jueves, 25 de abril de 2013

El rendimiento académico depende más de la familia que de la escuela, dice un estudio

¿De qué depende el rendimiento académico? La respuesta no puede ser simple, y no se pueda obtener una respuesta universalmente válida, pero tal vez el más importante sea el “capital cultural” de la familia del alumno. El siguiente artículo hace su aporte a la discusión del tema.


Un reciente estudio ha descubierto que el involucramiento familiar es un factor determinante del desempeño académico en los niños, mucho más que la calidad de la escuela. Los investigadores evaluaron datos de alcance nacional referidos a más de 10 mil estudiantes y sus padres, maestros y administradores escolares.

El trabajo fue realizado en conjunto por las universidades Estatal de Carolina del Norte (EEUU), Brigham Young y California.

"Nuestro estudio muestra que los padres deben estar concientes sobre su importancia, e  invertir tiempo en sus niños chequeando las tareas para el hogar, participando de los eventos escolares y haciendo saber a los niños que la escuela es importante", afirma la Dra. Toby Parcel, profesora de Sociología en la Universidad de Carolina del Norte y coautora del trabajo.

Específicamente, los investigadores observaron cómo el "capital social familiar" y el "capital social escolar" influían en el rendimiento académico. El capital social familiar puede ser descripto como los lazos entre padres e hijos, tales como la confianza, las líneas de comunicación abiertas y el involucramiento en la vida académica. El capital social escolar es la habilidad de la escuela de servir como un ambiente positivo para el aprendizaje, incluyendo aspectos como la participación estudiantil en actividades extracurriculares, la autoestima de los docentes y su capacidad para responder a las necesidades de los alumnos individuales.

Los investigadores encontraron que los alumnos con altos niveles de capital social familiar y bajos niveles de capital social escolar rendían mejor, académicamente, que los que tenían altos niveles de capital social escolar pero bajos niveles de capital social familiar. "En otras palabras, aunque los involucramientos de escuela y familia tienen su importancia, el rol de la familia es mucho más fuerte en determinar el logro académico", dice Parcel.

El trabajo, titulado "Does Capital at Home Matter More than Capital at School?: Social Capital Effects on Academic Achievement," fue publicado en el Research in Social Stratification and Mobility.



Fuente: Universidad de Carolina del Norte, EEUU
En Síntesis Educativa
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lunes, 15 de abril de 2013

El papel de la familia en la educación de valores en el contexto del siglo XXI

Nuestro presente tiene características muy definidas, el avance tecnológico ha permitido un enorme salto en las comunicaciones, además se progresó mucho en la producción de bienes, pero no así en la justicia de su distribución, ante esto ¿Qué podemos decir de los valores predominantes? ¿Qué hacer desde la familia?

Los valores tienen que ver con la ideología individual o colectiva y su estimación depende de ésta. Lo que se denomina (acertadamente o no) escala o teoría de los valores, depende de cómo valoremos las conductas y los actos, cada uno de nosotros y nosotras. Cada grupo social, cada persona, individualmente, fija sus valores positivos o negativos. Educar en valores: ¿qué valores? ¿Los socialmente aceptables, en cada modelo de sociedad? ¿Es un valor el libre pensamiento o el pensamiento único? No todos tenemos la misma respuesta.

La axiología es la teoría que estudia la naturaleza y criterio de los valores a lo largo de la historia de la humanidad y en cada estadio y pensamiento social. Dos extensiones de la axiología son la ética y la estética. Los valores se pueden clasificar en objetivos y subjetivos, pueden ser permanentes y cambiantes. Se pueden conceptuar en términos de jerarquía, en la cual algunos poseen una posición más alta que otros, según en qué casos, en qué grupos o en qué tipo de personas. Los valores son bipolares, es decir tienen su polo “bueno”, denominado valor, y su polo “malo” o contravalor. Es la persona la que se sitúa en cada polo, evitando “su” polo malo (según su ética o práctica moral), para realizar “su” polo bueno. Realizar un valor no significa preferirlo, sin más. Por ejemplo, en el valor de la solidaridad, si es que lo consideramos como tal, la realización de ese valor es su puesta en práctica.

Al igual que a lo largo de toda la historia, hoy, en este nuevo contexto del siglo XXI, ya inmersos en la sociedad del conocimiento y de la información, los valores individuales y colectivos son uno de los grandes retos a los que debe enfrentarse la humanidad. Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas.

¿Cómo adquieren los individuos sus normas éticas? Es evidente que las experiencias del niño, de la niña y del adolescente, en el ámbito de su familia, tienen una estrecha relación, tanto en el contenido de sus propios valores, como en la importancia que se les asigna en ese grupo familiar. Las niñas y los niños en las edades más tempranas aceptan, inicialmente, los que sus padres les indican, sobre lo que es bueno y correcto o malo, sea o no objetivo. Puesto que el niño desconoce alternativa alguna, acepta a sus padres como una fuente de comportamiento o información fiable (inducción de valores y normas).

Según Piaget, “en el desarrollo ético e intelectual de cada niña o niño, se pueden distinguir dos aspectos: el aspecto psicosocial, es decir todo lo que recibe del exterior, aprendiendo por transmisión familiar, escolar, social, de entre iguales... y por otro lado el desarrollo espontáneo, es decir lo que el niño y la niña descubren por sí mismos”. Si el niño y la niña reciben amor y ternura de sus padres, se despierta en ellos el valor del amor y de la ternura. Aquí, en este caso, se daría una recepción exterior y un descubrimiento, al mismo tiempo.

El sistema de valores de una sociedad, de una cultura, o de una familia, es algo muy complejo, fruto a la vez de procesos históricos, de substratos culturales determinados y de ritmos diversos de cambio social, como en los que, en la actualidad, estamos inmersos.

Los valores están sujetos a procesos de continuidad y de cambio. Son un reflejo de evolución o de estancamiento de una sociedad. En nuestros días, la profunda evolución y transformación de la familia y su propio rol; la globalización de la economía y de la política; la multiculturalidad y el pluralismo de la sociedad; la pérdida de influencia social del rol tradicional de organización eclesial, que está produciendo una creciente secularización; el tremendo avance de las comunicaciones; entre otros, son factores que están imponiendo una obligada atención hacia nuevas realidades y nuevos valores.

La familia como espacio orientador, preventivo y de amor cooperativo, en el contexto del siglo XXI
Durante siglos, los seres humanos hemos sido educados, en el ámbito familiar y escolar, en el credo de la intransigencia, de la represión, de la religión como un dogma, del castigo físico y moral, de la fe, de la caridad, de la jerarquía entre los sexos, etc.

Sin embargo, para la mayoría de las gentes de hoy, afortunadamente, educar en valores en el ámbito familiar debe ser educar en la libertad. Esto no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano. Educando, paralelamente, en los valores, principios y derechos que desarrollan la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta sociedad del conocimiento y de la información, en esta sociedad altamente competitiva, es necesario, en el ámbito familiar, educar para la autoestima y la autonomía: nadie puede vivir libre, si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza en sus capacidades. Es necesario educar en la dignidad de la vida humana, en el humanismo, como fuente de progreso, convivencia y cultura universal. Es necesario asumir y vivir que todos y todas somos diferentes, y que esa diferencia es la mayor riqueza de la humanidad, como lo es el mestizaje. Y, sobre todo, como método preventivo, es necesario educar a nuestras hijas e hijos a saber decir “no”; a saber distinguir lo que es una dependencia, de lo que es una relación saludable. Hoy junto a las dependencias más tradicionales, como son las drogas legales e ilegales, emergen nuevas dependencias, fruto de las nuevas tecnologías, que hay que enseñar a usar saludablemente.

Hay que educar a los hijos e hijas en la teoría de que no hay verdades absolutas; educar sin sesgos sexistas; educar para la generosidad y la solidaridad; educar para una sociedad democrática, cooperativa y participativa; educar para una tolerancia limitada; educar para la cultura de la imagen y de la comunicación. Hay que enseñar a ver la televisión y saber utilizar Internet y las nuevas tecnologías, como fuente cultural y de ocio. Los padres y madres deben dialogar muy estrechamente con sus hijos e hijas: hay que educar para una cultura medioambiental, para participar de un consumo sostenible; educar para el tiempo libre y un ocio saludable; educar para la salud; educar para actuar con hábitos cívicos; y, desde luego, educar en el valor de la corresponsabilidad, empezando por las tareas domésticas.

Los valores y actitudes en los que se han venido formando los jóvenes y adolescentes en las últimas décadas, sobre todo desde la década de los sesenta del siglo pasado, reflejan un profundo cambio axiológico, como consecuencia de posturas más permisivas, por parte de sus padres, no siempre muy acertadas y en parte confusas, que están determinando unas identidades emergentes que hay que tener muy en cuenta, tanto por la escuela, como por la familia.

Pero ese cambio axiológico ha venido dado, también, por la enorme influencia que, en niños, adolescentes y jóvenes, está produciendo la sociedad del conocimiento y de la información, sobre todo en las dos últimas décadas. También los mensajes, en parte negativos e irreales, que se lanzan, en especial desde la televisión, producen una nueva escala de valores para los más jóvenes.

En estos momentos, al inicio de este siglo, la mayoría de las familias se encuentran confundidas y algo perdidas ante esta nueva situación. Sin embargo, los adolescentes parecen tener bastante claras sus prioridades valorativas, figurando en lugares preponderantes, con diferencia, la familia y los amigos. Por detrás, figuran aspectos tales como el trabajo, el estudio y la escuela, el dinero, el sexo, la solidaridad o el amor. Concediéndole una relativa importancia a las religiones tradicionales y a la política.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente. Nueve de cada diez expresan que no hay ninguna causa política que justifique cualquier tipo de violencia. Por el contrario, una inmensa mayoría, más del 85%, nos indica que no merece la pena sacrificarse por la religión o por la patria. Un 80% acepta las tendencias sexuales como íntimas de cada persona.

Estas identidades, preferencias y valoraciones que los jóvenes expresan mayoritariamente nos dan las claves, a los padres y madres, de cuales son los valores en los que tenemos que educar.

La familia, del tipo que sea, en este inicio del siglo XXI, debe constituir un espacio vital para el desarrollo óptimo de la personalidad de niños, niñas y adolescentes. Pero, también, un espacio vital de convivencia de todos los miembros que la componen, cuando esta relación sea, verdaderamente, en libertad y no bajo la sumisión y la jerarquía.

Hoy, como valor añadido, ningún ser humano debe renunciar a ninguna de sus dos dimensiones: la individual y la social.


Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas”.

Educar en valores no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano”.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente



Autor
Francisco Delgado Ruiz
Presidente de FAPA Albacete
Miembro de la Junta Directiva de CEAPA

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viernes, 5 de abril de 2013

El currículum oculto

Podemos afirmar que el "Currículum oculto es todo aquello que, inconscientemente o por inercia, pensamos, actuamos y transmitimos, en general, pero muy en especial a nuestros hijos e hijas", y como siempre, lo importante es lo que se da por sobreentendido. Las instituciones tienen su “Currículum oculto” ¿Somos consciente de ello? ¿Cómo hacer para que se haga visible? ¿De quién es la tarea?




Hace años, la primera vez que oí hablar del concepto "currículum oculto" me extrañó más como descubrimiento personal que como tema pedagógico, ya que representa todo aquello que, inconscientemente o por inercia, pensamos, actuamos y transmitimos, en general, pero muy en especial a nuestros hijos e hijas.

Esta transmisión inconsciente de contenidos, por parte de los docentes al alumnado, es lo que la idea de "currículum oculto" quería dejar al descubierto; sobre todo para evitar incoherencias y transmisión de idearios inconscientes indeseables (machismo, dogmatismo religioso, racismo, resolución de conflictos mediante la violencia, etc.)

Creo que la idea de "áreas transversales" que, entendidas como materias que debían impregnar todas las asignaturas y todo el tiempo lectivo (la no violencia, la solidaridad, la igualdad, el respeto a otras opiniones,...), no era sino un intento de suplir conscientemente el "currículum oculto" indeseable. El docente debía preparar su proyecto curricular y su actitud en clase de manera consciente, ya que debía impregnarlo con las materias transversales.

El concepto de "áreas transversales" no se aplicó de manera generalizada, fundamentalmente por falta de una actitud positiva y de formación adecuada por parte de los docentes (especialmente del profesorado de segundaria); quizás también por las resistencias, más o menos conscientes, del "currículum oculto" que todos llevamos dentro, y muy en concreto una parte del profesorado y de las Administraciones con competencias en materias educativas.

No tenemos herramientas claras para paliar la influencia del "currículum oculto" indeseable que nuestros hijos e hijas puedan recibir en un determinado centro o aula. Esto no es algo que la autonomía de centros o la libertad de cátedra solucionen; muy al contrario, el esfuerzo que supone poner al descubierto funcionamientos y actitudes inconscientes indeseables y buscarles nuevas manifestaciones sólo será posible si hay una llamada de atención clara y una voluntad firme.

Quizás, ya que ni las leyes ni la Administración nos lo dan hecho, ésta sea una de las principales funciones de les asociaciones de padres y madres de cada centro educativo: poner al descubierto el "currículum oculto" inconsciente e indeseable (dificultades para la participación efectiva, discriminación entre el alumnado, falta de responsabilidad de algunos docentes, incumplimiento sistemático de la normativa educativa, desmotivación del alumnado, olvido del concepto de tutoría, etc.), para sustituirlo por objetivos conscientes y dialogados.



Autora
Catalina Esteva
Junta Directiva de COAPA Balears
Revista de padres y madres de alumnos y alumnas abr/may/jun 2007
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martes, 26 de marzo de 2013

La acción tutorial: ¿Qué podemos exigir?

Muchas veces se afirma que la hora exige Escuelas Inclusivas, esto significa un cambio copernicano, respecto de las tradicionales “Escuelas selectivas”. Una de las aristas de esta verdadera revolución, está centrada en la acción tutorial ¿En qué consiste? ¿Qué debemos esperar de ella? Lo indiscutible es que se trata de un factor imprescindible.

Siempre se ha dicho que para que la educación sea efectiva tiene que existir un esfuerzo conjunto entre la escuela y la familia. Este esfuerzo conjunto exige una acción coordinada de cada uno desde su ámbito, que implique mensajes coherentes y una continuidad de las actividades y vivencias de nuestros hijos.

Esta coordinación del ámbito escolar y familiar es posible únicamente si existe un flujo de información adecuado entre la familia y la escuela. Para ello es imprescindible que el tutor o tutora de cada grupo clase este perfectamente informado y al día del proceso de aprendizaje de sus alumnos, y que pueda transmitir en forma efectiva esta información a las familias. Dentro de este proceso juega un papel fundamental la acción tutorial. En estas líneas se exponen algunas reflexiones a este respecto, ya que no siempre sabemos como padres y madres qué debemos de esperar de una entrevista con el tutor o tutora de nuestros hijos, y no siempre ni en todos los centros se ejerce una acción tutorial adecuada.

En primer lugar, debemos destacar que la acción tutorial es un esfuerzo conjunto de todos los docentes que intervienen en un grupo. En la etapa primaria es más fácil, porque casi toda la actividad docente se concentra en una persona, mientras que en la etapa secundaria debemos exigir que exista una alta coordinación entre todos los docentes que intervienen en un grupo, para poder permitir una información actualizada y precisa sobre la marcha de nuestros hijos.

En segundo lugar, tenemos que exigir que la acción tutorial tenga un carácter preventivo, es decir, que se anticipe a los problemas que puedan aparecer. Muchos tutores únicamente nos llaman cuando aparece algún tema conflictivo, o en el momento en el cuál algún problema ya ha aflorado, cuando con una prevención adecuada se podría haber tratado mucho mejor.

En tercer lugar, sea cual sea el resultado de la evaluación educativa de nuestros hijos, debemos exigir estar informados sobre la marcha de su proceso de aprendizaje. En la información que el tutor nos debe proveer no es suficiente que nos indique si globalmente va bien o va mal, sino también en qué competencias se destaca más o en cuáles muestra menos vocación y facilidad de aprendizaje. Esta información es fundamental cuando se acerca el final de la etapa de educación obligatoria, ya que en este momento es crucial que entre todos orientemos bien a nuestros hijos para que continúen la vía más adecuada para ellos.

En cuarto y último lugar, no siempre es suficiente una sola entrevista anual. El intercambio de información más frecuente entre la tutoría y la familia permite una acción educativa más efectiva por parte de todos.

Desde los consejos escolares o las APA debemos exigir la presentación de un Plan de Acción Tutorial que contemple todos estos aspectos. Es la única manera de hacer realidad un trabajo efectivo conjunto entre familia y centro educativo.



Autor
Walter García Fontes
Presidente de la Federación de APAs de Cataluña (FAPAC)
Revista de padres y madres de alumnos y alumnas
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sábado, 16 de marzo de 2013

Los valores en la sociedad individualista y consumista

Los valores que una sociedad asume, en un determinado momento, se refleja tanto en la escuela como en el hogar ¿Son los que consideramos superiores? ¿Cuáles son los que consideramos más importantes? ¿Qué hacer entonces?


Vivimos en un contexto globalizado al que debemos adaptarnos para sobrevivir. La globalización supone una reestructuración vital, una exigencia de adaptación a nuevas formas de vida que pueden resultar, incluso, indeseables, inesperadas o, lo que es peor, impuestas.

El telón de fondo de esta situación es el capitalismo global o informacional, según el sociólogo Manuel Castells. Son signos que marcan la actualidad, entre otros, la generación de la riqueza, la acumulación de capital y una redistribución social injusta. Pero no podemos quedarnos sólo con la dimensión económica de la globalización.

Está también la dimensión cultural, personal y social. En definitiva, somos las personas quienes sufrimos las consecuencias de este proceso que más que homogeneizar, desiguala y selecciona, excluye y fragmenta.

Desde la dimensión personal y social, vivimos en una sociedad donde prevalece el “vivir al día” y satisfacer aquello que nos permite alcanzar la felicidad personal, concepto éste, el de felicidad, interpretado a menudo de forma física y hedonista y, en consecuencia, muchas veces consumista. De todas formas, el ideal de felicidad personal también lleva asociado otro nuevo contenido: el de conceder una importancia fundamental a la consecución de la propia realización personal. Todas las personas aspiramos a realizarnos como tales, aunque dicha “autorrealización” sea interpretada de formas diversas. En esta línea se constata un aumento de la preocupación por el cuidado del físico, el “estar en forma” y poseer un cuerpo atlético que guarde la proporción que la moda y la publicidad imponen. Precisamente esta preocupación por el físico ha minado la autoestima de muchas adolescentes y ha desatado nuevas enfermedades, cada vez con más pacientes, como la anorexia y la bulimia.

Por otra parte, se constata un mayor esfuerzo por conseguir que los entornos físicos personales –viviendas, vida cultural, lugares de ocio…expresen la propia personalidad y sean cálidos, acogedores y confortables. Con dicha finalidad, se equipan las viviendas con las últimas novedades tecnológicas que facilitan las tareas del hogar o proporcionan momentos de ocio de mayor sofisticación material. Se valora la naturaleza y se pretende la vuelta a ella, pero contando con las comodidades del progreso técnico. No se integra la naturaleza en el propio estilo de vida sino que “se consume” o “se utiliza” en función de lo que proporciona agrado o satisfacción.

Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad. La desconfianza en “el otro” es otro rasgo característico que contribuye a reforzar la reclusión en lo privado, ejerciendo la capacidad de colaboración con lo propio y negándolo con lo ajeno.

Por suerte, esta tendencia coexiste con el creciente interés, compromiso e implicación de una parte de la población respecto a necesidades e ideales sociales que se pretenden solucionar y conseguir, que lleva a ofrecer a otras personas el propio tiempo de ocio y descanso con la finalidad de mejorar la vida de otras personas. El voluntariado es la una forma de asociacionismo que emerge en nuestros días con fuerza.

Por su parte, los medios de comunicación (televisión, prensa, etc.) y las tecnologías de la información y la comunicación (móvil, ordenadores, internet, etc.), propician las condiciones para que la persona se aísle del mundo que le rodea. Se están construyendo grandes brechas digitales entre los sectores de la población usuarias de esas tecnologías y las no usuarias. Como padres y madres debemos estar atentos a esta cuestión. No podemos permitir que la incomunicación entre padres e hijos se incremente, hecho que puede producirse si no nos interesamos por el “mundo virtual” de nuestros hijos.

En otro sentido, los medios de comunicación, en especial, la televisión han propiciado que la relación de la persona con su historia de vida sea una relación de consumo. No hay más que ver cuánta programación televisiva se emite donde se obliga a las personas a abrirse a las demás, a exponer su propia individualidad, donde incluso se llega a ridiculizar y atentar contra la dignidad de las personas. Nos convertimos en consumidores de la experiencia ajena. Nos dejamos seducir por este tipo de programas y nos convertimos, sin quererlo, en modelos. Debemos ser conscientes que los padres somos modelos a imitar en todos los aspectos de nuestra vida, también en la relación que establecemos con la televisión -¿qué papel juega en nuestras vidas?-.

En cuanto a la dimensión cultural, se está produciendo una tendencia hacia la homogeneización en el ámbito de los valores, por parte de la mayoría de personas. Cada vez “se comparten más cosas y las posiciones se acercan” (Andrés).

Nos percatamos de que la democratización ha llegado a todos los espacios de nuestra vida. Existe un mayor número de bienes de consumo asequibles para gran parte de la población, acompañado por un poder adquisitivo más alto y un sofisticado soporte de los medios de comunicación. Sólo hay que leer los periódicos de estos últimos días del año, donde señalan que los dos productos estrella de estas Navidades han sido las cámaras digitales y los teléfonos móviles con cámara ¿Cuántos de nosotros los hemos adquirido?

El consumo cultural también se ha incrementado. Ahora se asiste en mayor número y en más ocasiones a determinados centros y actos culturales, aunque nos siga costando incorporar la lectura como una de nuestras formas de ocio y distracción. Se ha estimulado el interés por la formación cultural. Podemos comprobarlo revisando la oferta de cursos sobre diversos temas –cocina, energía positiva, inteligencia emocional, cata de vinos, etc. que están realizando nuestros amigos y compañeros de trabajo, por ejemplo.

 Creemos importante resaltar otro elemento significativo en lo referente al consumo: se trata de la substitución de los lugares de compra tradicionales por los nuevos centros comerciales, las grandes superficies, que aglutinan tiendas diferentes y que, además, ofrecen lugares de encuentro y expansión –cines, juegos para niños, etc-. Sin duda, esto imprime un nuevo sello a las relaciones entre quien vende y quien compra. Se puede incluso llegar a prescindir de la figura del vendedor, como en el autoservicio. De este modo, en algunas familias la compra semanal o quincenal se ha convertido en un ritual festivo. La cara negativa de la cuestión es que pequeños comercios de barrio se han visto obligados a cerrar sus negocios, hecho que ha perjudicado, en parte, la vida social de los vecinos.

Además, podemos afirmar que se da una clara relación entre consumo, estilo de vida, valores e identificación cultural. La numerosísima oferta de productos, con sus connotaciones simbólicas y significantes añadidos, permiten que, con nuestra elección, expresemos nuestra forma de ser, nuestra identidad.

La expresión del propio sistema de valores determina o debe ir en consonancia con los productos por los que optamos. Nuestro estilo de vida se proyecta continuamente hacia el exterior, como por ejemplo, cómo vestimos, qué hacemos en los momentos de ocio, qué tipo de productos compramos para consumir, qué tipo de transporte utilizamos, son muestras claras.

Ante un mundo como el descrito, creemos urgente y necesaria una educación en valores que permita a la persona orientarse ante esa pluralidad, esa falta de referentes comunes, esa falta de claridad en lo que respecta a lo bueno y no tan bueno (Camps). Las personas debemos someternos a un proceso de autoconstrucción y desarrollo que nos permita orientarnos autónomamente con todas aquellas realidades, cercanas y lejanas, que platean conflictos e interrogantes tanto individuales como colectivos. Pero como no todo es igual de bueno o vale igual, la educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace, es decir, su juicio moral con su comportamiento. Pues es en el comportamiento, en la conducta, donde se manifiestan los valores.

 “La educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace”.

“Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad”.

“Estamos ante el resultado de una sociedad de consumo postindustrial. No se consume algo por su función, sino, más bien, por los significantes añadidos que se le suponen, lo que viene a determinar también las relaciones sociales”.



Autora
María Rosa Buxarrais
Doctora en Pedagogía y Licenciada en Psicología
Universidad de Barcelona
En Revista Ceapa Número 76

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