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miércoles, 16 de enero de 2013

Leer en la familia

Un viejo refrán afirma “Sobre gustos no hay nada escrito” ¿Es cierto? ¿Los gustos se trasmiten? ¿Se heredan? ¿Forman parte de un capital cultural? ¿Se puede imponer el hábito de lectura? ¿Qué se puede hacer, desde la familia, para estimularlo?



La autora sostiene que el aprendizaje de la lectura no se realiza sólo en la escuela. En las familias en las que se lee y se escribe los niños participan de esas prácticas en su proceso de alfabetización, y adquieren un hábito que les acompañará toda la vida. La coherencia entre lo que los padres decimos y lo que hacemos cobra gran relevancia a la hora de contagiar el gusto por la lectura a nuestros hijos e hijas. El hábito lector no se puede imponer.

Desde que la escuela existe, se ha considerado que uno de sus objetivos básicos es facilitar la alfabetización de los niños, conseguir que a lo largo de la educación obligatoria adquieran, entre otras, las competencias que les permiten leer, disfrutar con la lectura y utilizarla para aprender de forma autónoma. Esta finalidad adquiere, si cabe, mayor relevancia en los tiempos que corren. Nuestros hijos se encuentran en contacto permanente con fuentes de información muy diversa: los  profesores,  nosotros  mismos,  la  televisión, los textos escritos, Internet... Para manejarse en esa selva en la que la información aparece de forma escasamente jerarquizada y bastante a menudo contradictoria, van a necesitar criterios útiles, estrategias de acceso, búsqueda, procesamiento e integración de la información. Dicho de otro modo, aparecen como núcleos básicos de la formación que reciben los conocimientos vinculados con la lectura -llave para acceder a cualquier información escrita, sea cual sea el formato en que ésta se presente y los criterios conceptuales y éticos que les permitan navegar por las redes informativas y no naufragar en ellas.

Las ideas brevemente esbozadas en el párrafo precedente dibujan un panorama complejo para esa tarea social, compartida por muchos, que es la educación. Sin ningún ánimo de exhaustividad, me centraré en lo que podemos hacer en la familia para que nuestros hijos encuentren las cartas de navegación adecuadas.

Recuperando el enunciado que abría este artículo, es necesario no olvidar que el aprendizaje de la lectura no se realiza sólo en la escuela. Desde hace muchos años, la investigación ha puesto de manifiesto que en las familias en las que en algún grado se lee y se escribe (se dejan notas, se lee el periódico,  se  hace  la    lista  de  la  compra,  se manda una postal a unos amigos, se escriben correos electrónicos, mensajes SMS, se compran y leen libros, se lee la correspondencia que llega al hogar...), los niños participan de esas prácticas que les inician provechosamente en el proceso de alfabetización. Las familias que además tienen la fortuna de disfrutar ese momento mágico, casi siempre al final del día, en que un progenitor lee un cuento para la hija o el hijo ya cautivado por la lectura, generan un contexto de afecto y complicidad que, con un poco de suerte, acompañará la relación que los niños y jóvenes establecen con la lectura, los libros y los textos.

En ese contexto, y también cuando "nos ayudan" a  hacer  la  lista  de  la  compra,  o  cuando  ellos "leen" para nosotros, aprenden muchas convenciones del texto escrito, que les serán útiles cuando en la escuela se aborde su aprendizaje sistemático; muchas investigaciones han encontrado una relación consistente entre la lectura de cuentos compartida -que, por su propia dinámica, implica preguntar, señalar, comentar, memorizar, responder y el éxito obtenido en el aprendizaje de la lectura y la escritura posterior. Pero quizá más importante que esto sea el hecho de que cuando los niños participan de estas prácticas, comprenden no sólo el valor instrumental de la lectura; captan el poder que ella tiene para transportarlos a mundos diferentes, reales o imaginados, la vinculan al placer que proporciona aprender y fantasear, intuyen que están encontrando una compañera que no les abandonará nunca, que estará dispuesta a esperarles en esas épocas en que les seduzcan otras posibilidades, que siempre podrá  depararles  sorpresas  y  novedades,  así como reencuentros cálidos y evocadores.

Es importante subrayar que en estos contextos los padres no hacen de maestro; hacen estrictamente de padres, es decir, incorporan a los hijos a sus prácticas, les muestran con su conducta su afecto y sus valores, les introducen en sus aficiones. Como es obvio, es mucho más fácil que ello ocurra cuando los progenitores aprecian la lectura y leer es una actividad frecuente para ellos. Muchas veces nos quejamos de que los jóvenes no leen, o que lo hacen sólo en verano, sin darnos cuenta de que nosotros hacemos exactamente lo mismo. Es difícil que un niño valore leer si no ve nunca a sus padres o a otros adultos significativos haciéndolo. Aquí, como en tantas otras cosas, la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos cobra singular relevancia en la educación de nuestros hijos.

Esa relación que establecemos con los pequeños en torno a los libros no debería desaparecer cuando ellos pueden ya leer por sí solos. Especialmente durante el proceso de aprendizaje de la lectura, es particularmente gratificante para el joven lector asistir a la lectura que otro hace para él, que le permite disfrutar de los relatos en momentos en que el acceso autónomo al texto todavía resulta costoso. Y cuando ya han adquirido soltura leyendo, se multiplican las ocasiones para educarles en el trato con esa magnífica herramienta: dejar que ellos lean para nosotros, ensayar lecturas compartidas, ir con ellos a la biblioteca del barrio y elegir libros, curiosear en las librerías, hacer de los libros un regalo con el que festejar ocasiones especiales, mostrarles el uso que hacemos de los textos escritos (cuando entramos en Internet, cuando leemos el prospecto de un medicamento, cuando buscamos en una enciclopedia o en un diccionario), leer el periódico o nuestro libro mientras ellos leen el suyo... No se trata de "perseguirles" con la lectura, ni de establecer horarios rígidos. Se trata más bien de invitar, de seducir, de ayudarles a disfrutar el placer de leer. Poco a poco, irán exigiendo su espacio privado de encuentro con las historias, estableciendo esa relación íntima e intransferible que todo lector acaba teniendo con los libros y la lectura.

En muchas familias se asiste con consternación a un desapego del adolescente en relación a la lectura, incluso en el caso de chicas y chicos que durante la infancia leían con asiduidad. Esta conducta forma parte del proceso de cuestionamiento de lo establecido y búsqueda de la propia identidad que caracteriza la adolescencia, y que se manifiesta en todos los ámbitos de su vida; parece que es más frecuente entre los varones que en las mujeres. En general, cuando las turbulencias de esa etapa empiezan a atenuarse, aquellos que siendo niños disfrutaban de la lectura recuperan su afición, aunque como es lógico, ésta deba encajar en un apretado puzzle de intereses y ocupaciones, muchas de las cuales pueden ser más apetecibles que abrir un libro.

En ocasiones, los padres nos mostramos preocupados porque no leen, porque están delante de las consolas durante horas (atención: ¿qué hacemos nosotros ante el televisor?), o porque el libro permanece insistentemente abierto en la misma página mientras nuestro hijo o hija contesta las frecuentes llamadas de teléfono de esos amigos con los que pasó todo el día. Cuando ello ocurre, conviene recordar qué hacíamos nosotros mismos cuando teníamos su edad: seguro que no estábamos todo el día leyendo. También vale la pena considerar que de hecho, muchas veces no es que no lean; es que leen textos diferentes, que quizá no tienen el valor de la literatura clásica, pero que sin embargo también les ayudan a no perder el contacto con la lectura -como ocurre con los cómics o a encontrar nuevas utilidades para ella y para la escritura -como es el caso de los e-mail, los chat y los mensajes SMS, o las innumerables búsquedas que realizan a través de la red, en las que también están leyendo.

Se trata de poder valorar -positiva y negativamente, por supuesto, cuando nuestro criterio así nos lo aconseje "sus" lecturas e intentar, simultáneamente, que tengan ante sí una oferta amplia en  la  que  puedan  encauzar  sus  intereses,  así como los criterios que les permiten elegir y seleccionar.

Y si, con todo, un joven decide no leer... está en su derecho. Aunque es una lástima todo lo que se pierde, el problema no está en que no lea, si así lo  elige;  el  verdadero  problema  radica  en  no tener la opción, en no haber descubierto que leer es una fuente inagotable de emociones, de placer intelectual, de posibilidades. Ayudarles a frecuentar la lectura y a saborearla es algo que podemos hacer con ellos, por ellos y por nosotros mismos. Sólo hace falta... leer.

“Muchas veces nos quejamos de que los jóvenes no leen, o que lo hacen sólo en verano, sin darnos cuenta de que nosotros hacemos exactamente lo mismo.”

“No se trata  de 'perseguirles' con la lectura, ni de establecer horarios rígidos. Se trata  más bien de invitar, de seducir, de ayudarles a disfrutar el placer de leer.”

Los padres no hacen de maestro; hacen estrictamente  de padres, es decir, incorporan a los hijos a sus prácticas, les muestran con su conducta su afecto y sus valores, les introducen en sus aficiones.”


Isabel Solé
Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Barcelona
En Revista de Ceapa
 Número 81.  Enero / Febrero / Marzo 2005

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sábado, 5 de mayo de 2012

Los niños que quieren oír varias veces el mismo cuento aprenden más rápido

La comprensión lectora está fuertemente relacionada con el rendimiento escolar, y esta capacidad tiene su fuente en el hábito de leer ¿Cuándo empezar a estimular este hábito? Desde el primer mes de vida. El siguiente artículo revaloriza la importancia de leer varias veces el mismo cuento a los niños.                                                                                                                                     



Repetir una y otra vez el mismo cuento es bueno para el aprendizaje de los niños, según un estudio de la Universidad británica de Sussex, cuyos autores consideran que es esta repetición lo que acelera la adquisición del vocabulario.

El estudio fue dirigido por la psicóloga Jessica Horst y sus resultados son consecuencia de un experimento en el que se expuso a dos grupos de niños de 3 años al aprendizaje de dos palabras nuevas. Cada una de ellas era una palabra inventada para designar un objeto desconocido, como por ejemplo "sprock" para referirse a un artículo manual empleado para mezclar comida. Durante el plazo de una semana, uno de los grupos escuchó tres historias diferentes con estas palabras, mientras que el otro grupo escucho una única historia con las mismas palabras nuevas. Pasado ese periodo, se constató que los niños a los se había contado sólo un cuento recordaban mejor las nuevas palabras que los niños a los que se había contado tres historias diferentes. 

"Sabemos que cuanto mayor es el número de libros que se tienen en casa, mejores son los resultados académicos de los niños, pero lo que no habíamos comprendido es cómo ocurre ese aprendizaje", dijo Horst. "Lo que esta investigación sugiere -explicó la psicóloga- es que lo importante no es el número de libros, sino la repetición de cada uno de ellos, porque es lo que propicia un mayor aprendizaje". 

Horst indicó que ya era conocido que los niños que ven el mismo programa de televisión o la misma película una y otra vez "ofrecen mejores resultados en los posteriores exámenes de comprensión". Según Horst, lo que ocurre con la lectura es que cada vez que un niño escucha el mismo cuento está adquiriendo nueva información. "La primera vez puede ser sólo la comprensión de la historia, la segunda la percepción de los detalles y la descripción, y así progresivamente", explica. "Y si la nueva palabra se introduce en una variedad de contextos, como ocurrió con aquellos a los que se les leyeron tres cuentos diferentes, lo más probable es que los niños no logren concentrarse tanto en la palabra nueva", añade la investigadora.

En conclusión, indicó Horst, "el mensaje podría ser que los niños no precisan necesariamente de una gran cantidad de libros, sino que se benefician de una exposición repetida a los que tengan". La investigación completa se publica este mes en la revista Frontiers in Psychology.


Escrito por Elena Sanz
Fuente
Muy interesante.es


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domingo, 29 de enero de 2012

Los niños a quienes sus padres les leen, logran mayor éxito en la escuela

Nadie duda que, en los jóvenes, la habilidad en lectura es un logro invalorable, escolarmente, hasta podemos identificarla con la misma “Calidad Educativa”. La aparición de las nuevas tecnologías audiovisuales, lejos de disminuir la importancia, la aumentó, y hoy la necesitamos para la comunicación vía Internet ¿Quién es responsable de la adquisición de hábitos de lectura? Todos, y el siguiente artículo reflexiona sobre eso.



Más que para hacerlos dormir, a los hijos hay que leerles todos los días porque eso es parte fundamental de su preparación para adquirir competencias clave en la vida: leer y escribir.

Y un análisis de los datos de la Prueba Pisa de Lenguaje 2009 demuestra que aquellos que vivieron esos momentos de lectura durante el primer año de básica, obtienen un promedio de 25 puntos más en ese test que los que no tuvieron esa oportunidad.

Esa diferencia es importante, incluso entre estudiantes de nivel socioeconómico "aventajado" (14 puntos), y tiende a subir a favor de los escolares a quienes sus papás les conversan acerca de lo que hicieron durante el día y les cuentan historias, aparte de leerles.

Contar historias
Gérard Chauveau, psicólogo, lingüista, pedagogo e investigador durante 25 años del Institut National de Recherche Pédagogique, de París, afirma que se trata de una importante desigualdad en el acceso a la cultura escrita, que se debe enfrentar con decisión.

"Estamos en un período en el que corresponde cambiar la enseñanza de la lectura. Porque ésta debe dejar de pensar que todos los niños parten en este aprendizaje de donde mismo", agrega este especialista que estuvo en Chile para participar en el homenaje al Premio Nacional de Educación 2003, Mabel Condemarín, organizado por la Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado, el Centro de Estudios en Políticas y Prácticas en Educación (Ceppe) de la Universidad Católica y la embajada de Francia.

Hacerse cargo de esta desigualdad, agrega Chauveau, significa reforzar el aprendizaje de la lectoescritura en las escuelas, subir la cobertura de la enseñanza preescolar gratuita, formar a los profesores básicos para que puedan hacerse cargo de esta desigualdad y apoyar a los padres para que dediquen tiempo a leer, conversar y contar historias a sus hijos desde que son lactantes.

Por ejemplo, Chauveau creó en Francia, en 1995, unos clubes escolares llamados Coup de Pouce Clé, donde los niños con "fragilidad cultural", como prefiere llamarlos, se reúnen a leer y escribir después de terminar su jornada escolar. Ahí son apoyados por un adulto capacitado que les lee y les muestra el encanto que tiene leer.

"Es necesario que a los niños se les propongan experiencias de lectura y escritura todos los días. Que puedan encontrar personas lectoras que les sirvan de modelo y que puedan encontrarse con los alumnos mayores, que ya leen y escriben, para que establezcan una identificación con ellos", agrega el especialista francés.

En Chile, la Fundación Había una Vez, con apoyo de la Fundación Luksic, está desarrollando en cinco escuelas rurales de Panguipulli, Región de los Ríos, un programa de fomento lector que incluye la instalación de una biblioteca, así como diversas actividades que involucran a los profesores, los niños y sus familias.

Partieron con un diagnóstico de los hábitos lectores de profesores, niños y padres para definir las necesidades de cada escuela. "Ahí nos encontramos con que los niños no crecían con el placer de leer, sino con una idea más instrumental", explica Carmen Paz Hernández, directora ejecutiva de la Fundación Había una Vez.

Luego, comenzaron con este programa -Puente Mágico- que dota de una biblioteca a la escuela, capacita a los bibliotecarios para que puedan implementar actividades de fomento lector, y trabaja con los profesores para que inviten a sus alumnos a desarrollar el gusto por la lectura, cambiando -incluso- su forma de evaluar.

También trabajan con los papás la manera como ellos pueden ayudar a sus hijos en este aspecto. "Ellos quieren lo mejor para sus hijos, y aunque ellos sean malos lectores hacen todo el esfuerzo porque los niños no sigan esos pasos", concluye Carmen Paz Hernández.

Formación de profesores
En Chile ya se tiene en cuenta esta desigual preparación de los niños a la hora de formar a los futuros docentes. En la Facultad de Educación de la Universidad Diego Portales, por ejemplo, funciona una unidad de lenguaje que trabaja las habilidades de lectoescritura de sus estudiantes así como la forma como ellos harán esto con sus alumnos.

Carolina Soto, académica de esa facultad, explica que la malla curricular está enfocada en el lenguaje, lo que se traduce en que sus estudiantes aprendan a favorecer el acercamiento de los niños, ya sean preescolar o escolares básicos, a los cuentos. "Ahí también los estimulamos a vincular a la familia, por ejemplo, a través de invitaciones a leer cuentos en el aula así como manteniéndolos informados de qué leer a sus hijos para que sea tema de conversación en la casa".


Fuente
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jueves, 30 de diciembre de 2010

Entender lo que se lee es un trabajo que surge desde la cuna

Los especialistas subrayan que el Informe PISA, que pone a Canarias en la cola en lectura comprensiva, no analiza cómo ha sido el proceso desde abajo. La enseñanza primaria debe reforzar el aprendizaje infantil

Lograr que el niño antes de que ingrese en la educación secundaria comprenda más allá de la lectura sintáctica de frases primarias como Mi mamá toma tomate, por ejemplo, es un trabajo de aprendizaje que ha de iniciarse prácticamente desde la cuna, a partir del año y medio de vida y reforzarse en Primaria.


Un trabajo que en los colegios de las Islas, primero, y en los institutos, después, parece que no se está realizando de forma adecuada, y tampoco está siendo alentado convenientemente en el ambiente familiar, a juzgar por los resultados del Informe PISA 2009 publicados esta misma semana, que han revelado para Canarias un rendimiento escolar por debajo de la media española y del promedio de los países de la OCDE.

"Cuando pensamos en la comprensión lectora", explica Isabel Luján, catedrática de Psicología Evolutiva de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), "lo hacemos con niños mayores, de 12 a 15 años, como a los que se encuesta para realizar el informe. Se hace una evaluación de un punto de llegada pero, en realidad, no se analiza cómo ha sido el proceso desde abajo. Porque los niños desde los 3 años se puede decir que ya tienen comprensión lectora, a su nivel, claro".

Y es desde entonces cuando se les debe motivar a la lectura para desarrollar esta competencia no sólo como conocimiento para lograr su lugar en el mundo sino, también, para proporcionarle el placer suficiente que, a su vez, hará el ahora difícil trabajo futuro de ir alimentando su gusto por los textos.

Pilares
Esa es la edad en la que los pequeños se inician con los libros, más copados por imágenes que por letras. "Con esos pictogramas el niño ya es capaz de comprender una secuencia. No todo es lúdico. Se trata de los pilares básicos para que pueda conseguir más tarde esa capacidad".

Rosa Marchena, profesora del Departamento de Educación de la ULPGC, doctora en Psicopedagogía e investigadora, rebaja la edad del primer contacto emocional con el libro. "Yo lo aconsejo a partir del año y medio. Y se puede hacer cuando, por ejemplo, lo llevamos a la cuna. Leer una frases es suficiente. De esta forma el bebé acaba asociando esta acción con la cercanía a los padres, un momento de tranquilidad en el que se le estimula, etc. Y a partir de entonces va a querer más de esos momentos".

Marchena propone que en todos los centros se coloque en lugar prominente la frase ya hecha célebre por el flamante Premio Nobel de Literatura: "Aprender a leer... es la cosa más importante que me ha pasado en la vida", toda una declaración de intenciones de la trascendencia que posee la lectura.

Y es que "para tener una buena comprensión lectora es imprescindible leer. No hay otro camino", afirma Belén Estupiñán, psicóloga y docente. "Es cierto que está habiendo muchas dificultades de comprensión en niños y adolescentes".

Los alumnos no son incompetentes, señala, sólo que la realidad no es especialmente motivante. "No cogen un texto por que para ellos no les hace falta, no lo necesitan. Estamos viviendo en una sociedad muy audiovisual en la que todo nos entra por los ojos y por los oídos".



 



Autora

CARMEN SANTANA

Fuente

http://www.laprovincia.es

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