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lunes, 15 de abril de 2013

El papel de la familia en la educación de valores en el contexto del siglo XXI

Nuestro presente tiene características muy definidas, el avance tecnológico ha permitido un enorme salto en las comunicaciones, además se progresó mucho en la producción de bienes, pero no así en la justicia de su distribución, ante esto ¿Qué podemos decir de los valores predominantes? ¿Qué hacer desde la familia?

Los valores tienen que ver con la ideología individual o colectiva y su estimación depende de ésta. Lo que se denomina (acertadamente o no) escala o teoría de los valores, depende de cómo valoremos las conductas y los actos, cada uno de nosotros y nosotras. Cada grupo social, cada persona, individualmente, fija sus valores positivos o negativos. Educar en valores: ¿qué valores? ¿Los socialmente aceptables, en cada modelo de sociedad? ¿Es un valor el libre pensamiento o el pensamiento único? No todos tenemos la misma respuesta.

La axiología es la teoría que estudia la naturaleza y criterio de los valores a lo largo de la historia de la humanidad y en cada estadio y pensamiento social. Dos extensiones de la axiología son la ética y la estética. Los valores se pueden clasificar en objetivos y subjetivos, pueden ser permanentes y cambiantes. Se pueden conceptuar en términos de jerarquía, en la cual algunos poseen una posición más alta que otros, según en qué casos, en qué grupos o en qué tipo de personas. Los valores son bipolares, es decir tienen su polo “bueno”, denominado valor, y su polo “malo” o contravalor. Es la persona la que se sitúa en cada polo, evitando “su” polo malo (según su ética o práctica moral), para realizar “su” polo bueno. Realizar un valor no significa preferirlo, sin más. Por ejemplo, en el valor de la solidaridad, si es que lo consideramos como tal, la realización de ese valor es su puesta en práctica.

Al igual que a lo largo de toda la historia, hoy, en este nuevo contexto del siglo XXI, ya inmersos en la sociedad del conocimiento y de la información, los valores individuales y colectivos son uno de los grandes retos a los que debe enfrentarse la humanidad. Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas.

¿Cómo adquieren los individuos sus normas éticas? Es evidente que las experiencias del niño, de la niña y del adolescente, en el ámbito de su familia, tienen una estrecha relación, tanto en el contenido de sus propios valores, como en la importancia que se les asigna en ese grupo familiar. Las niñas y los niños en las edades más tempranas aceptan, inicialmente, los que sus padres les indican, sobre lo que es bueno y correcto o malo, sea o no objetivo. Puesto que el niño desconoce alternativa alguna, acepta a sus padres como una fuente de comportamiento o información fiable (inducción de valores y normas).

Según Piaget, “en el desarrollo ético e intelectual de cada niña o niño, se pueden distinguir dos aspectos: el aspecto psicosocial, es decir todo lo que recibe del exterior, aprendiendo por transmisión familiar, escolar, social, de entre iguales... y por otro lado el desarrollo espontáneo, es decir lo que el niño y la niña descubren por sí mismos”. Si el niño y la niña reciben amor y ternura de sus padres, se despierta en ellos el valor del amor y de la ternura. Aquí, en este caso, se daría una recepción exterior y un descubrimiento, al mismo tiempo.

El sistema de valores de una sociedad, de una cultura, o de una familia, es algo muy complejo, fruto a la vez de procesos históricos, de substratos culturales determinados y de ritmos diversos de cambio social, como en los que, en la actualidad, estamos inmersos.

Los valores están sujetos a procesos de continuidad y de cambio. Son un reflejo de evolución o de estancamiento de una sociedad. En nuestros días, la profunda evolución y transformación de la familia y su propio rol; la globalización de la economía y de la política; la multiculturalidad y el pluralismo de la sociedad; la pérdida de influencia social del rol tradicional de organización eclesial, que está produciendo una creciente secularización; el tremendo avance de las comunicaciones; entre otros, son factores que están imponiendo una obligada atención hacia nuevas realidades y nuevos valores.

La familia como espacio orientador, preventivo y de amor cooperativo, en el contexto del siglo XXI
Durante siglos, los seres humanos hemos sido educados, en el ámbito familiar y escolar, en el credo de la intransigencia, de la represión, de la religión como un dogma, del castigo físico y moral, de la fe, de la caridad, de la jerarquía entre los sexos, etc.

Sin embargo, para la mayoría de las gentes de hoy, afortunadamente, educar en valores en el ámbito familiar debe ser educar en la libertad. Esto no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano. Educando, paralelamente, en los valores, principios y derechos que desarrollan la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta sociedad del conocimiento y de la información, en esta sociedad altamente competitiva, es necesario, en el ámbito familiar, educar para la autoestima y la autonomía: nadie puede vivir libre, si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza en sus capacidades. Es necesario educar en la dignidad de la vida humana, en el humanismo, como fuente de progreso, convivencia y cultura universal. Es necesario asumir y vivir que todos y todas somos diferentes, y que esa diferencia es la mayor riqueza de la humanidad, como lo es el mestizaje. Y, sobre todo, como método preventivo, es necesario educar a nuestras hijas e hijos a saber decir “no”; a saber distinguir lo que es una dependencia, de lo que es una relación saludable. Hoy junto a las dependencias más tradicionales, como son las drogas legales e ilegales, emergen nuevas dependencias, fruto de las nuevas tecnologías, que hay que enseñar a usar saludablemente.

Hay que educar a los hijos e hijas en la teoría de que no hay verdades absolutas; educar sin sesgos sexistas; educar para la generosidad y la solidaridad; educar para una sociedad democrática, cooperativa y participativa; educar para una tolerancia limitada; educar para la cultura de la imagen y de la comunicación. Hay que enseñar a ver la televisión y saber utilizar Internet y las nuevas tecnologías, como fuente cultural y de ocio. Los padres y madres deben dialogar muy estrechamente con sus hijos e hijas: hay que educar para una cultura medioambiental, para participar de un consumo sostenible; educar para el tiempo libre y un ocio saludable; educar para la salud; educar para actuar con hábitos cívicos; y, desde luego, educar en el valor de la corresponsabilidad, empezando por las tareas domésticas.

Los valores y actitudes en los que se han venido formando los jóvenes y adolescentes en las últimas décadas, sobre todo desde la década de los sesenta del siglo pasado, reflejan un profundo cambio axiológico, como consecuencia de posturas más permisivas, por parte de sus padres, no siempre muy acertadas y en parte confusas, que están determinando unas identidades emergentes que hay que tener muy en cuenta, tanto por la escuela, como por la familia.

Pero ese cambio axiológico ha venido dado, también, por la enorme influencia que, en niños, adolescentes y jóvenes, está produciendo la sociedad del conocimiento y de la información, sobre todo en las dos últimas décadas. También los mensajes, en parte negativos e irreales, que se lanzan, en especial desde la televisión, producen una nueva escala de valores para los más jóvenes.

En estos momentos, al inicio de este siglo, la mayoría de las familias se encuentran confundidas y algo perdidas ante esta nueva situación. Sin embargo, los adolescentes parecen tener bastante claras sus prioridades valorativas, figurando en lugares preponderantes, con diferencia, la familia y los amigos. Por detrás, figuran aspectos tales como el trabajo, el estudio y la escuela, el dinero, el sexo, la solidaridad o el amor. Concediéndole una relativa importancia a las religiones tradicionales y a la política.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente. Nueve de cada diez expresan que no hay ninguna causa política que justifique cualquier tipo de violencia. Por el contrario, una inmensa mayoría, más del 85%, nos indica que no merece la pena sacrificarse por la religión o por la patria. Un 80% acepta las tendencias sexuales como íntimas de cada persona.

Estas identidades, preferencias y valoraciones que los jóvenes expresan mayoritariamente nos dan las claves, a los padres y madres, de cuales son los valores en los que tenemos que educar.

La familia, del tipo que sea, en este inicio del siglo XXI, debe constituir un espacio vital para el desarrollo óptimo de la personalidad de niños, niñas y adolescentes. Pero, también, un espacio vital de convivencia de todos los miembros que la componen, cuando esta relación sea, verdaderamente, en libertad y no bajo la sumisión y la jerarquía.

Hoy, como valor añadido, ningún ser humano debe renunciar a ninguna de sus dos dimensiones: la individual y la social.


Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas”.

Educar en valores no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano”.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente



Autor
Francisco Delgado Ruiz
Presidente de FAPA Albacete
Miembro de la Junta Directiva de CEAPA

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sábado, 16 de marzo de 2013

Los valores en la sociedad individualista y consumista

Los valores que una sociedad asume, en un determinado momento, se refleja tanto en la escuela como en el hogar ¿Son los que consideramos superiores? ¿Cuáles son los que consideramos más importantes? ¿Qué hacer entonces?


Vivimos en un contexto globalizado al que debemos adaptarnos para sobrevivir. La globalización supone una reestructuración vital, una exigencia de adaptación a nuevas formas de vida que pueden resultar, incluso, indeseables, inesperadas o, lo que es peor, impuestas.

El telón de fondo de esta situación es el capitalismo global o informacional, según el sociólogo Manuel Castells. Son signos que marcan la actualidad, entre otros, la generación de la riqueza, la acumulación de capital y una redistribución social injusta. Pero no podemos quedarnos sólo con la dimensión económica de la globalización.

Está también la dimensión cultural, personal y social. En definitiva, somos las personas quienes sufrimos las consecuencias de este proceso que más que homogeneizar, desiguala y selecciona, excluye y fragmenta.

Desde la dimensión personal y social, vivimos en una sociedad donde prevalece el “vivir al día” y satisfacer aquello que nos permite alcanzar la felicidad personal, concepto éste, el de felicidad, interpretado a menudo de forma física y hedonista y, en consecuencia, muchas veces consumista. De todas formas, el ideal de felicidad personal también lleva asociado otro nuevo contenido: el de conceder una importancia fundamental a la consecución de la propia realización personal. Todas las personas aspiramos a realizarnos como tales, aunque dicha “autorrealización” sea interpretada de formas diversas. En esta línea se constata un aumento de la preocupación por el cuidado del físico, el “estar en forma” y poseer un cuerpo atlético que guarde la proporción que la moda y la publicidad imponen. Precisamente esta preocupación por el físico ha minado la autoestima de muchas adolescentes y ha desatado nuevas enfermedades, cada vez con más pacientes, como la anorexia y la bulimia.

Por otra parte, se constata un mayor esfuerzo por conseguir que los entornos físicos personales –viviendas, vida cultural, lugares de ocio…expresen la propia personalidad y sean cálidos, acogedores y confortables. Con dicha finalidad, se equipan las viviendas con las últimas novedades tecnológicas que facilitan las tareas del hogar o proporcionan momentos de ocio de mayor sofisticación material. Se valora la naturaleza y se pretende la vuelta a ella, pero contando con las comodidades del progreso técnico. No se integra la naturaleza en el propio estilo de vida sino que “se consume” o “se utiliza” en función de lo que proporciona agrado o satisfacción.

Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad. La desconfianza en “el otro” es otro rasgo característico que contribuye a reforzar la reclusión en lo privado, ejerciendo la capacidad de colaboración con lo propio y negándolo con lo ajeno.

Por suerte, esta tendencia coexiste con el creciente interés, compromiso e implicación de una parte de la población respecto a necesidades e ideales sociales que se pretenden solucionar y conseguir, que lleva a ofrecer a otras personas el propio tiempo de ocio y descanso con la finalidad de mejorar la vida de otras personas. El voluntariado es la una forma de asociacionismo que emerge en nuestros días con fuerza.

Por su parte, los medios de comunicación (televisión, prensa, etc.) y las tecnologías de la información y la comunicación (móvil, ordenadores, internet, etc.), propician las condiciones para que la persona se aísle del mundo que le rodea. Se están construyendo grandes brechas digitales entre los sectores de la población usuarias de esas tecnologías y las no usuarias. Como padres y madres debemos estar atentos a esta cuestión. No podemos permitir que la incomunicación entre padres e hijos se incremente, hecho que puede producirse si no nos interesamos por el “mundo virtual” de nuestros hijos.

En otro sentido, los medios de comunicación, en especial, la televisión han propiciado que la relación de la persona con su historia de vida sea una relación de consumo. No hay más que ver cuánta programación televisiva se emite donde se obliga a las personas a abrirse a las demás, a exponer su propia individualidad, donde incluso se llega a ridiculizar y atentar contra la dignidad de las personas. Nos convertimos en consumidores de la experiencia ajena. Nos dejamos seducir por este tipo de programas y nos convertimos, sin quererlo, en modelos. Debemos ser conscientes que los padres somos modelos a imitar en todos los aspectos de nuestra vida, también en la relación que establecemos con la televisión -¿qué papel juega en nuestras vidas?-.

En cuanto a la dimensión cultural, se está produciendo una tendencia hacia la homogeneización en el ámbito de los valores, por parte de la mayoría de personas. Cada vez “se comparten más cosas y las posiciones se acercan” (Andrés).

Nos percatamos de que la democratización ha llegado a todos los espacios de nuestra vida. Existe un mayor número de bienes de consumo asequibles para gran parte de la población, acompañado por un poder adquisitivo más alto y un sofisticado soporte de los medios de comunicación. Sólo hay que leer los periódicos de estos últimos días del año, donde señalan que los dos productos estrella de estas Navidades han sido las cámaras digitales y los teléfonos móviles con cámara ¿Cuántos de nosotros los hemos adquirido?

El consumo cultural también se ha incrementado. Ahora se asiste en mayor número y en más ocasiones a determinados centros y actos culturales, aunque nos siga costando incorporar la lectura como una de nuestras formas de ocio y distracción. Se ha estimulado el interés por la formación cultural. Podemos comprobarlo revisando la oferta de cursos sobre diversos temas –cocina, energía positiva, inteligencia emocional, cata de vinos, etc. que están realizando nuestros amigos y compañeros de trabajo, por ejemplo.

 Creemos importante resaltar otro elemento significativo en lo referente al consumo: se trata de la substitución de los lugares de compra tradicionales por los nuevos centros comerciales, las grandes superficies, que aglutinan tiendas diferentes y que, además, ofrecen lugares de encuentro y expansión –cines, juegos para niños, etc-. Sin duda, esto imprime un nuevo sello a las relaciones entre quien vende y quien compra. Se puede incluso llegar a prescindir de la figura del vendedor, como en el autoservicio. De este modo, en algunas familias la compra semanal o quincenal se ha convertido en un ritual festivo. La cara negativa de la cuestión es que pequeños comercios de barrio se han visto obligados a cerrar sus negocios, hecho que ha perjudicado, en parte, la vida social de los vecinos.

Además, podemos afirmar que se da una clara relación entre consumo, estilo de vida, valores e identificación cultural. La numerosísima oferta de productos, con sus connotaciones simbólicas y significantes añadidos, permiten que, con nuestra elección, expresemos nuestra forma de ser, nuestra identidad.

La expresión del propio sistema de valores determina o debe ir en consonancia con los productos por los que optamos. Nuestro estilo de vida se proyecta continuamente hacia el exterior, como por ejemplo, cómo vestimos, qué hacemos en los momentos de ocio, qué tipo de productos compramos para consumir, qué tipo de transporte utilizamos, son muestras claras.

Ante un mundo como el descrito, creemos urgente y necesaria una educación en valores que permita a la persona orientarse ante esa pluralidad, esa falta de referentes comunes, esa falta de claridad en lo que respecta a lo bueno y no tan bueno (Camps). Las personas debemos someternos a un proceso de autoconstrucción y desarrollo que nos permita orientarnos autónomamente con todas aquellas realidades, cercanas y lejanas, que platean conflictos e interrogantes tanto individuales como colectivos. Pero como no todo es igual de bueno o vale igual, la educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace, es decir, su juicio moral con su comportamiento. Pues es en el comportamiento, en la conducta, donde se manifiestan los valores.

 “La educación en valores debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan a la persona pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, comprender críticamente la realidad, así como fomentar también aquellas disposiciones que permitan hacer coherente lo que se piensa con lo que se hace”.

“Cada vez nos volvemos más individualistas, lo particular y lo personal adquiere mayor importancia que lo compartido o colectivo y, por lo tanto, disminuye la solidaridad”.

“Estamos ante el resultado de una sociedad de consumo postindustrial. No se consume algo por su función, sino, más bien, por los significantes añadidos que se le suponen, lo que viene a determinar también las relaciones sociales”.



Autora
María Rosa Buxarrais
Doctora en Pedagogía y Licenciada en Psicología
Universidad de Barcelona
En Revista Ceapa Número 76

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viernes, 22 de junio de 2012

El valor del esfuerzo

Mucho se habla del "esfuerzo", viviendo un contexto que valora "lo divertido", "lo inmediato" Se proclama la importancia de la búsqueda de la autosuperación, pero ¿Cuál es el camino? ¿Cómo luchar contra la corriente?



El valor del esfuerzo. Entrevista a Javier Urra

Javier Urra nos habla de su libro 'Fortalece a tu hijo'

Javier Urra, psicólogo y autor del libro Fortalece a tu hijo. Guía para afrontar las adversidades de la vida nos explica cómo podemos cultivar la voluntad de los niños y huir de la tendencia actual de la sociedad basada en la sobreprotección de los padres hacia los hijos.

Enseñar a los niños el valor del esfuerzo es la clave para formar adultos responsables. El psicólogo Javier Urra nos explica cómo podemos cultivar la voluntad de los hijos. 

Educar a los niños para motivarles en el esfuerzo 

¿Cómo podemos estimular el esfuerzo de los niños, ahora que lo hacemos prácticamente todo por ellos?
Para que los chavales sepan que es importante muscular la voluntad y sepan que el esfuerzo es importante, es fundamental que lo vean en los adultos. Para predicar con el ejemplo, en primer lugar, es bueno plantearse retos: un recorrido en bicicleta, subir una montaña, participar en una carrera… logran que uno se demuestre a sí mismo que tiene capacidad, disciplina y que todo en la vida requiere esfuerzo. Segundo, debemos enseñar a nuestros hijos a ser críticos con algunos mensajes publicitarios que son falsos como "aprenda alemán en tres meses sin esfuerzo", falso.

 ¿Cómo podemos enseñar a los niños que en la vida no se consigue nada sin esfuerzo?
Los padres estamos sobreprotegiendo a nuestros hijos. Estamos haciendo una sociedad algodonosa, que es muy lesiva al final para el chaval, porque éste a la larga se va a tener enfrentar con la realidad. La vida es esfuerzo, la vida es un dilema, la vida te va a abofetear bastantes veces y te va a pegar zarpazos. Somos vulnerables, pero somos capaces de volver a elevarnos y eso requiere conocerse, fortalecerse y ponerle sentido del humor a la vida, relativizar los problemas y mirar de vez en cuando a las estrellas y preguntarse qué está haciendo uno aquí, y de lo que estoy haciendo, qué es lo importante.

¿Qué pueden pedirle los niños a la vida?
A la vida hay que pedirle lo que la vida puede dar, no más. Y no se debe confundir felicidad con placer, que son dos conceptos distintos. Si pudiéramos imaginarnos escribiendo nuestro epitafio, ¿qué podríamos? ¿Te gustaría ser como un yogur y tener fecha de caducidad? Para evitar perder el tiempo en la vida, hay que ser una persona libre y para eso tienes que ser responsable. Se feliz, compártelo y disfruta de cada momento.

¿Cómo podemos motivar a los niños para que se esfuercen por su futuro?
Estamos en una sociedad compleja y esto de educar para motivar en el esfuerzo no es fácil. Antes, en mi época, te unías a una pareja y te tirabas toda la vida con ella. Ahora los procesos de separación son numerosos. Hoy podemos plantear a un niño: ¿qué quieres ser reconocido o famoso? ¿Ser aplaudido socialmente o irte a la cama siendo coherente contigo mismo? Me parece interesante motivar, en lo posible, en la vocación, que es algo inaprensible, pero que da razón de ser a una vida y a una persona.

¿Qué alternativas podemos ofrecer a los niños contra el aburrimiento?
Hacer las cosas por ti mismo fabricando un día pan en casa o haciendo un armario… ofrece la oportunidad a los niños de saber cómo se siente uno cuando ha hecho algo con sus propias manos. Las cosas no son aquí y ahora, sino diferidas en el tiempo. Motivar supone enseñar a aprender, a enriquecerse y a hacerse planteamientos. No hay nada más ridículo que decir ¡me aburro! con la capacidad que tenemos todos de nostalgia, de imaginación, de creatividad y de pensamiento alternativo, pero eso hay que ir mostrándoselo en el día a los niños.

¿Qué consejos les daría a los padres para educar niños fuertes?
Para educar hijos fuertes, les diría a los padres que no se pierdan los primeros meses, los primeros años de la vida de su hijo. Es importante educarles en la responsabilidad, para que los niños asuman las consecuencias de sus actos. Así, si un niño rompe un jarrón y reconoce que lo ha hecho él, aunque sepa que va a ser sancionado, eso es ser fuerte. Ser fuerte significa saber cómo afrontar la situación cuando un día tus amigos te dejan de hablar o vamos a cambiar de vivienda y tenemos que adaptarnos a los nuevos vecinos.

¿Cómo podemos enseñar a los niños a adaptarse a los cambios?
Hay que enseñar a los niños a ser flexibles. Hoy nos encontramos con muchos jóvenes que son como de cristal, duros, pero frágiles y necesitamos que sean como una pelota de goma, que la tiras contra el suelo, se deforma, pero luego cuando sube vuelve a su ser. La idea de adaptación, de flexibilidad es realmente esencial y constituye una buena base para educar a los niños.





Marisol Nuevo.
Editora de GuiaInfantil.com





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lunes, 21 de mayo de 2012

Educar en valores. La amistad

En toda experiencia de vida los amigos ocupan un lugar central ¿Se aprende a ser buen amigo? ¿A partir de qué momento? ¿Qué actitudes hay que desarrollar? Seguramente la capacidad para entablar relaciones de amistad nos ayuda a convivir en la escuela y a lograr el éxito buscado.




Cómo los niños pueden aprender a ser amigos
Valores
La amistad es uno de los valores más importantes a desarrollar en la educación de los niños. Se trata del afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece mediante las interrelaciones entre los seres humanos.

Para que el niño aprenda sobre el valor de la amistad es necesario formarle con nociones, conocimientos, habilidades, emociones, vivencias, sentimientos, y que le preparemos para vivir con armonía y respeto.

El valor de la amistad en los niños. Aprender a ser amigo
Los niños deben saber quién es un buen amigo y por qué, cómo se comportan los buenos amigos, y cómo mantener una buena amistad. Deben aprender que un buen amigo puede ser para siempre, y que para eso es necesario cultivar y alimentar la amistad, día tras día, en la escuela, en el parque, en la vecindad, etc. El contacto con los iguales hace con que el universo del niño sea aún más grandioso y rico. A través del otro, él puede aprender mucho de todo y de sí mismo.

El niño puede aprender a ser amigo
- Busca la conciliación y no se pelea con sus compañeros
- Comparte sus juguetes con los demás niños
- Conversa y atiende a los demás
- Ayuda a un compañero que ha hecho algo malo explicándole lo incorrecto de su actuación
- Se preocupa por sus compañeros
- Se esfuerza por hacer algo útil en beneficio de los amigos
- Anima al compañero o amigo que esté triste
- Se alegra con los logros positivos de los demás
- Invita a sus amigos a jugar en su casa
- Se preocupa por algún amigo herido o enfermo
- Demuestra afecto y cariño a sus amigos



Fuente
Guia infantil.com

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Notas rendimiento escolar y valores

Mis hijos andan nerviosos. La entrega de notas en este trimestre está a punto de producirse, y aunque piensan que han hecho bien los exámenes, siempre acaban diciendo que los profesores son muy duros y que no saben qué resultado tendrán. Muchos padres dan -damos- excesiva importante al baremo de las calificaciones y se dan por satisfechos con que no lleven suspensos.

Yo creo que el rendimiento escolar debería ser ese baremo y no sólo el de las notas, que puede obedecer a algo meramente subjetivo o responder a un mal día de nuestros hijos a la hora de hacer el examen. Qué duda cabe que unas calificaciones están para eso: para calificar el nivel de estudios que van adquiriendo nuestros hijos. Pero el esfuerzo continuado durante el trimestre es lo que verdaderamente habría que valorar en el chaval.


¿Cómo se puede controlar ese nivel de esfuerzo, que para unos será 5 y para otros 8? No solamente el seguimiento que hagan los profesores y tutores en el centro escolar, sino lo que observamos los padres en casa. Apunto algunas pistas, por si os valen:


-Que el chico/a venga contento del colegio y comente las incidencias del día.

-Que hable de sus tareas educativas.

-Que no haya que repetirle ochenta veces que se siente a hacer los deberes.

-Que se haga el remolón y se enchufe a la televisión o a los videojuegos.

-Que anime a sus hermanos a estudiar.

-Que no tarde un siglo en hacer los deberes.

-Que no se queje constantemente de la cantidad de tareas que le han mandado.

-Que sólo haya que supervisarle ligeramente y no "sentarse" con él o ella a hacer los deberes.


Ese esfuerzo del día a día, que es el que vale, debería ser el baremo, y las notas sólo una pista de cómo ha hecho los exámenes, pero no los conocimientos que está adquiriendo.


Mis hijos saben que les damos una importancia relativa a las evaluaciones, que sí creo que es necesario que existan, ya que les puede también servir de acicate. De lo que se trata -y lo que a la larga les va a servir en su vida profesional futura- son los valores que adquieran desde pequeños: el optimismo, el esfuerzo diario, la constancia, el afán de superación ante un bache, la solidaridad y el compañerismo, el respeto a los demás, etc.


Ellos ahora no se dan cuenta de la importancia de adquirir esos conocimientos y están despreocupados ante lo que se les avecina: lidiar en una sociedad muy competitiva y agresiva. Si los padres y educadores ponemos unas bases sólidas en formarles en estos valores, tendrán mucho ganado.


Eso es lo que tenemos que valorar cuando nos entregan las notas



Fuente

http://comunidad.terra.es/blogs/madrecienporcien/

 

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jueves, 16 de diciembre de 2010

La autoestima de los padres también es importante

En el artículo titulado "La importancia de cuidar la autoestima" ya se trataba su concepto y decíamos que es "la idea que tenemos de nuestra valía y se basa en todos los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo durante nuestra vida" También nos ha gustado la siguiente definición sobre la autoestima cuando dice que es "la experiencia de moverse por la vida con un sentimiento de bienestar y satisfacción".

    También decimos en el mismo artículo que "la autoestima significa saber que eres valioso y digno de ser amado" Desde aquí nos remitimos a este artículo porque se analizan a fondo las características, cómo se construye la autoestima y factores que influyen en la misma así como la relación que existe entre la autoestima y la adolescencia.

   Es hora de tratar aquí cómo influye a autoestima de los padres en los hijos. s Los buenos padres se preocupan por cuidar y formar correctamente la autoestima de los hijos. Esto se consigue cuando aumentan la suya: si de por sí es alta, todavía mejorarán más la de sus hijos y si todavía merece aumentarla más, tendrá un efecto más positivo.

   Antes hemos hecho referencia a la importancia que tiene el bienestar y la satisfacción para la construcción de una buena autoestima. No nos referimos aquí al bienestar que siente una persona consigo mismo sino la que se genera cuando nos preocupamos por los demás y estamos pendientes del bienestar y la satisfacción de los demás. Los adultos que tienen baja autoestima tienden a pensar demasiado en por qué se sienten mal, sin embargo los que poseen autoestima alta piensan más en todo aquello que les hacen sentirse bien.   


 En definitiva, con la autoestima nos referimos a un estado interior de sentimientos positivos que genera una seguridad en lo que se hace, se piensa y por tanto asegura el bienestar. Los padres deben buscar aumentar la satisfacción en su labor como padres y en la vida de familia en general para así aumentar su autoestima y su buena actuación hacia los demás.



 
 Llegamos a la conclusión de que es necesario encontrar satisfacción de la vida diaria, de la vida familiar, pero no todos los padres lo consiguen. Existen factores que dificultan obtener satisfacción de la vida familiar. Algunos de ellos son los siguientes:

Hoy día es frecuente encontrar familias en las que trabaja el padre y la madre y esto supone escaso tiempo para dedicarse a solucionar los problemas que van surgiendo.

La ausencia de sentido familiar se manifiesta por el creciente número de divorcios, problemas de alcohol, droga, aumento de malos tratos, etc.

  La clave por tanto es sentirse satisfecho como padre/madre. Para ello hay algunos sentimientos básicos que hay que procurar experimentar como si fueran claves para encontrar la satisfacción:
               Debemos divertirnos.
               Debemos estar confiados en que los hijos están sanos y son felices.
               Hay que estar confiado de que los demás nos respetan como padres.
               Debemos estar satisfechos con el trabajo que hacemos.
               Hay que luchar contra el exceso de ansiedad.
               Debemos estar seguros de que los hijos agradecen nuestras contribuciones a sus propios logros.

   La autoestima como padre depende entre otros factores de la satisfacción que se obtiene del hecho de ser padre y de la vida familiar en general. Siguiendo a REYNOLD BEAN en su libro "Cómo ser mejores padres" encontramos que hay baja autoestima en los padres si se demuestra a menudo lo siguiente:



Se deprimen fácilmente (sentimientos de tristeza, energía baja, pensamientos taciturnos) cuando están en casa, incluso cuando los demás parecen sentirse bien.
Evitan hacer cosas con toda la familia por las molestias que ello conlleva.
Los padres no está de acuerdo en temas que conciernen a los niños, así que evita discutirlos, aunque necesite hablar de ellos con alguien.
Están involucrados en más luchas de poder de las que desearían.
Tienen la impresión de que sus hijos manejan su vida.
A menudo no saben cómo manejar a los niños. No quieren que nadie adivine que no saben lo que están haciendo.
Tienen la impresión de que todos los demás (profesores, médicos, enfermeras, padres, artículos de revistas y comedias de televisión) saben más sobre cómo educar a los niños que ellos mismos.
Siempre sienten la necesidad de controlar a sus hijos por miedo a que se le vayan de las manos.
Se deprimen o enfadan cuando los niños les dicen algo ofensivo, en lugar de mantener la compostura.
Desearían un día libre pero parecen incapaces de conseguirlo. Nunca es el momento adecuado.
Nadie en la familia parece hacer bien las cosas y ellos se ven obligados a hacer cosas que desearían que hicieran otros.
La lista de responsabilidades como padre se hace cada vez más larga, pero carecen de motivación para cumplir con su deber. Tienen la impresión de que le están exprimiendo.




   Ante las afirmaciones que se están vertiendo en este artículo es conveniente concretar que es necesario aumentar la autoestima como padre o madre. A continuación y siguiendo una vez más el libro antes citado de REYNOLD BEAN, se aportan algunas sugerencias que pueden ayudar al lector:

                Pasen tiempo a solas con cada uno de sus hijos siempre que puedan para que no le distraigan las necesidades de los otros miembros de la familia. Éste es el método más importante y el menos utilizado para aumentar la satisfacción en la vida familiar.

               Tengan "secretos" para cada miembro de la familia (incluido usted mismo) para que los "tesoros" privados de cada uno estén a salvo de la curiosidad de los demás.

               Los padres debe pasar tiempo a solas todas las semanas, sin niños ni otras distracciones. Es imprescindible salvaguardar este tiempo sagrado.

               Permitan que la casa esté desordenada durante el día, mientras todos están cumpliendo con sus obligaciones, pero exijan que luego participen de la limpieza por la noche. Al fin y al cabo, la casa es de todos.

               Tengan siempre algo disponible para comer que guste a la familia porque la comida es un factor  importante de seguridad, aunque esta medida no soluciona por sí sola los desórdenes nutritivos o la obesidad, que se basan en factores emocionales, no en la disponibilidad de la comida.

               Aprendan a planificar para no desaprovechar las oportunidades satisfactorias por la aparición de acontecimientos imprevistos. Una buena planificación es imprescindible en las familias con poco tiempo libre.

               Establezcan tradiciones familiares cada semana, mes o año. Esto es especialmente importante si los parientes viven a una cierta distancia o si los hijos viven fuera de casa. Acepten el hecho de que a la gente no le gusta que le impongan tradiciones, pero sí los recuerdos agradables que conllevan.

               Si les gusta la música, tengan un casete portátil o un compact-disc con auriculares para poder escuchar la música sin molestar a nadie.

               Cultiven sus amistades. A largo plazo, no se puede depender de la familia para satisfacer todas las necesidades sociales. Ello otorga expectativas poco realistas a los demás miembros de la familia.

               Valoren cada día en una escala que se invente. Esto les obligará a evaluar la calidad de cada día y a encontrar maneras de mejorar. También le proporcionará un sentimiento de satisfacción cuando el día ha ido maravillosamente. Muestre su invento al resto de la familia.

               Dividan sus metas en etapas, para avanzar todos los días en la dirección adecuada. No pospongan las cosas hasta que pueda conseguirlo todo de una sola vez. Si no, lo más probable es que nunca alcance sus metas y se enfade y deprima.

               Escojan un día cada dos semanas y propóngase no gritar durante todo el día. A menos que les divierta gritar, la mayor parte de las personas se sienten estúpidas e impotentes después de hacerlo. Un día sin sentirse estúpido puede hacer maravillas por la autoestima. Si no tienen la costumbre de gritar, elijan prescindir de alguna otra cosa que les haga sentirse estúpidos e  impotentes.

               Desarrollen su propia lista de cosas que puede hacer para aumentar su autoestima. Sin embargo, no incluyan cosas que desean cambiar porque pocas personas pueden cambiar un comportamiento neurótico y disfuncional por ponerlo simplemente en una lista. Sólo conseguirán frustrarse intentando cambiar cosas que no están en sus manos.

               Aprendan a decir "no". Muchos padres no saben, sobre todo si los niños exigen continuamente. Pero no siempre se les puede dar lo que quieren.



 



Fuente



Escuela de Padres



MEC



Ministerio de Educación de España

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jueves, 14 de octubre de 2010

¿Tienen valores los hijos?

Nos llama la atención noticias de tanta agresividad, conductas antisociales o hechos delictivos entre jóvenes... ¿realmente la juventud de hoy día es así?, ¿se comportan nuestros hijos así?, ¿a qué se deben estas conductas? No les quepa duda que uno de los motivos fundamentales de que esto suceda, de que las noticias nos salpiquen la conciencia un día sí y otro también con acontecimientos de esta naturaleza es debido, ya digo, en parte, a la falta de valores en los jóvenes, en los adolescentes. Y si no es la falta de valores sí es debido a la valoración inadecuada de hechos, normas, conductas que considera la sociedad como básicas para su subsistencia.

Cuando hechos como los descritos anteriormente suceden, la sociedad se pregunta a qué se debe, qué podemos hacer, dónde y en qué falla el sistema, de quién es responsabilidad. Como partimos de la base de que una parte importante de ¿culpa?, la tiene la supuesta falta de valores en los más jóvenes (y por desgracia, cada vez más jóvenes en cantidad y en edad), consideramos necesario dedicar este artículo a cómo se puede fomentar una educación, aparición y respeto adecuados de los valores en los hijos. Qué pueden hacer los padres, de qué manera, cuándo...

Nos encontramos en una época de búsqueda de valores donde la EDUCACIÓN va a jugar un papel primordial. En todo momento, actividad, situación de la vida cotidiana hay que intentar y practicar el respeto de los principales valores de nuestra sociedad. Valores básicos para la vida y para la convivencia.

Una educación inspirada en un sistema de valores mínimos aceptables por todos y que emana del conocimiento y la riqueza de la convivencia y el pluralismo. Valores humanos que recogen la Carta de los Derechos Humanos y la Constitución: libertad, igualdad, justicia, solidaridad, tolerancia, respeto, ¡la VIDA!, responsabilidad, salud, paz, democracia, aceptación de las diferencias...Si no se provoca desde la educación, en todos los ámbitos, la aceptación de éstos valores, se puede potenciar el adormecimiento moral y el “pasotismo” de los jóvenes que tanto se critica.

No debemos olvidar que toda tarea educativa, sea en la familia o en el entorno escolar, y los procesos de transmisión del pensamiento, conlleva una carga de contenidos ideológicos y apreciaciones éticas aún de una forma no consciente y para evitar mensajes contradictorios la comunidad educativa tendrá que consensuar los valores a transmitir respetando la diversidad y la pluralidad.
Quizá vivimos en un mundo en el que los hijos, los jóvenes tienen de todo que consiguen fácilmente, sin ninguna contraprestación por su parte.

Al mismo tiempo encontramos unos padres muy solícitos a las peticiones de sus hijos; desean agradar a sus hijos y ganarse su afecto con materialismos que en gran parte de las ocasiones son absurdos e innecesarios.

Y decimos esto porque toda persona ante tal cantidad de artilugios y objetos materiales, llega a no valorar en su justa medida lo que tiene. Dispone de tal cantidad de objetos a los que prestar atención que le es imposible valorarlos todos y cuidarlos. ¿Qué le ocurría a nuestros abuelos con sus juguetes?, cuando tenían tan pocos, tan básicos; los recuerdan como algo entrañable que llegaban a amar. Esta situación la debemos generalizar a las personas, la convivencia y tantos valores humanos que han quedado relegados a un ¿segundo? plano.

Puede que hayamos llegado a una situación (no sé si es catastrofismo o no) de personas cuya conducta se rige por valores tales como me gusta-no me gusta, me apetece-no me apetece, me lo paso bien-no me lo paso bien. Afortunadamente no todos los jóvenes son así; y en caso de que consideremos que se caracterizan por esta forma de ser, es posible cambiar su actitud y posicionamiento. Cuanto antes nos lo planteemos más fácil será conseguir los objetivos esperados.

La falta de valores está asociada a un actitud de caprichos, de que aquí cualquier cosa vale para conseguir lo que deseo porque, total, para lo que sirve. Y una actitud caprichosa va asociada a un comportamiento perezoso. Desde casa se puede detectar enseguida la aparición de conductas caprichosas y perezosas que son la antesala de la falta de valores por los siguientes síntomas:
El joven siempre intenta salirse con la suya y se queja con frecuencia. Usa expresiones como: es una injusticia, no hay derecho, no es culpa mía...
El hijo sólo come algunas cosas que le gustan, y en ocasiones abusa de ellas. (Dejan "lo verde o lo rojo" no dejan el plato limpio...).
No tiene en cuenta las normas de convivencia y de educación.
No obedece si no es en última instancia, y con frecuencia por temor a males mayores.
No hace sus tareas escolares con esmero, incluso procura eludirlas. No usa adecuadamente su agenda escolar.
Ante sus cosas y las de los demás muestra descuido y desorden.
Suele ser impuntual tanto para empezar como para acabar. Al hacerlo así actúa de forma desconsiderada con los que le esperan. No tiene en cuenta a los demás, sino que su conducta se rige por la atracción que supone lo que esté haciendo o la repulsa que le suponga lo que va a hacer.

Estas conductas ¿por qué aparecen?, ¿a qué se deben? Si desde pequeños se les acostumbra a ser protegidos, se les evita problemas y se les colma de atenciones y bienes (porque para eso lo han pasado mal los padres), no ha de extrañarnos que desconozcan cualquier móvil de acción que no sea su propia complacencia.

Por eso, desde temprana edad, hay que inculcarles el VALOR DE RESISTIR, de perseverar ante cualquier dificultad, que sepan luchar para obtener algún objetivo y que no siempre se consigue lo que se pretende a la primera o con facilidad, por ejemplo el éxito en los estudios. Para lograr su madurez hay que permitir que vivan las experiencias desagradables que les depare la vida por azar o como consecuencia de sus actos. Pero nunca hay que dejar a los hijos demasiados solos. La actitud correcta de los padres ha de ser estimulante y consoladora cuando haga falta. Nunca ha de dejarse totalmente solos a los hijos cuando no tienen (en la mayoría de las ocasiones) la capacidad de predecir las consecuencias de sus actos.

Unido al valor de resistir, los padres también deben inculcar el VALOR DE EMPRENDER. Supone enseñarles a proponerse metas valiosas y a perseverar para alcanzarlas poniendo los medios necesarios.

Por eso es necesario, entre otras cosas mostrarles metas valiosas en función de valores personales, sociales y religiosos. Pero para mostrar es necesario explicar e ilustrar su valía con nuestro ejemplo. Los padres tienen que explicar y mostrarse como ejemplo coherente.

Y es que queramos o no nacemos en un mundo rodeado de personas como nosotros, nos influimos unos a otros, no podemos crecer y aprender aislados los unos de los otros.

Al individuo le influye tanto lo que hace él mismo como lo que hacen los demás, incluidos los padres. Y de eso se trata. De actuar, porque los valores existen en las acciones de los hombres, no en las palabras. Los valores no son inaccesibles o algo difícil de alcanzar y cumplir.

Aparecen en las acciones más cotidianas, en el día a día. La vida de los padres centrada en el esfuerzo, trabajo, constancia, disciplina, es un modelo. No hace falta preocuparse por transmitirla oralmente al niño. La conducta, por sí sola, educa.

Existen, por tanto, dos PASOS o pautas sencillas que hay que tener en cuenta para, primero cumplir, y después inculcar, con nuestro comportamiento, los valores en la sociedad en que nos toca vivir:

1. El primer paso para vivir los valores es TOMAR CONCIENCIA de ellos. Una sociedad basada en miembros que respetan los valores, es la forma para una convivencia más sana. Vivir en valores es mucho más que cumplir una serie de normas sociales y civiles que organizan la sociedad. Es un estilo de vida. Las normas establecen pautas de comportamiento necesarias para entendernos pero no hablan de la amabilidad, del respeto al otro, de la cordialidad, etc. Por eso, lo primero es ser conscientes de que los valores son vitales.

2. Cuando estamos convencidos de que los valores son importantes para la vida, es necesario reflexionar sobre CUÁLES SON FUNDAMENTALES PARA NOSOTROS, cuáles nos hacen ser mejores. Este nivel implica un proceso de reflexión interna en el que detallaremos, distinguiremos los valores que ya poseemos y los que debemos buscar.

Hay valores que deben considerarse básicos y obligatoriamente tenidos en cuenta en todos los ámbitos de la familia y educativos. Es la relación que anteriormente hemos citado.

A estos valores considerados mínimos y básicos cada comunidad educativa podrá añadir aquellos que considere necesarios para dar respuesta a los problemas que su propia realidad presenta. O quizás dedicar más esfuerzos a aquellos de los relacionados anteriormente que sean necesarios para hacer frente a problemas específicos que se hayan detectado y priorizado.

Pero para educar en valores contamos con 3 MODELOS de entender la educación que es necesario conocer para evaluar y reflexionar a qué modelo pertenecemos o qué modelo aplicamos y si realmente estamos de acuerdo con él o no:

Modelo reproductor. Fomentar el espíritu crítico no es un objetivo educativo. En este modelo nadie, ni los adultos ni los chicos, decide, o al menos se cuestionan, qué valores se deben transmitir; sencillamente se reproducen los valores establecidos.

Modelo "neutral". A veces ha surgido como reacción al anterior. Es el modelo que propone la ausencia de educación en valores. Los defensores de este modelo entienden que es imposible conjugar la doble finalidad de la educación: el desarrollo personal que supone enseñar a pensar por sí mismo, con la inserción social que supone transmisión de valores aceptados socialmente.

Modelo educador. Se trata de un nuevo modelo de educación que propugna un ambiente educador, también en valores. En toda relación niño-adulto se transmiten valores: los sistemas disciplinarios transmiten autoridad y respeto o autoritarismo. Las actividades pueden transmitir cooperación o competitividad. La evaluación puede fomentar la autocrítica y el esfuerzo personal, o por el contrario producir rechazo al sistema. Igualmente, el ambiente y clima generales de un centro son transmisores de valores.



Fuente
Escuela de Padres
MEC
Ministerio de Educación de España
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miércoles, 15 de septiembre de 2010

El valor del esfuerzo en la formación de la persona

Hoy día oímos hablar mucho del esfuerzo, de la necesidad de esforzarse para conseguir algo en la vida. Sin embargo, la sociedad del bienestar y el consumo nos está vendiendo la idea contraria a la necesidad de esfuerzo. Parece que la comodidad y el confort se pueden alcanzar sin trabajo e incluso que estén reñidos con él. Esta idea supone un coste que afecta de forma especial a los niños y jóvenes. Observamos que los niños presentan una incapacidad alarmante (a nuestro juicio) para soportar esfuerzos. Incapacidad que supone consecuencias muy negativas para la persona como sentimientos de impotencia y conformismo; la no valoración de las cosas y, consecuentemente, la incapacidad de disfrutar de ellas y falta de entusiasmo.

Estos factores pueden desembocar en conductas de riesgo como el consumo de sustancias asociadas a la obtención de placer fácil o bien para poder soportar el esfuerzo que supone la realización de determinadas actividades: ir de marcha sin cansarse, comer sin engordar, etc.

Es de tal interés el esfuerzo que ha llegado a constituir uno de los cinco ejes fundamentales de la nueva política educativa. Según la reciente LEY DE CALIDAD en su Preámbulo, los valores del esfuerzo y de la exigencia personal constituyen uno de esos ejes que reflejan las medidas encaminadas a promover la mejora de la calidad del sistema educativo. Constituyen condiciones básicas para la mejora de la calidad del sistema educativo, valores cuyos perfiles se han ido desdibujando a la vez que se debilitaban los conceptos del deber, de la disciplina y del respeto al adulto.

Lo que pretendemos en este artículo es analizar someramente qué entendemos por esfuerzo, cuáles son las variables humanas que están íntimamente unidas al esfuerzo (la disciplina, la motivación, el valor del trabajo bien hecho, etc.) En otro artículo analizaremos de forma más detallada, el papel que juega el esfuerzo en el aprendizaje de los niños.

Una tarea urgente para hacer de los niños personas que sepan afrontar las dificultades, consiste en enseñarles el VALOR DEL ESFUERZO, la necesidad de una fuerza de voluntad fuerte. Entre los 7 y los 12 años (periodo conocido como preadolescencia) los individuos se encuentran en un momento decisivo de su vida. Es la etapa en la que hay que comenzar a desarrollar las principales virtudes. Es el momento de educarles en la generosidad, ayudarles a ser trabajadores, sinceros... Y, por supuesto, es cuando se da el pistoletazo de salida para crear en ellos la capacidad de esfuerzo.

Hay que luchar y evitar la formación de una personalidad débil, caprichosa e inconstante, propia de personas incapaces de ponerse metas concretas y cumplirlas. Al no haber luchado ni haberse esforzado a menudo en cosas pequeñas, tienen el peligro de convertirse en no aptos para cualquier tarea seria y ardua en el futuro. Y, la vida está llena de este tipo de tareas.

La respuesta está en ofrecer siempre ayuda, cada día más, para adquirir unas capacidades muy importantes para poder enfrentarse a la vida: la voluntad para la lucha, la capacidad de sacrificio y el afán de superación. Si no se consiguen, se cae en la mediocridad, el desorden, la dejadez... Por eso, no es de extrañar que hayan llamado a la fuerza de voluntad la facultad de la victoria.
Para poder inculcar en sus hijos el valor del esfuerzo y una educación basada en el mismo, es necesario tener en cuenta unos criterios generales, veámoslos.

Criterios para fomentar en los niños el valor del esfuerzo:
El ejemplo por parte de los adultos tiene una gran importancia, especialmente el de los padres.
Los chicos necesitan motivos valiosos por los que valga la pena esforzarse y contrariar los gustos cuando sea necesario. Hay que presentar el esfuerzo como algo positivo y necesario para conseguir la meta propuesta: lo natural es esforzarse, la vida es lucha.
Es necesaria cierta exigencia por parte de los adultos. Con los años, es lo deseable, se transformará en autoexigencia.
Hay que plantear metas a corto plazo, concretas, diarias, que los adultos puedan controlar fácilmente: ponerse a estudiar a hora fija, dejar la ropa doblada por la noche, acabar lo que se comienza, etc.
Las tareas que se propongan a los niños han de suponer cierto esfuerzo, adaptado a las posibilidades de cada uno. Que los chicos se ganen lo que quieren conseguir.
Las tareas tendrán una dificultad graduada y progresiva, según vayan madurando. Conseguir metas difíciles por sí mismos, gracias al propio esfuerzo, les hace sentirse útiles, contentos y seguros.
Muchas veces el fracaso será más eficaz que el éxito, en la búsqueda de una voluntad fuerte.
Y es que a nuestro entender, son dos los conceptos claves para la promoción del esfuerzo: voluntad y motivación.

La VOLUNTAD se puede trabajar y entrenar día a día con el fin de automatizar los comportamientos y así, disminuir la sensación de esfuerzo. La paciencia es el soporte esencial de la voluntad y si es el adulto no es capaz de tenerla, mal va a poder enseñarla al niño.

No hay esfuerzo si no hay motivo. Sin MOTIVACIÓN es imposible que alguien luche por una meta. Sin una meta, sin un objetivo… no existe el movimiento.
Será de la motivación de donde surja la disposición para el esfuerzo. Detrás de cada actividad que realizamos siempre hay una motivación que actúa como el motor que nos va a permitir realizar el esfuerzo necesario para alcanzar las metas.

Por tanto, es básico conocer, aplicar y generar las motivaciones que impulsan al niño, para lo que se deberá conocer y escuchar a los hijos, entrenándoles en la capacidad de motivarse a sí mismos. Esperar la suerte, la lotería, ser “elegido”… son respuestas pasivas que no implican apenas esfuerzo. No hay esfuerzo cuando se tiene todo lo que se desea, no hay esfuerzo cuando antes de abrir la boca se tiene una necesidad cubierta.

La capacidad de esfuerzo está en cada uno de los individuos, pero es fácilmente desviable hacia derroteros distintos de la correcta conducta, cuando se ven bombardeados por otras expectativas de vida, el éxito fácil de algunos ídolos, la precariedad del empleo, el nulo esfuerzo para alcanzar otras metas más elementales…

Cuando los niños son pequeños, las motivaciones vendrán dadas por las recompensas externas, la valoración social y la atracción de la actividad asociada al juego (motivación extrínseca). Poco a poco se les irá enseñando a desarrollar motivaciones relacionadas con la experiencia del orgullo que sigue al éxito conseguido y al placer que conlleva la realización de la tarea en sí misma (motivación intrínseca). La motivación intrínseca es aquella que permite hacer algo porque se está interesado directamente en hacerlo y no por otra razón. Contamos con algunos recursos para desarrollar la motivación intrínseca: desde el campo intelectual, curiosidad y desafío, y desde el emocional, el placer y autoconocimiento.
La combinación de voluntad y motivación necesita ser “regada” por una abundante dosis de alegría, ilusión, cariño y ejemplo.

Un buen medio para fortalecer la voluntad consiste en seguir una DISCIPLINA y una exigencia. Por ejemplo, ateniéndose a unas normas de convivencia en casa, en el colegio...
Por eso son convenientes los juegos y deportes: en ellos deberán observar unas reglas elementales que les creen hábitos de disciplina: horarios de entrenamiento, obedecer al entrenador, cuidar de su material, etc.

Al hacer vivir esta disciplina hay que tener en cuenta el modo de ser, la edad y las posibilidades de cada uno de los hijos, respetando su personalidad y sabiendo conjugar la exigencia y la firmeza, con el cariño y la comprensión.
En un mundo desordenado, la disciplina externa es necesaria e incluso esencial. Debemos recordar que los niños no tienen la capacidad suficiente para conducirse por sí mismos.

En determinados momentos de la vida, los padres y profesores se ven obligados a poner límites a la conducta, a establecer algunas reglas externas y con el tiempo, entregan a los niños y jóvenes la responsabilidad de conducirse por sí mismos de manera adecuada.

R. FEUERSTEIN, tiene como lema de su filosofía de enseñanza, la frase “no me aceptes como soy”. Supone que la educación debe ayudar a superar nuestras limitaciones que puede mejorar nuestra capacidad intelectual y de aprendizaje, y que eso solo se consigue a través de la motivación, el esfuerzo y la autodisciplina.

Es importantísimo que los niños lleguen a comprender el valor de la OBEDIENCIA. Haciendo caso a los adultos, los chicos actúan con un objetivo concreto y preciso en vez de seguir los impulsos de las propias ganas o apetencias. Obedeciendo encauzan sus energías y capacidades lo que les ayudará a construir una personalidad fuerte y definida. Pero para que haya obediencia ha de existir autoridad efectiva de los adultos: no hay que tener miedo a exigir.

Contar con un horario les ayudará a desarrollar su CAPACIDAD DE AUTOEXIGENCIA. Es bueno que los chicos cumplan un plan.
Si desde pequeños se acostumbran a hacer en cada momento lo que deben y no lo que les apetece, habremos avanzado decididamente hacia una voluntad fuerte. Dentro del horario tiene una particular importancia la puntualidad en el comienzo de las tareas.

La exigencia es generadora de una mayor motivación, y ésta, a su vez, conduce a los niños a implicarse y a esforzarse con mayor intensidad en sus tareas cuando son portadoras de sentido. La simple imposición de una exigencia y el miedo a las eventuales consecuencias negativas de su incumplimiento no conducen, en la mayoría de los casos, a una mayor motivación por la realización de las tareas y los aprendizajes ni incrementan la disposición de la persona a esforzarse. Las personas se esfuerzan en la realización de una tarea o actividad cuando entienden sus propósitos y finalidades, cuando les parece atractiva, cuando sienten que responde a sus necesidades e intereses, cuando pueden participar activamente en su planificación y desarrollo, cuando se perciben como Competentes para abordarla, cuando se sienten cognitiva y afectivamente implicados y comprometiéndose en su desarrollo, cuando pueden atribuirle un sentido.

El DOMINIO DE SÍ MISMO es otra buena escuela para el fortalecimiento de la voluntad. El autodominio consiste en controlar los impulsos espontáneos que no vengan a cuento: levantarse mientras se estudia, gritar, lanzarse a por su comida preferida, incluso antes de que se ponga el plato encima de la mesa... Poco a poco, chicos y chicas deben controlarse y, en concreto:
- Vencer el mal humor.
- Saber acabar todos los proyectos que han empezado.
- Dominar la impaciencia.

El vencimiento habitual en estas cosas, aparentemente menudas, va creando hábitos de autodominio, de renuncia. A veces convendrá renunciar a cosas buenas para robustecer esta fuerza de voluntad e ir alcanzando la madurez: no salir hasta que se haga la tarea; estudiar para luego poder ver la televisión, etc. Otras veces, interesará crear las ocasiones: preparar una excursión en la que se ande mucho, preparar una actividad no especialmente del agrado de los hijos...

Sin duda alguna, no hay medio más efectivo para desarrollar la fuerza de voluntad que el trabajo; pero el TRABAJO BIEN HECHO. Una persona que desde pequeña se acostumbra a trabajar esforzadamente, no se dejará llevar por la ley del capricho y el antojo. Para ello, debemos exigir realizar sus actividades con perfección. Que terminen bien las cosas, y no se acostumbren a hacer las cosas de cualquier manera, o a dejar sus tareas a medio hacer. En conclusión: la obra bien hecha, el trabajo bien acabado, es un fundamento seguro para educar una voluntad fuerte. Para que el trabajo cumpla su función educativa ha de ser realizado con la mayor perfección de que es capaz la persona en cada momento.

Lo fundamental está en llegar a transmitir a las familias que la capacidad de esfuerzo no viene de nacimiento; que precisa de un entrenamiento basado en la creación de hábitos firmes, a través del orden y la constancia desde los primeros momentos de la vida del niño; que es necesario promover en sus hijos motivos suficientes que les hagan sentir que merece la pena el esfuerzo realizado. Baste a continuación, algunas
ESTRATEGIAS CONCRETAS QUE AYUDAN A DESARROLLAR EL ESFUERZO EN LOS NIÑOS(2).
1. Evitar adjudicarse el papel de “esclavos” de los hijos. Desde pequeños han de ir asumiendo sus responsabilidades por básicas que sean.
2. Ayudarles a ser autosuficientes.
3. Enseñarles a calibrar adecuadamente el coste de las demandas que conlleva la sociedad de consumo y a ser críticos con las necesidades que genera.
4. Aprovechar cualquier momento para destacar explícitamente el esfuerzo que hay detrás de los logros.
5. Inculcarles que no todo es de usar y tirar.
6. Acostumbrarles a que adquieran compromisos y exigirles su cumplimiento, enseñándoles previamente a establecerse metas realistas.
7. Enseñarles con nuestro propio comportamiento, a superar con humor las situaciones frustrantes.
8. Entrenarles para poder tomar sus propias decisiones, desde ir al cine o al parque hasta decidir sus estudios. Enseñarles a asumir las consecuencias de esas decisiones.
9. Promover su generosidad procurando que compartan, regalen y participen en actos solidarios.
10. ayudarles a controlar sus impulsos para que sean capaces de demorar las gratificaciones y tolerar la frustración. Para ello es importante: no ceder en seguida a sus caprichos; anticiparles los momentos gratificantes; hablar con ellos sobre el futuro y favorecer que se tracen algún pequeño proyecto a medio-largo plazo; favorecer la realización de colecciones o cualquier afición que suponga esfuerzo y perseverancia; dosificar los regalos, asociarlos a algún éxito propio; no permitir que dejen las cosas sin acabar; mostrarse pacientes y constantes con ellos.

Por último y como conclusión, decir que para educar al individuo en el esfuerzo, podemos proponer una serie de objetivos concretos, a corto plazo, que podamos controlar diariamente. La fuerza de voluntad se forja en cumplir habitualmente todo lo que hay que hacer, aunque no apetezca. Así, una semana podemos decirle que se esfuerce por acabar siempre su tarea; otra, que asista puntualmente a clase, etc.


Fuente
Escuela de Padres
MEC
Ministerio de Educación de España
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viernes, 8 de mayo de 2009

¿Qué influye más en el rendimiento escolar: lo que eres, o lo que haces?

El compromiso de los padres es más importante que su nivel de estudios

En el discurso público prima la teoría de que los factores que las familias no pueden cambiar son los que más influyen en el rendimiento educativo. Pero estos factores no actúan “mágicamente”, sino a través de comportamientos modificables.

Lo habrán oído una y mil veces, la mayor parte de las veces basados en los datos del Informe PISA: lo que más influye en el rendimiento de un alumno es el nivel socioeconómico y cultural de su familia. Así, el mismísimo presidente Zapatero justificó los mediocres resultados de España en PISA 2006 con el bajo nivel educativo de la población española adulta.PISA llama índice socioeconómico y cultural del alumno (ISEC) a un número que agrupa el nivel educativo de los padres, además de su estatus laboral (que determina el nivel de renta familiar), las posesiones culturales del hogar y otros factores.


Este índice, construido con variables estructurales –es decir, aquellas que la familia puede modificar muy difícilmente–, es lo que más influye en el rendimiento de los alumnos según PISA.Lo que habrán oído muchas menos veces es que todos esos factores agrupados sólo son capaces de explicar el 12% –esta cifra se obtiene a través de un complejo modelo matemático– de la variación del rendimiento de los alumnos españoles. Es decir, que PISA no sabe qué factores –porque no los mide– pueden explicar el 88% de la variación del rendimiento. Factores que pueden ir desde la calidad del profesorado a la inteligencia del alumno, pasando por las horas de estudio, el compromiso de los padres, etc.España como ejemploEspaña es un ejemplo de cómo conseguir que los hijos de padres con pocos estudios obtengan éxito académico y consigan altas tasas de titulación. Por ejemplo, el 20% de los nacidos en 1945 –los datos son del Censo 2001, elaborado por el INE– obtuvieron un título de enseñanza Secundaria superior; esta cifra era ya del 42% entre los nacidos en 1960, quince años después; y entre los nacidos en 1975 ya titulaban en Secundaria superior el 60%. Es decir, al menos dos tercios de los titulados a principios de los 90 tenían padres con un nivel de estudios inferior.
Sin embargo, la situación actual es muy distinta: a pesar de que el nivel de estudios de los padres crece sin parar –según el estudio Los padres ante la educación general de sus hijos, elaborado por Víctor Pérez Díaz, Juan Carlos Rodríguez y Juan Jesús Fernández para Funcas–, los resultados escolares no mejoran. Entre 2000 y 2008 el porcentaje de los padres entrevistados con al menos Secundaria superior subió 14 puntos, mientras que el número de suspensos sigue siendo el mismo.Pero no se queda ahí el estudio. A través de un análisis matemático intenta encontrar qué factores son los que más influyen en el rendimiento –medido por el número de suspensos en ESO– de los alumnos. Sus conclusiones son claras: lo que más influye en el rendimiento son unos perfiles de alumnos y padres, que esconden una serie de valores y comportamientos que pesan más que el nivel de estudios.Naturalmente, estos perfiles “buenos” están más presentes en familias con estudios, y viceversa, pero parece evidente que una familia con valores positivos hacia el estudio, aunque con menor nivel educativo, consigue que sus hijos tengan mejor rendimiento que una familia con más estudios pero más despreocupada. Por ejemplo, los padres que ven más de dos horas de TV al día tienen hijos con más suspensos de media que los padres que ven menos TV.
Lo importante de este estudio es el mensaje: contra el discurso determinista, donde todo parece inevitable, lo cierto es que existen valores y comportamientos que pueden compensar las desigualdades de origen. Aún más: desde los poderes públicos, una serie de mensajes –incluso de campañas– positivos, de responsabilización de los padres en la Educación (como se están haciendo en muchos otros campos) podría dar mejores resultados que las excusas políticas habituales.
Lo que más influye
Variables estructurales
Son las más citadas en el discurso político y en la literatura científica especializada desde los años 60, sobre todo el nivel de estudios de los padres. Sin embargo, este factor no actúa “mágicamente”, sino a través de una serie de comportamientos, fruto de una serie de valores, que están más presentes en los padres con estudios que en los padres sin estudios. –
Genética
Algunos autores –y así lo remarca el estudio de Funcas– consideran que una parte significativa de la responsabilidad de que los padres y los alumnos estudien más años tiene una causa común: la herencia genética.–
Valores y actitudes
Sin embargo, el nivel de estudios de los padres por sí solo no basta: ha de materializarse en una serie de actitudes que ayuden y apoyen a los hijos en los estudios. Naturalmente, estos valores están más presentes en familias con más nivel educativo. Pero la buena noticia es que pueden estar presentes –de hecho, lo están– en muchas familias donde padres tienen un nivel educativo menor. –
Perfiles
En realidad lo que el estudio apunta es que hay una serie de perfiles, tanto de padres como de alumnos, que están relacionados con mejores rendimientos educativos. El que los padres vean o no más televisión o que escogieran el centro por ser el que más a mano pillaba puede ser anecdótico, pero está marcando un perfil que le da poca importancia a la Educación.

Fuente
http://www.magisnet.com/noticia.asp?ref=4989
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jueves, 16 de abril de 2009

Familias y comunidades

Cuando las familias de los niños de un centro escolar se relacionan entre sí, incrementa el capital social; los niños son atendidos por un número mayor de adultos que están pendientes de ellos; y los padres comparten pautas, normas y experiencias de crianza.

Resultados de la investigación
En muchas sociedades, las familias de los niños que acuden al mismo centro escolar han dejado de establecer vínculos en la comunidad. Esto significa que los padres no se relacionan entre sí necesariamente fuera del centro, y sus contactos en aspectos relacionados con éste son muy limitados. Como consecuencia, los niños pasan sus días lectivos sentados al lado de otros niños, influyendo sobre ellos, y siendo influidos por ellos y, sin embargo, los padres no se conocen entre sí. Muchos niños pasan gran parte del tiempo que están fuera del centro solos o con otros niños, sin la supervisión de adultos que estén pendientes de ellos.

Los niños se benefician cuando los adultos que están a su alrededor comparten valores básicos sobre la crianza, cuando se comunican entre sí, y cuando les proporcionan un apoyo y orientación consistentes. El capital social, el potencial disponible para los niños que reside en las conexiones que mantengan entre sí los adultos que les rodean, depende de las relaciones que éstos mantengan cara-a-cara. Un centro escolar que se perciba a sí mismo como una comunidad formada por sus elementos –personal del centro, alumnos, y familias de los alumnos- más que como una organización, tiene más probabilidades de estimular las interacciones sociales que conducen a la acumulación de capital social.

Aplicación
Un centro escolar es capaz de formar y mantener una comunidad entre sus miembros – personal del centro y las familias de sus alumnos. Un marco que permita crear una comunidad escolar incluirá modos de articular valores comunes sobre la educación, de acercar a unos padres con otros y con los profesores, y capacitará al centro para actuar como una institución modélica capaz de dar respuesta a los deseos educativos que tienen las familias para sus hijos.

Los elementos constitutivos de un programa que realce una comunidad en un centro son:
Representación: Los padres forman parte de los grupos de toma de decisiones del centro.
Valores educativos: Los padres y los profesores articulan juntos los objetivos y los valores educativos comunes para el centro, y sus expectativas sobre los alumnos, profesorado y padres se derivan de estos valores compartidos.
Comunicación: Se puede conseguir una comunicación entre la familia y la escuela en ambas direcciones a través de una variedad de medios, como entrevistas entre padres- profesores-alumnos, conversaciones telefónicas, notificaciones, y libretas de anotación de las tareas para casa.
Educación: Los programas para profesores y padres se proporcionan para que cada uno pueda mejorar constantemente sus habilidades para ayudar a los niños a tener éxito.
Experiencia común: Todos los alumnos, y con frecuencia sus padres y profesores, participan
en actividades colectivas o se ven inmersos en situaciones tensas comunes de los programas educativos, que les llevan a unirse y les permiten compartir experiencias educativas.
Asociación: El centro ofrece oportunidades de asociación entre grupos de la comunidad educativa, especialmente cuando se tratan temas relacionados con los objetivos del centro. Por ejemplo, grupos de padres con otros padres, grupos de padres y profesores, alumnos pequeños con otros mayores, y asesoramiento intergeneracional entre alumnos y adultos voluntarios (incluyendo a los “abuelos”).

Cuando un centro decide abrirse a la comunidad para obtener recursos, es conveniente determinar primero cuáles son las necesidades que no tienen cubiertas sus alumnos, y después acercarse a las organizaciones de la comunidad para negociar los servicios que pueden aportar como respuesta a esas necesidades. Las necesidades de los alumnos que no son cubiertas fácilmente por el centro pueden ser: necesidades familiares básicas (ropa, alimentos, vivienda, cuidados de los niños); necesidades sanitarias (vacunas, revisiones, cuidados buco-dentales); terapia conductual; ocio; orientación; valoración psicológica; asesoramiento; equipamiento para personas discapacitadas; cuidados de “respiro” que permitan a la familia dejar por un tiempo ciertas obligaciones; oportunidades relacionadas con habilidades o intereses especiales (científicos, musicales, artísticos, deportivos, literarios). Una vez que se haya elaborado una lista con las necesidades de los alumnos y se hayan hecho corresponder con un recuento de recursos comunitarios, los alumnos y sus familias pueden ser conectados sistemáticamente con los servicios apropiados.


Extraído de
ACADEMIA INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN OFICINA INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN
SERIE DE PRÁCTICAS EDUCATIVAS
Familias y centros escolares
Sam Redding
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jueves, 18 de septiembre de 2008

Familias con hijos abanderados I

Voy a subir la primera parte de un trabajo de investigación sobre hábitos familiares en familias que lograron que los hijos tengan éxito académico. Fue realizada en la ciudad de Villa Mercedes, y presentada en el Congreso Virtual de Antropología y Arqueología y puede ser bajada completa ACA, además se la llevó al Congreso Internacional Virtual de Educación.
Son sus autores Elvira Persa de Yerusalimski y Alberto Christin y por razones de longitud del trabajo lo subiré en partes.

Presentación
La idea de este trabajo surgió cuando observamos en nuestra práctica docente, a aquellos alumnos que se distinguían de los otros con relación a sus competencias y capacidades, en la forma de integrar sus procesos cognitivos y resolver situaciones problemáticas, lo cual los convertía en los abanderados del establecimiento educacional al cual asistían. Además, nos fue posible constatar que los hermanos de esos alumnos, por lo general, también sobresalían por las mismas características. Ello nos llevó a pensar en las familias de estos alumnos y a fijar cierto perfil que deberían tener como padres para que sus hijos fueran abanderados. No obstante, nos dimos cuenta de no podíamos seguir modelos preestablecidos, porque notamos que aún en familias a que se muestran muy preocupadas por la educación, sus hijos no se destacan como abanderados.De modo que comenzamos a consultar por Internet sobre investigaciones afines y otras fuentes bibliográficas, para poder establecer un marco teórico y una metodología de investigación, que nos permitiera preguntarnos: ¿qué averiguar? y ¿cómo saber si existe alguna relación entre estos alumnos y sus respectivas familias?. A medida que avanzamos en el motivo de nuestra búsqueda, fuimos encontrando algunas respuestas. En primer término, observamos que existen familias, las cuales, partiendo de un capital cultural similar a las otras, logran mejores resultados.Compartimos junto a padres y madres espacios de diálogo y reflexión acerca de las condiciones de educación y crianza de sus hijos. Comparamos los datos que cada uno logró extraer de esos encuentros, y obtuvimos los aspectos particulares. Asimismo, observamos la importancia del acompañamiento y apoyo de los padres en el aprendizaje escolar de sus hijos, el tipo de liderazgo familiar, y el impacto de la transmisión de valoraciones positivas sobre la escuela.

Consideraciones Metodológicas y Teóricas
Métodos utilizadosPara abordar el objeto, entrevistamos a los padres de familia, en un marco de una investigación cualitativa. Para ello se consideraron grupos de distintas épocas, que van desde la década de los 70 (en la escolaridad media), hasta la actualidad. Se trata casi en su totalidad de familias biparentales, en la que, a pesar de mantenerse una preponderancia femenina, la presencia masculina es fuerte, y tiende a crecer con el transcurso de las décadas, y en la actualidad tiende a afirmarse a la pareja como “un equipo”, por lo que nuestra preocupación se centró en lo que sucede en el interior de la familia.Sociedad y Familia
En los comienzos del siglo XXI, y en forma independiente de la crisis profundizada por la situación de “default” en la Argentina, y más relacionada con los fenómenos ligados a la desocupación provocada por las nuevas tecnologías expulsoras de mano de obra, nuestra sociedad, dividida en clases, se ve obligada a llevar a cabo una serie de acciones tendientes a resguardar y si es posible mejorar, su posición social relativa. Tal como afirma Bordieu :Los cambios en los estados del capital a reproducir y en los tipos de instrumentos de reproducción imponen una reestructuración de las estrategias de reproducción del capital poseído, más exactamente, una reconversión del mismo o una transformación de la estructura patrimonial.
En nuestro contexto esas estrategias derivan en una devaluación de las credenciales, con estamentos profesionales superpoblados, en la búsqueda de diferenciación o de mayores posibilidades mediante el logro de habilidades especiales (dominio del idioma inglés, de las técnicas de la computación etc.) y mediante el logro del mejor nivel de excelencia escolar, que garantice un tránsito feliz en todos los niveles del sistema educativo. Consideramos que resulta adecuado ver la sociedad como un espacio organizado con múltiples sistemas de valoración. En lo referente a la posición de la persona, cabe considerar dos dimensiones, una relativa a la calidad de su capital, y la otra que considera el volumen total del mismo.En cuanto a la calidad del capital, consideramos válida su clasificación en Capital económico, cultural y social, y tomando en consideración la influencia de los factores sociales sobre el individuo, como dice Tenti Fanfani Una vez que hemos demostrado la insuficiencia de las metáforas corrientemente utilizadas para representar la jerarquía social, podemos preguntarnos: ¿En qué sentido esta clasificación compleja de las formas de capital nos permite evitar las inclinaciones objetivistas o subjetivistas? Para evitar cualquiera de estas dos inclinaciones, una teoría social adecuada necesita dar cuenta de la producción y reproducción de la sociedad como el resultado de fuerzas personales (y no, impersonales) y, a la vez, condicionadas (y no, incondicionadas).Resulta entonces la excelencia escolar como parte del capital cultural, tomando en cuenta lo afirmado por Frank Parkin :
Las calificaciones y los certificados aparecen como los instrumentos más adecuados para asegurar que quienes poseen el “capital cultural” tienen al mismo tiempo las mayores oportunidades de transmitir los beneficios del estatus profesional a sus hijos.En nuestro país es frecuente que la calidad profesional se transfiera de una generación a la siguiente, como una herencia, así vemos estudios jurídicos que son mantenidos a través de varias generaciones, pero en otras ocupaciones, donde la evaluación no está relacionada con las características de la clase, como en el deporte de alto rendimiento, esto resulta infrecuente, como lo es que el hijo de un tenista bien rankeado alcance niveles equivalentes, lo mismo para otros deportes, y las manifestaciones de arte (con la salvedad de los casos en que el capital social es determinante, como el caso de los cantantes populares) En el caso de los abanderados, podemos observar que existe, en nuestro contexto, una reproducción más fiel aún que los beneficios del estatus profesional, lo que nos anima a afirmar el carácter cultural de la transmisiónEs importante señalar que los mecanismos de reproducción social no garantizan una perfecta conservación del capital, se trata de reproducción social, no de mecanismos de copia o repetición social. Una copia o repetición social no existe ni ha existido nunca, y en síntesis, en cuanto al rol de las instituciones escolares no quiere decir que la escuela sea garante y legitimador de la inmovilidad social, pero se convierten en una arena de lucha para conservar o acrecentar las posiciones.

Dentro de estas ideas, si describimos nuestra idea de lo que significa la “excelencia educativa”, cabe destacar que no puede existir una única y universal definición, aplicable a todos los ámbitos, además como afirma Perrenaud : La excelencia escolar, una realidad fabricada… Se olvida muy a menudo que éstas últimas tienen una doble vertiente. Son desigualdades reales en lo que respecta al saber y al saber hacer que se valoran en la escuela, pero no tendrían la misma importan­cia simbólica ni las mismas consecuencias prácticas si la evaluación escolar no las tradujera en jerarquías explícitas. La razón por la cual estas jerarquías; muestran u ocultan, amplían o reducen las desigualdades reales depende, en gran medida, de los procedimientos de fabricación empleados, de la estructura del currículum, de la esencia del trabajo escolar, de las modalidades de excelencia, algunos alumnos, animados a menudo por su ambiente familiar.
Especialmente en la enseñanza obligatoria, el aprendizaje no suele responder a necesidades prácticas, para resolver un determinado problema, sino que constituye una larga marcha hacia un futuro todavía incierto. Además, en cada escuela se instaló el modelo meritocrático, según el cual, tras ofrecer a todos “las mismas oportunidades” de formación, pueden considerarse como más meritorios aquellos que demuestren un grado más elevado de excelencia. En la escuela se aprende fundamentalmente a desempeñar un papel, un “oficio de alumno”, que en los aspectos congnitivos supone el aprendizaje en los primeros años de la lectura y la escritura, así como el dominio de las operaciones aritméticas y últimamente se ha insistido en la necesidad de “aprender a aprender”, a los que hay que agregar otros objetivos como el de orden, respeto a la propiedad, no violencia, etc.Además, sobre todo para el maestro, en el trabajo de todos los días, la excelencia no se alcanza solamente con la obtención de los conocimientos fijados en el currículum, sino también es necesario comprometerse con las actividades realizadas y respetar las reglas.

Esto requiere de la familia se constituya en un ambiente que permita a sus hijos una aceitada relación con la escuela, para ello es necesario una serie de factores, tal como lo ha señalado R. Martiñá:…una síntesis muchos de los llamados fuentes o factores mínimos, fundantes de la resilencia , según algunos de sus expositores, más allá de los predisponentes genéticos aún poco conocidos.
Sostén afectivo, presencia de, al menos un adulto atento a las necesidades del niño…, que no “pesque por él, pero que le enseñe a pescar”. Alguien que le haga “sentir” la pertenencia a un mundo relativamente seguro y estable, donde las dificultades son tomadas como problemas, no como catástrofe… Alguien que esté disponible….
Aprendizaje: la importancia cognitiva y emocional de avistar un nuevo escorzo en el mundo. Un nuevo punto de vista, una nueva posibilidad….
Autonomía: la constancia transferible del poder de influencia sobre la realidad. La autovaloración favorable … y el sentimiento de ocupar un buen “lugar en el mundo”
Juego: disposición al placer, al humor, a la imaginación, a la manipulación de la realidad, a la sustitución, a las alternativas, a la creatividad

Caracterización del objeto de estudio
En la mayor parte de las observaciones, se hace presente una primera generación (de abuelos), que alcanzó únicamente la escolaridad primaria, pero que otorgó a la escuela mucha importancia, una segunda generación (padres), que alcanzó el nivel de excelencia exigido (fueron abanderados por lo menos uno de ellos), y una tercera (los hijos) en la que todos alcanzan esa condición.También observamos en todos los casos un liderazgo burocrático en el sentido weberiano, o sea con reglas impersonales, las cuales deben ser acatadas por todos los integrantes, y además son firmemente discutidas en su implementación.

La segunda parte pueden hallarla ACA
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