un centro de menores”.

“Este tipo de conductas pueden observarse en la vida real: hay una comunicación entre el mundo físico y virtual”, asegura Manuel Ransán. Es decir, que si el niño desarrolla estas dinámicas en las redes sociales, es común que se reproduzcan, por ejemplo, en los recreos; por eso, para identificarlas, es crucial que los padres hagan una observación global del comportamiento de los hijos. “Es verdad que la tecnología ha llegado para quedarse, y que ha llegado tan rápido que no nos hemos parado a reflexionar en las implicaciones que conlleva. Como ocurre con todo, primero llegan los usos y luego las reflexiones sobre las buenas prácticas. Vamos por detrás de lo que sería deseable, también en el plano legal. Aún se está analizando cómo establecer una regulación que sea eficaz”.

De momento, concluye, lo que deben hacer los padres es “fomentar el pensamiento crítico, hacerles saber que no todo lo que hay en Internet es bueno, que no toda la gente es quien dice ser y que todo lo que quede grabado en la nube puede tener repercusiones negativas en su futuro imposibles de predecir”.





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martes, 11 de febrero de 2020

El debate sobre los móviles en la escuela: ¿Estamos perdiendo la conversación?


Los dispositivos digitales de comunicación están acabando con las conversaciones, haciendo que sea más sencillo enviar mensajes cortos que hablar con otras personas.


El debate sobre la entrada de los teléfonos móviles en los centros educativos hace tiempo que se está dando con mucha diversidad de opiniones. No soy especialista en el tema y, por lo tanto, no puedo tener una opinión rigurosa sobre esta introducción. Pero a raíz de la lectura del libro de Sherry Turkle, En defensa de la conversación (Ático de los libros, 2017) me ha preocupado el asunto de perder «la conversación». Sobre todo cuando la autora argumenta que los jóvenes tienen pánico a enfrentarse a una conversación, aunque sea telefónica, puesto que representa más esfuerzo que mandar un mensaje, un whatsapp u otro medio digital.

El libro me ha hecho pensar en algo que me preocupa: siempre hemos defendido que la educación es compartir y esto quiere decir hablar entre nosotros, escuchar con interés y prestar atención mutua; lo que, educativamente, hemos llamado escucha activa y diálogo.

Y me viene a la cabeza que puede ser verdad que el mundo digital (ordenadores, tabletas o teléfonos) nos impide conversar. El libro mencionado va más allá. Argumenta Sherry Turkle que la falta de conversación entre nosotros hace que disminuya la empatía, la emoción de estar con otras personas, traspasar las emociones o aprender a devolverlas. Las palabras escritas de un mensaje no son lo mismo que ver a la persona. Escribir en un soporte digital puede provocar la superficialidad de las palabras, la frialdad hacia otras ideas y desconectar de la vida real. La conversación, hablar con los otros, parece que crea angustia al ser más fácil conectarse y enviar mensajes. Además, da placer.

Y podemos correr el riesgo de que, al disminuir la conversación, aumenten los discursos falsos, no contrapuestos y la vulgarización de la palabra al usar mensajes superficiales. Y, también, aumentar el silencio, la sordera al no sentir las palabras de los otros con sus tonos, ritmos y gestos (en el aula, en el patio, fuera). Perdemos el cara a cara con los otros puesto que todo se soluciona digitalmente. Además, resulta fácil decir cosas que no diríamos al otro si lo tuviéramos delante o, todavía peor, podríamos tener una conversación con emoticonos. Perdemos la relación y, en la educación, esta condiciona el contenido que aprendemos.

¿Qué está pasando? Como dice el libro, la conversación da miedo porque se basa en la inmediatez de las palabras;  puedes equivocarte o no encontrar la palabra más adecuada. No se puede borrar. Muchas palabras, aunque diga el refrán que se las lleva el viento, quedan en la percepción del otro. Y depende de cómo se digan toman un cariz u otro.

Es verdad que se está perdiendo la conversación. Lo comprobamos en las reuniones cuando se está más atento a lo que dice un artefacto digital que a las palabras que nos dirigen otros. Seguramente el cineasta Coppola no haría hoy la premiada película La conversación (1974) con un alegato al mensaje ambiguo. Hoyno grabaríamos las palabras, sino que miramos qué se ha dicho en las redes sociales.

Si fuera verdad que las tecnologías que se usan para comunicarse hacen decaer la conversación, perdemos uno de los recursos más importantes en la educación. En esta es necesaria aquella como sinónimo de diálogo. Es explicar, polemizar, discutir, debatir, disfrutar del placer de sentir a los otros, de admirar el verbo, de soltarse sobre un tema, perder el miedo a equivocarse… Y esto no lo podemos perder en los procesos educativos. Educar es aprender a escuchar. Y, con un aparato digital, se produce más un monólogo, a veces con uno mismo.

No estoy diciendo que eliminamos de la educación los dispositivos digitales. Sería impensable en el mundo actual. Pero ¿qué podemos hacer para que sirvan como oportunidades de aprendizaje? Creo que regular su uso. Y una forma es que las instituciones educativas no olviden crear espacios para la conversación, como siempre se ha hecho, desde una perspectiva educativa (debates, foros, asambleas, discusiones, preguntas…). Y, ¿por qué no? dejar de lado, alguna vez, el aparato en ciertos espacios para estar más atento a las palabras y a la forma en que se usan.

Volviendo al libro, tiene razón la autora cuando dice que no tenemos que prohibir la comunicación digital, pero sí poner límites. Todavía estamos a tiempo, si es posible.



Autor
Francesc Imbernon

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martes, 27 de agosto de 2019

El teléfono móvil no es ni debe ser un juguete para los niños


¿Para qué quieren los niños teléfono móvil?
Una madre nos escribe preocupada porque descubre, por casualidad, que su hija de apenas 7 años recibe mensajes SMS de un desconocido en su teléfono móvil. El desconocido la invitaba a tener sexo y le explicaba lo que eso significaba, con palabras sencillas para que la niña entendiera.
La madre le quitó el teléfono, intentó averiguar quién era la persona, pero no lo consiguió. Regañó a su hija por haber entablado tal conversación, y le prohibió incluso a que accediera a Internet. Se culpabiliza por no haber tenido más cuidado con eso. Y yo sigo preguntándome: ¿Para qué quieren los niños pequeños teléfono móvil?

¿Necesitan los niños un teléfono móvil?
Mi hija de 10 años también me pide un móvil repetidas veces. Le pregunto para qué, y ella me dice que por que sí. Que porque se puede sacar fotos, divertirse con los juegos, y llamar algunas veces a las amigas que ya tienen móviles.
Para decir la verdad, nada de lo que diga mi hija me convence. No considero conveniente que los niños dispongan de teléfono móvil. No lo necesitan para nada, en absoluto. Lo que sí creo es que se ha creado un círculo vicioso entre todos los niños del colegio, y peor, con la firma de algunos padres. Como a mi amiga se le ha comprado uno, a mí también me lo tenéis que comprar, y así se forma una corriente sin sentido alguno.
¿Los niños tienen la capacidad y responsabilidad suficientes para hacer un uso adecuado de un teléfono móvil? Pues creo que no. No entiendo qué hace una niña de 7 añitos con un aparato por el que puede recibir todo tipo de mensaje, spam, etc. No hay cómo controlar las llamadas que una niña pueda recibir en su móvil. Supongo que los padres no estarán ni podrán vigilar estas entradas las 24 horas del día. El control debería ser de la niña, pero si no está preparada para ponerlo en práctica, no debe tener un móvil ni nada que no lo necesite de verdad.
Tenemos que tener más control sobre todo lo que regalamos a nuestros hijos. Un móvil no es un juguete. Los modismos muchas veces nos hacen cometer grandes errores. Errores que pagarán nuestros hijos, los que aún no tienen la capacidad ni la razón para decidir. Se debe evitar todo el consumo por capricho, y establecer límites, siempre.
Debemos demostrarles que si no tenemos el coche que tiene el vecino no quiere decir que seamos peores personas que ellos. Respeto a los padres que regalan un móvil a sus niños, a los que por alguna necesidad (enfermedades, urgencias) les enseñan a hacer un uso responsable del aparato. Pero también respeto a los que como yo, enseñan a su hijo que para vivir no se tiene que crear demandas. Ellas vendrán cuando tengan que venir. En fin, todo es muy relativo.


Por Vilma Medina Directora de Guiainfantil.com

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jueves, 30 de junio de 2011

Dormir con el teléfono móvil

Los efectos que produce el teléfono móvil aun no se han estudiado con profundidad. Se trata de la aparición tecnológica que más rápidamente se universalizó, nada se opuso a su impresionante avance, entonces ¿Qué hacer? La siguiente nota trata sobre los efectos de dormir con el móvil.

Dormir con el móvil cerca es perjudicial para la salud emocional y física de los adolescentes

Dormir con el móvil cerca de la cama es perjudicial para la salud emocional y física de los adolescentes, según un Juan Romero, portavoz de Adicciones Digitales, quien afirma que, para evitar esta situación, "los padres deben tomar las medidas necesarias para controlar el uso de la tecnología durante la noche".
En su opinión, "es esencial mantener el ordenador, televisión y móvil fuera del alcance de los adolescentes mientras se supone que están durmiendo", ya que puede tener repercusiones para su salud ya que "no se descansa adecuadamente" y, por tanto, el cuerpo no hace las funciones que tiene que realizar durante la noche y el joven arrastrará cansancio crónico.
Además, conlleva consecuencias emocionales porque "están tan pendientes del móvil y de esa llamada perdida que si no la reciben se siente solos, aislados de su grupo social y empiezan a experimentar ansiedad". Esto se nota luego en su carácter y la forma de actuar durante el día.
Según Romero, existen otras consecuencias como un menor rendimiento escolar. "El adolescente que se pase media noche esperando un mensaje o que sea despertado a las cuatro de la madrugada no va a dormir adecuadamente y va a llegar al colegio cansado. Se dormirá en clase y es imposible que se entere de lo que se explica el profesor. El resultado se verá unas semanas después cuando lleguen los suspensos", advirtió.
A esta situación, a su juicio contribuye la dejadez de los padres, "porque les dejan hacer lo que les viene en gana porque no ven nada malo en que tengan el móvil toda la noche junto a ellos. Ni siquiera piensan que puedan mandar o recibir mensajes a las tres de la madrugada".
Actualmente, según los datos facilitados en la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación en los hogares 2009 del Instituto Nacional de Estadística, dos millones y medio de niños españoles de entre diez y quince años, que son los que más afectados y perjudicados se pueden ver por estas situaciones, el 68,4 por ciento dispone de su propio teléfono móvil, "que generalmente usa a su antojo", recuerda Romero.
Además, calcula que sólo el 40 por ciento de los estudiantes españoles de entre 13 y 17 años apaga el móvil durante la noche. Esto no significa que el resto de los niños o jóvenes se pasen todas las noches enviando o recibiendo mensajes de forma regular, aunque muchos sí lo hacen.
Datos más concretos de un estudio financiado por la Oficina del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y dirigido por María del Carmen García Galera en 2008, señalan que entre el nueve y el diez por ciento de los jóvenes de 13 y 14 años tiene el móvil encendido día y noche. Estas cifras suben hasta el 30 por ciento para los adolescentes de 15 y 16 años.
Adicciones Digitales acaba de iniciar una campaña para prevenir estas situaciones y ofrece un catálogo de consejos tanto en su web como en los lugares donde imparte sus charlas.

Fuente
ABChoy
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