martes, 25 de junio de 2013

Demandas de la escuela a la familia

Podemos ver claramente que la familia, y la escuela son instituciones en crisis, en proceso de grandes cambios. A pesar de ello, deben seguir interactuando, modificando reglas de convivencia y las expectativas mutuas ¿Qué podemos decir de esas exigencias? En los siguientes párrafos se analizan las demandas que la escuela le formula a la familia.
 


La escuela formula a la familia una serie de demandas que la mayoría de los profesores desean para su interacción con el alumnado.

1. Los educadores constatan cada día que los niños llegan a la escuela sin el apoyo familiar tradicional que les daba seguridad; el desarrollo de su personalidad está caracterizado por la debilidad de los marcos de referencia. Los centros educativos demandan a los padres aspectos como mayor contacto con los profesores, dedicar más tiempo a sus hijos, dialogar con ellos y mayor participación en actividades educativas.

2. La escuela pide a la familia que prepare al niño para su inserción en el ambiente escolar: socializar para la cultura escolar. Se exige a la familia que sea responsable de que el alumno llegue a la escuela en condiciones, tanto materiales como psicológicas, de educabilidad. En palabras de Savater, el “eclipse de la familia como factor de socialización primaria”, por el que los niños ingresan en la escuela sin la formación social básica, que favorece de entrada el aprendizaje. Si la socialización primaria se ha realizado de modo satisfactorio, la socialización secundaria será mucho más fructífera, pues tendrá una base sólida sobre la que asentar sus enseñanzas.

3. Motivar en el empeño por aprender. Es importante que el niño perciba en su familia el interés por el saber. La motivación es un factor determinante en el aprendizaje como ya ha sido estudiado. Las diferencias no radican sólo en el carácter de los individuos, sino también en el modo cómo hayan sido educados en sus familias, de la específica socialización familiar a que hayan estado expuestos (valores, medios económicos, tipos de socialización). Es importante que el niño despierte el “deseo de saber” en su familia ante la multiplicidad de fuentes informativas.

4. Además, los profesores recuerdan a los padres el papel tan importante que tienen en la creación de un clima facilitador del trabajo intelectual. Un clima propicio para el estudio, de modo que se desarrolle en un tiempo y lugar apropiado; es decir, fomentar el estudio así como la creación de hábitos de trabajo intelectual. En especial, despertar la responsabilidad.

5. Prestar atención al tiempo de ocio de sus hijos. Se debe ofrecer a cada miembro el modo y los medios para ocupar inteligentemente su ocio, favoreciendo sus inclinaciones y sus gustos. Los padres deben tener disponibilidad de tiempo para interactuar con sus hijos, no sólo orientada esta relación a satisfacer necesidades biológicas, sino, también, y sobre todo, a desarrollar capacidades cognitivas, disfrutar de la intimidad, el contacto y el juego. La interacción íntima y lúdica es esencial para los hijos, ya que, en ellas, se aprende a hablar, a escuchar, a tocar y ser tocado, a reír, a expresar emociones, etc. La incomunicación puede tener graves consecuencias para el niño, como el retraimiento, aislamiento, frialdad de trato o soledad. Abogamos por vivir un ocio en familia cuando las edades lo posibiliten, tanto en casa como fuera de ella; diseñar actividades en el hogar que estimulen el desarrollo social y cognitivo de sus hijos y, educar en la “selección” de ofertas.

6. Mayor atención al aprendizaje de normas en el ambiente familiar.
Acostumbrados a cumplir las normas con “bastante relajación”, los niños se muestran incapaces de ajustarse a un clima de mayor control como es el escolar. Resaltar un concepto que no debe silenciarse: la autoridad – etimológicamente la palabra proviene de un verbo latino que significa algo así como “ayudar a crecer”-. Los muchachos, en período de formación, tienen que ir asumiendo responsabilidades graduadas ya que no pueden tratar de establecer, por sí solos, las normas que deben regir la vida familiar y escolar. Savater llega a la siguiente consideración: “Si los padres no ayudan a los hijos con su autoridad amorosa a crecer y prepararse para ser adultos, serán las instituciones públicas las que se vean obligadas a imponerles el principio de realidad, no con afecto sino por la fuerza. Y de este modo sólo se logran envejecidos niños díscolos, no ciudadanos adultos libres”. Está en manos de los padres contener, controlar y poner límites a las presiones de los hijos ya desde pequeños cuando éstas son constantes e injustificadas. Constituye ésta una labor preventiva. En una reciente investigación realizada por la profesora Pérez Alonso-Geta, cuyo objetivo es conocer en profundidad los valores y pautas de interacción familiar de la adolescencia, se constata que el 43% de los padres encuestados pactan las normas de convivencia con sus hijos, frente al 25% que no lo hace.
En la mayoría de los hogares los adolescentes participan en la toma de decisiones “normativas”. Entre las principales causas de conflicto en la interacción padres-hijos, se destacan la falta de esfuerzo e interés en los estudios o en el trabajo (55,5%); le siguen las malas contestaciones, salidas de tono, tacos (54,9%); ocupan el tercer lugar las salidas, horas de llegada (37,8%), seguido de la falta de colaboración en las tareas de casa (35,9%) y el consumo de alcohol o drogas (30,6%).

7. Atender a la orientación personal y a la educación sexual de los hijos. Ambos aspectos requieren un clima afectivo en la familia. Ser oportunos, evitar evasivas. Cualquier imagen, acontecimiento o noticia puede ser ocasión para un diálogo, una reflexión y una orientación.

8. Educación en valores. El análisis de los valores y actitudes familiares pretende definir qué valores son preferibles en la interacción educativa. Cuando el niño pisa el aula como recinto formativo, gran parte del bagaje cultural de grupo ya ha sido transmitido.
En el contexto familiar es donde el niño va a ir configurando su propia jerarquía y, posteriormente, marcará sus relaciones en la escuela, en los grupos de iguales y con otras instituciones. Parafraseando a Rojas Marcos: “Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y se desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia. Estas simientes se nutren y crecen estimuladas por los ingredientes crueles del medio hasta llegar a formar parte inseparable del carácter adulto”. La familia debe responsabilizarse del aprendizaje de unos valores, creencias, actitudes y hábitos de conducta, de modo que los individuos no se hallen “desarmados”, sin criterio propio, frente a la diversidad de información y estilos de conducta que ofrece de continuo el medio social. Muchos desajustes de la sociedad son causados por las enseñanzas de los padres o por su carencia. Es difícil anunciar lo que la sociedad valorará mañana, sin embargo, se puede afirmar que la sociedad moderna necesita individuos que crezcan en valores como la libertad, la tolerancia, la responsabilidad, la iniciativa, educar en la importancia del largo plazo, de la reflexión, de tener tiempo para prever las consecuencias que tendrán nuestras decisiones en el futuro (Alberdi y Escario).

9. Una cuestión importante en estos momentos es la elección vocacional de los jóvenes (Casas). La primera influencia en la orientación de su futuro personal la reciben de los padres y la comunidad inmediata (entorno residencial), por delante de los amigos, medios de comunicación, profesores, etc. La planificación del futuro profesional es una actividad que exige tener en cuenta las circunstancias que rodean a las personas, tanto ambientales como familiares. Pero, no sólo son importantes el nivel socioeconómico familiar y la ubicación del domicilio familiar, se considera necesario profundizar en aspectos de la dinámica familiar cuya influencia en la elección vocacional pueda ser determinante, tales como el nivel cultural y los estilos de vida, las actitudes de los padres ante su propio trabajo, las aspiraciones y expectativas de éstos hacia sus hijos, el número de hermanos y el orden de nacimiento en el núcleo familiar, el valor atribuido a la educación, las relaciones parentales, los climas familiares, etc.



Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo

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sábado, 15 de junio de 2013

Demandas de la familia a la escuela

Sabemos que la tarea educativa tiene gran complejidad, y el discurso que circula en la sociedad le otorga mucha importancia. Para lograr los propósitos es necesario que todas las partes involucradas, familia y escuela, trabajen en conjunto, aspiración que por lo general no se logra. Existen demandas mutuas no satisfechas, y los siguientes párrafos reflexionan sobre las demandas que se le hacen a la escuela.



El papel de la familia no puede suplantarlo ninguna institución, no obstante, el sistema educativo formal cumple un papel relevante en la educación del niño y del adolescente. Posee una capacidad transformadora en relación a creencias, valores, expectativas, pautas de conducta, etc. “Los centros de enseñanza no quedan exentos de obligaciones. Muy al contrario, tendrán que ser los lugares donde la esperanza, el altruismo, la confianza en los semejantes, las relaciones interpersonales, se construyan bajo estilos de convivencia destinados a la totalidad del género humano” (Rodríguez Neira). Especificamos algunas demandas de la familia a la escuela a fin de caminar en paralelo, dado que persiguen un objetivo común: la formación integral de la persona.

1. Preparación de calidad. Las exigencias actuales de la sociedad para los jóvenes son la formación, alto nivel de estudios y competitividad. Los padres están preocupados por los resultados académicos de sus hijos. Demandan que sus hijos, entre otros aspectos, aprendan a identificar y resolver problemas, a desarrollar hábitos de trabajo intelectual y fomentar capacidades como la observación y la clasificación.

2. Proporcionar referentes para interpretar la realidad, tener ideas claras ante la vida. Una escuela útil para la vida. Formar ciudadanos con capacidades como el dominio de la lengua, la comprensión de los fundamentos de las ciencias y las nuevas tecnologías, el pensamiento crítico, la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas, la capacidad de comunicarse, el comprender al menos una lengua extranjera. Todas estas funciones deben llevarse a cabo en colaboración con las familias y la comunidad local; es una tarea “a lo largo de la vida”.

3. La familia exige a la escuela una formación en valores. La escuela no queda excluida de este proceso ya que, además de ofrecer modelos con los que los alumnos se identifiquen, es capaz de crear las condiciones experienciales para que los valores se trabajen y se internalicen. Los valores se trasmiten, es más, se internalizan. La escuela es el lugar de aprendizaje de formas de convivencia que no cabe aprender en la familia, es el caso de la convivencia civil. Es el primer lugar de aproximación a la diversidad existente en la sociedad; es la primera experiencia con la autoridad impersonal. Los padres piden a la escuela que aproveche las ocasiones para fomentar la disciplina, el diálogo, la convivencia y la tolerancia; en síntesis, comprometerse con una educación para la democracia.

4. Demandan la utilización de medios tecnológicos y procurar que su empleo sea racional. Deben procurar una “actitud crítica” en los adolescentes de modo que aprendan a seleccionar y jerarquizar las múltiples informaciones que transmiten.

5. Atención a las diferencias individuales, el desarrollo de todas sus potencialidades en la medida de lo posible. La diversidad es un concepto cultural en su más amplio sentido; además de las diferencias cognitivas, existen diferencias culturales e individuales, que deben considerarse en el diseño y planificación del proceso enseñanza aprendizaje.

6. Garantizar la seguridad, protección, y el clima educativo del centro.
Propiciar en los centros contextos educativos seguros y satisfactorios para las personas que conviven. La escuela no es una institución dedicada al control, sino al crecimiento y al desarrollo de sus miembros. Para ello, es necesario generar un clima institucional y grupal que no pase por la represión sino por la armonización de sus funciones y de sus miembros. La familia demanda a la escuela que vele por la seguridad de sus hijos y los proteja frente a cualquier desviación: indisciplina, drogas, violencia, etc.

7. Conexión de la escuela con el mundo laboral. La escuela debería potenciar una serie de valores, cualidades y habilidades necesarias para el desenvolvimiento en el mundo social y laboral (capacidad de iniciativa, creatividad, adaptabilidad), así como una serie de cualidades personales (autodisciplina, perseverancia, flexibilidad, trabajo en equipo, responsabilidad).

Participación de los padres en la educación escolar: tema encauzado, pero no resuelto
La importancia de la educación para una sociedad es tal que debe suponer un compromiso de todas las personas e instituciones en la tarea educativa y de aprendizaje. Tiene pleno sentido plantearse la participación de la familia en la educación escolar por cuanto no son sistemas independientes que actúen por separado, sino sistemas interdependientes cuyos resultados no son explicables de forma aislada. Dicha participación puede considerarse como derecho democrático y como garantía de calidad educativa escolar (Vázquez, Sarramona y Vera). En el caso español, han sido las sucesivas leyes orgánicas las que desarrollaron tal participación de los diferentes sectores de la comunidad educativa, y por tanto, de los padres y madres.

La historia de las relaciones familia-centro no ha estado exenta de confrontaciones y de distanciamientos, más que de oportunidades de colaboración. En términos generales, el clima de participación dentro de la institución escolar ha aumentado considerablemente en España en los últimos años. Si bien las Asociaciones y los Consejos Escolares son los mecanismos institucionales de comunicación y participación, las iniciativas singulares de relación directa o indirecta entre familias y centro adquieren especial relevancia (actividades, reuniones, entrevistas, correspondencia escrita, ...) ya que tienen la virtualidad de centrarse en el proceso formativo del alumnado.

Las familias, por tanto, podrán participar en la planificación general del sistema educativo (Vázquez, Sarramona y Vera), sea a través del diálogo directo con la Administración, sea a través de los organismos de participación creados a tal efecto, los Consejos Escolares. Respecto a la organización general del sistema los padres tienen derecho a participar en aspectos que tienen incidencia en la vida social y familiar: el horario y el calendario escolar, criterios de adscripción a centros públicos y concertados, sistema de financiación, etc. Por otro lado, si nos adentramos en el nivel “meso” y “micro” del sistema educativo, esto es el centro escolar y el aula, las asociaciones de padres/madres, han de poder participar de manera institucional en todo cuanto se refiera a la actividad profesional de los docentes y especialistas en educación.

Vázquez, Sarramona y Vera aluden a lo acontecido en cuanto a la presencia de los padres en los Consejos Escolares de Centros (convocatoria de elecciones de representantes que se realizan cada dos años) en el curso 2002-03. Un análisis de los niveles de participación en estas elecciones proporciona información sobre el escaso nivel de compromiso que asumen los padres. La participación es más elevada en centros donde los padres perciben la utilidad de estos Consejos Escolares y constatan que tienen un rol que asumir en el centro. De igual modo, de los porcentajes de pertenencia de los padres a las Asociaciones de centro en el conjunto de España se desprenden los siguientes aspectos: si se comparan los datos en una visión evolutiva se observa un incremento de inscripciones, pero un descenso en el nivel de participación efectiva; también, se observa mayor grado de pertenencia a las asociaciones en los centros privados; mayor porcentaje de participación en actividades que organizan las Asociaciones en padres/madres de las escuelas públicas, especialmente, en la etapa de primaria; mayor participación en los centros pequeños que en los de mayor tamaño; etc. En definitiva, la participación real de los padres y madres en la vida de los centros es minoritaria y viene asumida, generalmente, por pequeños grupos. Aunque teóricamente se dice querer participar mucho, se muestra de hecho menor grado de participación en aspectos relacionados con las familias (actividades, colaboración, etc) y con el profesorado (formación, grupos de trabajo,...). Los resultados de este estudio, en su conjunto, no difieren sustancialmente de otros.

La vía de comunicación más habitual entre la familia y el contexto escolar es la reunión con el tutor (81%), seguido de las cartas, reuniones de padres del grupo clase y reuniones convocadas por la AMPA (66%, 55% y 54%, respectivamente), descendiendo considerablemente, la conversación telefónica (16%).

Estando muy claro el derecho de los padres a la participación, no lo está tanto en la asunción operativa en la vida de los centros escolares. Queda un largo trecho por recorrer en materia de participación de la comunidad educativa en su conjunto.


Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo



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miércoles, 5 de junio de 2013

Familias y Escuelas como Socios


Si bien todos aceptamos que es imprescindible que la familia y la escuela, formen una sociedad en pos de finalidades comunes, existen numerosos obstáculos para remover. No se trata solamente de conseguir mejorar rendimiento escolar, sino es muy importante formar comunidades democráticas, hábiles en el "arte de convivir" ¿Cómo lograr involucrar a las familias? ¿Qué estrategias utilizar?


Treinta años de investigación confirman que la participación familiar ejerce una poderosa influencia sobre el éxito del niño en la escuela. Cuando las familias se involucran en la educación de sus hijos, ellos obtienen mejores grados y calificaciones más altas en las pruebas, asisten a las escuela con mayor regularidad, cumplen más con sus tareas, demuestran mejor actitud y comportamiento, se gradúan con mayor frecuencia de la escuela secundaria, y tienen mayor tendencia a matricularse en la universidad, que aquellos estudiantes con familias menos involucradas. Es por esta razón una meta importante para las escuelas aumentar la participación de la familia en la educación de sus hijos, especialmente aquellas escuelas que presten servicios a estudiantes de bajos recursos económicos y con riesgo de fracasar.

Para que las familias trabajen en sociedad con las escuelas, éstas deberán proveerle las oportunidades y el respaldo necesario para lograr esta participación. Muchas veces la escuela espera que las familias lo hagan todo por su propia cuenta. El desarrollo de una eficiente sociedad con las familias requiere que todo el personal escolar (administración, maestros y personal de apoyo), cree un espacio escolar acogedor para los padres, y los incite a alzar su voz y formular preguntas, y a que participen apropiadamente en la toma de decisiones. El desarrollo de esta sociedad también requiere que el personal escolar provea información y entrenamiento necesarios para lograr esta participación, esforzándose por invitar a los padres a participar en la educación de sus hijos.

¿Cómo logran las escuelas exitosas involucrar a las familias?
Las escuelas que más han logrado involucrar a los padres y otros miembros de la familia en la facilitación del aprendizaje de sus hijos, miran más allá de las definiciones tradicionales de la participación - formar parte de las organizaciones de padres y maestros, o firmar reportes trimestrales- y tienen un concepto más amplio que incorpora a los padres como socios totales en la educación de sus hijos. En vez de esforzarse solamente por incrementar la participación en actividades basadas en la escuela, éstas buscan apoyar a las familias en aquellas actividades fuera de la escuela que inciten al aprendizaje del niño. Las escuelas que han desarrollado una exitosa sociedad con los padres, ven el logro estudiantil como una responsabilidad común, y todos los socios - padres, administradores, maestros, y líderes comunitarios - desempeñan un importante papel en el apoyo educacional del niño.

Una sociedad escuela-familia efectiva requiere una continua colaboración mutua, el apoyo y la participación del personal escolar y las familias, tanto en el hogar como en la escuela, en actividades que puedan afectar directamente el éxito del aprendizaje del niño. Si las familias van a trabajar con las escuelas como socios totales en la educación de sus hijos, las escuelas deberán proveer las oportunidades y el apoyo necesario para alcanzar el éxito. Los programas escolares y distritales que logran tener éxito, facilitan la comunicación padre-escuela y ayudan a los padres a apoyar el trabajo académico de sus hijos, tanto en la escuela como en el hogar. Algunos programas involucran a los padres en actividades de planeamiento y dirección escolar y como voluntarios. Algunos también proveen servicios coordinados no educacionales esenciales para que las familias apoyen el desarrollo académico de sus hijos.

¿Qué estrategias usan estas escuelas para superar los obstáculos comunes a la participación familiar?
           Superar las limitaciones de tiempo y recursos. Las familias y los miembros del personal escolar necesitan tener tiempo para conocerse entre sí, con el fin de construir una sociedad firme. También necesitan tiempo para planificar su trabajo conjunto y aumentar el aprendizaje del estudiante, y ejecutar sus planes. Los programas exitosos consiguen tiempo y recursos para que ambos socios, maestros y padres puedan desarrollar una sociedad escuela-familia.

           Proveer información y entrenamiento para los padres y el personal escolar. La falta de información y habilidad para comunicarse entre ellos, puede ocasionar el mal entendimiento y desconfianza entre los padres y el personal escolar. La iniciativa de abrir la brecha informativa entre los padres y las escuelas, está al centro de cada uno de los 20 programas estudiados en este Libro de Ideas. Los padres y el personal educativo en estos programas, están aprendiendo cómo confiarse entre ellos y trabajar juntos para ayudar a los niños a triunfar en la escuela, a través de talleres y una serie de actividades de mayor alcance, tales como boletines informativos, manuales, y visitas a domicilio.

           Reconstruir la estructura escolar para dar respaldo a la participación familiar. El desarrollo de una exitosa sociedad escuela-familia implica la total participación de la escuela y no de un sólo individuo o programa. La organización escolar y prácticas tradicionales, especialmente en las escuelas secundarias, a menudo disuaden a los familiares de participar. Las escuelas pueden efectuar cambios con el fin de crear un ambiente más acogedor y más atractivo para los padres, y lograr que ellos se incorporen y colaboren con el éxito de sus hijos. Cualquiera que fuesen los pasos tomados por la escuela para desarrollar su sociedad con las familias, aquellas que logran mayor éxito están preparadas para reconsiderar todos sus establecidos patrones de trabajo y construir nuevas estructuras menos jerárquicas, más personales y más accesibles a los padres.

           Superar las diferencias escuela-familia. Las diferencias de idiomas, culturas y habilidad educacional que separan a las familias del personal escolar, pueden todas éstas dificultar la comunicación y participación familiar en las actividades escolares. Estrategias enfocadas a estas diferencias incluyen un mayor alcance a los padres con poca educación formal, servicios bilingues que traten con los diferentes idiomas y faciliten la comunicación tanto oral como por escrito con la familia, respecto a los programas escolares y al progreso del niño, y la promoción del entendimiento entre culturas con el fin de acrecentar la confianza entre los padres y la escuela.

           Acudir al apoyo de entidades externas para desarrollar sociedades. Muchas escuelas Titulo I, han logrado beneficiar y reforzar sus sociedades acudiendo a entidades de apoyo disponibles en su comunidad local y más allá de ésta. La colaboración y el esfuerzo para proveer a las escuelas y familias con las herramientas necesarias para facilitar el aprendizaje pueden incluir, asociaciones con negocios locales, con servicios de salud y otras agencias comunitarias, con colegios y universidades, así como el apoyo del distrito escolar y del estado.

Guías para una Sociedad Efectiva
La experiencia de muchas escuelas y distritos nos llevan a observar algunas características comunes presentadas por exitosas sociedades escuela-familia. Las escuelas que han logrado involucrar a un gran número de padres y otros familiares en la educación de sus hijos, invierten su energía en hallar soluciones a los problemas, y no excusas. Las escuelas exitosas ven el logro del niño como una responsabilidad compartida, y todos los socios - padres, administradores, maestros y líderes comunitarios - desempeñan un papel importante en el respaldo del aprendizaje de los niños. Incluso, las escuelas exitosas adoptan un abordamiento de equipo, donde cada socio asume responsabilidades para el éxito de la sociedad familia-escuela.

A la vez que las sociedades exitosas comparten la responsabilidad, cada socio específico debe asumir su propia responsabilidad, para que la sociedad pueda funcionar . Sobre todo, las escuelas bajo la guía de los directores, poseen la responsabilidad primordial de iniciar estas sociedades. Las escuelas pueden invertir grandemente en el desarrollo profesional que respalde la participación familiar, dar tiempo para que el personal trabaje con los padres, proveer los recursos necesarios, diseñar estrategias innovadoras que cumplan con las necesidades de las diversas familias, y proveer información útil a las familias para que ellas aprendan a contribuir al aprendizaje de sus niños.

Una vez que las escuelas inicien el diálogo e incorporen a los padres como socios totales, las familias típicamente están dispuestas y listas para asumir igual responsabilidad para el éxito de sus hijos. Idealmente, esta sociedad ocurre dentro de un marco en donde las personas que elaboran las políticas, los grupos comunitarios, y los empleadores comparten las mismas metas de la escuela, contribuyendo activamente a su éxito. En resumen, una coalición de amplia base conformada por socios con una ideología común es la fundación de cualquier sociedad exitosa. Cuando los miembros de la comunidad trabajan en conjunto, todos los socios - y especialmente los niños - tienen asegurado el éxito.

Las estrategias efectivas para formar sociedades difieren de una comunidad a otra, y las más adecuadas para una comunidad en particular dependerán del interés, necesidades y recursos locales. Sin embargo, la innovación y la flexibilidad son siempre parte fundamental de cómo promover en forma exitosa la participación familiar en la educación de los hijos. Muchas escuelas mejoraron su potencial de innovación y flexibilidad cuando implementaron programas de alcance escolar. Su experiencia sugiere las siguientes guías para una exitosa sociedad:

           Las sociedades no pueden ser abordadas con una actitud “talla única.” Hay que partir de algo que funcione bien, comenzando la sociedad escuela-familia a través del trabajo en conjunto con la familia para identificar las fuerzas, intereses, y necesidades de las familias, los estudiantes, y el personal escolar, y diseñando estrategias que respondan a esas fuerzas, intereses y necesidades que hayan sido identificados.

           El entrenamiento y desarrollo del personal constituyen una inversión esencial. Hay que reforzar la sociedad escuela-familia con el desarrollo y entrenamiento profesional de todo el personal escolar, así como de los padres y otros miembros de familia. Tanto el personal como las familias necesitan conocimiento y habilidades que le permitan trabajar entre ellos y con la comunidad en general para apoyar el aprendizaje de sus hijos.

           La comunicación es la base fundamental de las sociedades efectivas. Elabore un plan de estrategias que satisfaga la variedad de necesidades que presenten las diferentes culturas e idiomas, estilos de vida y horarios de trabajo del personal y las familias. Incluso una sociedad escuela-familia con el mejor de los planes irá a fallar si no existe una eficaz comunicación entre los participantes.

           La flexibilidad y diversidad son elementos claves. Reconozca que la efectiva participación de los padres puede suceder en diferentes formas, las cuales no necesariamente requieren la presencia de los padres en los talleres, las reuniones o la escuela. El énfasis debe ser en ayudar a que los padres apoyen a sus niños para que ellos aprendan, y esto puede tomar lugar tanto en la escuela, como en el hogar o en cualquier otro lugar en la comunidad.

           Debe sacarse provecho de los entrenamientos, asistencia y fondos ofrecidos por fuentes fuera de la escuela para apoyar los proyectos. Estos pueden incluir los distritos escolares, las organizaciones comunitarias y las agencias públicas, colegios y universidades locales, agencias de educación etc.

           Los cambios toman tiempo. Reconozca que se requiere un continuo esfuerzo por un largo período de tiempo para desarrollar una exitosa sociedad escuela-familia, y que cada vez que se resuelve un problema a menudo surgen nuevos retos. Además, una sociedad exitosa requiere de la participación de muchos socios, y no sólo de algunos de ellos.

           Los proyectos deben evaluar periódicamente los efectos de la sociedad, empleando múltiples indicadores. Estos indicadores pueden evaluar la participación de las familias, del personal escolar y la comunidad, y su satisfacción con las actividades relacionadas a la escuela. También pueden incluirse mediciones de calidad de la interacción escuela-familia y del progreso educacional del estudiante.

A pesar de que sería imposible atribuir el aumento del éxito de los estudiantes u otros logros en las escuelas o distritos, sólo a las actividades de participación de los padres, sí aparenta ser cierto que muchas escuelas cuya meta primordial es involucrar a los padres, también ven mejoras en los logros de los estudiantes. Estos resultados positivos pueden ser debidos al propio aumento de participación de los padres, o, con mayor probabilidad, a una constelación de factores que incluyen un programa educacional sólido, y el compromiso por un alto estándar para todos los estudiantes. No obstante, es evidente que la fuerte participación de los padres es factor importante en muchas de las escuelas que logran elevar el nivel de éxito de sus estudiantes.


Fuente:
Funkhouser, J.E. & Gonzales, M.R.
Family Involvement in Children’s Education: Successful Local Approaches. OERI, U.S. Dept. of Education.
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domingo, 26 de mayo de 2013

La participación colectiva y sus condiciones sociales


¿Es conveniente pensar al alumno y su familia, como “cliente”? ¿No es acaso un coproductor de sus aprendizajes? La participación en la escuela no necesariamente debe ser a título individual, sino que puede ser colectiva ¿Qué condiciones deben darse? ¿Qué razones explican el actual fracaso de este tipo de participación?


Más allá de los discursos, existen tres sentidos posibles para el concepto de participación. Por otra parte, quizás no esté demás insistir en el valor de la participación en cualquiera y en todos los sentidos como una característica deseable de las sociedades e instituciones democráticas. No todos coinciden en esta valoración. Desde ciertas perspectivas liberales, el mecanismo de intervención de las personas en los procesos de producción de bienes y servicios sociales es el mecanismo de la compra (el exit). En otras palabras, desde esta perspectiva economicista se sostiene una clara y neta distinción entre oferta y demanda del servicio educativo. Los usuarios de los servicios son la demanda. Ellos intervienen y «participan» en el servicio comprando o dejando de comprar. Si uno no está satisfecho con la escuela donde envía a sus hijos, pues no tiene más que una salida: precisamente «salirse» de esa institución y elegir otra. Mediante este mecanismo de la elección, envía una señal de insatisfacción al productor, quien podrá tenerla en cuenta o no y por lo tanto modificará consecuentemente el modo de hacer las cosas. En esto y sólo en esto consiste el «poder» del cliente o consumidor, en su capacidad de comprar o dejar de comprar, permanecer o salirse de una determinada relación de prestación. Pero la historia muestra que existen otros mecanismos eficaces de participación sustantiva.

El cliente o usuario (en verdad deberíamos decir el «co-productor») además de la salida, puede emplear el mecanismo de la voz, es decir, puede demandar o exigir un cambio en el servicio con el fin de que se adecue a sus necesidades y expectativas. Es más, puesto que por lo general los co-productores (padres de familia, alumnos de un establecimiento, representantes de una comunidad, etc.) no están solos, pueden hacerse oír en forma organizada.

Reducir a los hombres a clientes sólo capaces de comprar o no comprar, «entrar» o «salir» de un producto o servicio supone una concepción muy pobre de las capacidades humanas. Los alumnos y sus familias no son clientes sino coproductores del servicio y deberían estar en condiciones de hacer oír su voz en las instituciones para acercar sus procesos y productos a sus necesidades e intereses.

En las escuelas, es más común que cada alumno o cada padre haga llegar sus sugerencias, críticas o demandas ante las instancias pertinentes y esto, en muchos casos, tiene sentido. Pero cuando se trata de demandar mejoras en los procesos y productos escolares como, por ejemplo, mejorar el clima institucional, la enseñanza de las matemáticas o de la lengua, integrar más la escuela a la comunidad, el trámite individual no es el camino más adecuado. En estos casos, lo más conveniente es que alumnos, maestros o padres de familia lleven a cabo acciones colectivas, es decir, actúen en forma coordinada. Ahora nos interesa dejar esta idea: la participación de la que hablamos puede ser individual, cuando se trata de reivindicaciones o situaciones particulares, o colectiva, cuando se trata de intervenir sobre ciertas dimensiones estructurales de la vida institucional. Esta es la participación que hace más democráticas a las instituciones.
Pero la acción colectiva no es un resultado automático de la vida institucional. Para que un conjunto de sujetos actúe, como suele decirse, «como un solo hombre», se requiere de determinadas condiciones que pasamos a desarrollar en forma sintética.

En efecto, la acción colectiva requiere sujetos colectivos. Un conjunto de individuos que comparten determinados intereses o situaciones no hacen a un actor colectivo. Éstos son el resultado de determinadas condiciones históricas. Muchas familias que padecen situaciones de injusticia o necesidad, a menudo tienen dificultades para actuar en forma coordinada. Lo mismo pasa con los maestros, los alumnos o las familias de los estudiantes.

Diremos que, para convertir a una suma aritmética de individuos que comparten determinadas características objetivas comunes en un actor colectivo, se necesita resolver el doble problema de la representación. El primero tiene que ver con el fenómeno de la representación o representaciones entendidas como conjunto de ideas o de imágenes acerca de determinadas cosas. Así decimos que cierto conjunto de individuos comparte una serie de ideas acerca de lo que son (es decir, los individuos comparten una identidad) en tanto que habitantes de una determinada comunidad, oficio, clase de edad, etnia, comunidad religiosa, etc. También pueden tener la misma percepción de sus intereses, que se convierten en intereses comunes y de la necesidad de defenderlos en ciertos espacios institucionales (el municipio, la dirección escolar, la supervisión, etc.). En este primer sentido, las representaciones se relacionan con la subjetividad colectiva. Determinado conjunto de individuos tienen que verse y sentirse como formando parte de un grupo que comparte, repito, características, situaciones e intereses comunes. Estas ideas, que tienen que ver con la pertenencia y la identidad de un grupo, a veces tienen una expresión muy formal y toman la forma de las «ideologías», «doctrinas», «culturas», que muchas veces existen en forma escrita.

Producir estas representaciones formales de los grupos es un trabajo que requiere de los buenos oficios de ciertas personas competentes. Los intelectuales, en sentido amplio, es decir todos aquellos que tienen la capacidad de ponerle nombre a las cosas, juegan un papel fundamental para construir a los actores colectivos. Estas ideas acerca de los grupos, para ser eficaces tienen que encarnarse, interiorizarse en cada uno de sus miembros. Cada uno tiene que verse a sí mismo con las categorías producidas por esos intelectuales en sentido amplio. Éstas se producen y difunden en procesos complejos que la mayoría de las veces llevan tiempo. No bastó que existieran obreros, es decir, una masa de productores desposeídos de los medios de producción para que existiera la clase obrera como grupo actuante. En las primeras fases del capitalismo occidental y europeo, el marxismo constituyó el sistema de ideas y representaciones que sirvió como espejo donde los obreros se vieron a sí mismos y pensaron sus relaciones con los patrones y con el conjunto de la sociedad.

Todos los movimientos sociales han tenido que construir y difundir determinados sistemas de representaciones acerca de lo que son, de cuáles son sus intereses, de cuál es su historia y su misión, etc. Con las comunidades pasa lo mismo. Algunas tienen una identidad fuerte, muy estructurada y con historia, otras son más un agregado o suma aritmética de individuos que un actor colectivo.

Pero no basta compartir visiones o representaciones comunes para desarrollar acciones colectivas. Para ello es preciso resolver el segundo problema de la representación. Aquí la representación tiene que ver con la constitución de representantes. Para que un grupo generalmente numeroso participe como solo hombre en ciertos procesos donde se toman decisiones que les interesa tiene que elegir representantes que hablen y decidan en nombre de todos. Esta es la segunda dimensión de la representación, aquella que tiene que ver con el hecho de dotarse de una organización. Una organización es un sujeto colectivo que agrega o articula intereses y que los defiende en ciertos espacios decisionales. En cuanto tal es una creación o construcción social. Las organizaciones representativas nacen, crecen, se desarrollan y, muchas veces, desaparecen.

Como en el caso de la representación como sistema de ideas, la representación como organización no es un proceso pacífico. En ciertos casos existen diversas ideologías organizadas que reivindican la representación de determinados intereses (los intereses de la comunidad, de los padres de familia en la cooperadora escolar, etc.). Habrá que decir que, cuanto mejor resuelven los grupos el problema de su representación, más probabilidades tienen de realizar o conseguir los objetivos que se proponen.

Uno debería entonces preguntarse quiénes son los que tienen más probabilidades de ganar en las luchas por conquistar la representación de los grupos. La experiencia y el análisis indican que, la mayoría de las veces, se eligen como representantes a aquellos individuos que tienen determinadas características. Por lo general, éstas tienen que ver no sólo con la voluntad y el interés en ejercer la representación sino también con la disposición de determinados recursos tales como dinero, tiempo y, sobre todo, capital lingüístico. Por lo general, el representante tiene la capacidad de decir lo que otros sólo piensan o intuyen. Uno se siente representado por ese que le pone palabras a nuestras percepciones o intereses. Muchas evidencias indican que aquellos que saben hablar en público son los que tienden a monopolizar la representación. Este capital expresivo no es innato sino que es aprendido. Y aquí la escuela tiene una importancia fundamental. Nótese que, cuando hablamos de esta capacidad de ponerle palabras a la cosas, no estamos hablando sólo de lenguaje sino de cultura expresiva, es decir, de conocimiento en el sentido más amplio. El saber tiene que ver con la probabilidad de participar ejerciendo la representación colectiva. Pero también determina la probabilidad de participación individual. Existen muchas evidencias al respecto.

La simple probabilidad de contestar a la pregunta de un cuestionario en una situación de encuesta está fuertemente asociada con una relación entre el carácter del la pregunta o tema o determinadas características de quienes son invitados a responder. Cuando la pregunta tiene que ver con ciertas cuestiones complejas de carácter más técnico (por ejemplo, si el transporte público debería pagarse con cospeles o boleto electrónico, o si es mejor una evaluación sumativa simple o ponderada), las personas con menor escolaridad se abstienen más de contestar3. En cambio, cuando se trata de participar u opinar sobre cuestiones que tienen un contenido más ético-moral que técnico (por ejemplo, acerca del largo deseable de la falda en el uniforme escolar de las chicas,) la probabilidad de la participación es más elevada. Esto quiere decir que, en un mundo que cada vez es más complejo y donde los problemas tienen soluciones técnicas que requieren una cierta competencia, la probabilidad de la participación dependerá cada vez más del capital cultural de las personas.

En síntesis, desarrollar la participación en la sociedad y en cada una de sus instituciones más relevantes no es una simple cuestión de buena voluntad. No basta pregonar o «exigir» la participación sino que es preciso garantizar ciertas condiciones sociales que tienen que ver con su producción.

Así pues, si se quiere incorporar nuevos actores sociales en la vida de las instituciones escolares, en especial, los propios niños y jóvenes, los padres de familia y la comunidad, no basta con desearlo y exigirlo en los marcos legales y normativos. Es preciso garantizar que existan las condiciones sociales necesarias. Y éstas no pueden decretarse. Cuando quienes planifican y diseñan programas escolares parten de una concepción ingenua o voluntarista de la participación, sus planes por lo general se quedan a mitad de camino y los técnicos se sorprenden con los pobres resultados alcanzados y no entienden por qué los grupos no «quieren» o no están dispuestos a participar.

Creo que existen dos razones básicas que explican la mayoría de los fracasos. La primera tiene que ver con el sentido de la participación. Muchos programas educativos esperan una participación contributiva en comunidades que justamente se caracterizan por vivir situaciones de necesidad y exclusión social. En muchos casos, exigir contribuciones a los más pobres no sólo es irreal sino, incluso, injusto. En nuestras sociedades, cada vez más desiguales, los más ricos tienen recursos más que suficientes para comprar la educación de sus hijos mientras que los más pobres muchas veces sólo pueden contribuir con su trabajo para garantizarles condiciones mínimas de educabilidad. Distinta sería la cuestión si se buscara efectivamente incorporar a las comunidades en los procesos de toma de decisiones, es decir, en la estructura de poder de las instituciones.

El segundo conjunto de razones tiene que ver con el voluntarismo. En muchas situaciones, los grupos convocados no tienen interés ni tiempo ni condiciones sociales mínimas para participar. En especial, no tienen esos recursos expresivos que resultan imprescindibles para tomar decisiones en colectividad. Actuar como un solo hombre requiere de capacidad de negociación, discusión, regulación de conflictos, articulación de intereses, liderazgo, iniciativa, etc., cualidades que no están igualitariamente distribuidas en la población. Por el contrario, mientras más carenciados son los grupos sociales, más monopólicos son los mecanismos de la representación. En el extremo, los grupos más excluidos tienen que recurrir a representaciones externas (ongs, iglesias, intelectuales, políticos, etc.) en la medida en que no están en condiciones de generar sus propios representantes. Es más, la privación extrema coincide muchas veces con la desintegración social, la desconfianza y la consecuente debilidad e inestabilidad de las organizaciones que representan sus intereses. Para concluir:
  • Los educadores deben tener conciencia de que el aprendizaje es estructuralmente participativo. Hay ciertas cosas que sólo los aprendices y sus familias deben hacer para que el aprendizaje tenga lugar. Esta participación supone recursos (familia estructurada, necesidades básicas satisfechas, etc.) que la sociedad y el Estado deben proveer para garantizar la educabilidad de las nuevas generaciones.
  • La participación contributiva debe equilibrarse con la participación política, que tiene que ver con el poder para participar en los procesos de toma de decisiones. Pero la participación política no se decreta sino que se conquista.
  • Por último habrá que recordar que la participación supone determinadas condiciones sociales. Para participar hay que disponer de recursos de diverso tipo: tiempo, dinero, conocimientos, capacidades expresivas, etc. y éstos no están igualitariamente distribuidos en la población. Una política no se vuelve más democrática porque multiplica la palabra «participar» sino porque distribuye más equitativamente aquellos recursos sociales estratégicos que hacen posible la acción colectiva y la incorporación de dosis crecientes de deliberación y reflexividad en la vida de las instituciones básicas de la sociedad.


Autor
Emilio Tenti Fanfani
Profesor titular ordinario e investigador principal del conicet en la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad de Buenos Aires (Argentina). Consultor del del iipe-unesco, Sede Regional Buenos Aires.


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miércoles, 15 de mayo de 2013

Tres dimensiones de la participación de las familias en la vida de los centros escolares

En la actualidad asistimos a grandes cambios en las escuelas, hasta la finalidad de las mismas se ha modificado, se trata de construir escuelas inclusivas, y en este contexto se revaloriza la participación, en sus diversas formas ¿De qué manera podemos hacerlo? ¿Qué dimensiones analizar?


Para ir más allá de la participación como mera consigna es preciso introducir algunas precisiones. En las consideraciones que siguen abandonaré el nivel sistémico del servicio educativo y sus mecanismos de regulación para concentrarme específicamente en la participación tal como puede manifestarse en las instituciones educativas. Comenzaré distinguiendo y describiendo tres dimensiones de la participación.

Dimensión estructural de la participación
La educación y el aprendizaje constituyen procesos necesariamente participativos en un sentido muy particular: el que aprende interviene, pone lo suyo, contribuye en su propia educación o apropiación del saber. Bien mirada, esta es una verdad de perogrullo, pero muchas veces pasa inadvertida por muchos especialistas y expertos de la educación. Con la educación sucede lo mismo que en otros servicios personales, como los servicios de producción y reproducción de la salud de las personas.

Uno no compra su educación o su salud como algo hecho. El paciente o el aprendiz participa inevitablemente en la producción de su salud o de su aprendizaje. Si él no hace lo que tiene que hacer (estudiar, hacer los ejercicios, leer, producir textos, participar en experimentos, poner en práctica lo que está aprendiendo, etc., o bien, cuidarse, tomar los remedios, alimentarse como es debido, etc.) no se produce ni la curación ni el aprendizaje. Si el aprendizaje se produjo es porque el aprendiz hizo lo que tenía que hacer y lo que sólo él podía hacer. Por eso, en el caso del los servicios personales, cuyos efectos se producen en el cuerpo y la subjetividad de las personas, éstas son parte del equipo de producción y no meros consumidores o clientes, como sí lo somos nosotros la mayoría de las veces cuando compramos cosas hechas tales como camisas, zapatos o bicicletas.

Cuando aquel que piensa en la educación y en las cosas del aprendizaje tiene conciencia de que esta participación (y la de su familia, cuando se trata de niños) es un ingrediente no simplemente deseable sino ineludible para el éxito de esta operación, su modo de ver y hacer las cosas cambia radicalmente. En este primer sentido, la educación es un proceso de co-producción donde es tan importante «lo que pone» el centro escolar (los docentes, los equipamientos didácticos, el método y la didáctica, etc.) como «lo que pone» el educando y su familia. Pero sospecho que, quienes usan y abusan del discurso de la participación, al hablar no están pensando precisamente en este primer significado.

Si la educación se concreta efectivamente en un proceso de coproducción, no es posible separar claramente la «oferta» de la «demanda». Ambos conjuntos de factores funcionan e interactúan en forma conjunta para hacer posible el aprendizaje. Digamos que esa dimensión estructural del aprendizaje era conocida desde siempre. Pero es un hecho que se hace evidente para todos cuando los sistemas escolares incorporan a la mayoría de una «clase de edad» al nivel primario y secundario, como es el caso de la mayoría de los países de mediano y alto desarrollo de América Latina. Cuando la inclusión escolar viene de la mano de la exclusión, muchos niños van a la escuela sin disponer de las condiciones sociales (alimentación, vivienda, salud, medio ambiente, etc.) necesarias para «participar» en el proceso de aprendizaje.


La participación como contribución
La tercera dimensión tiene que ver con la participación como contribución. En mi opinión, este es el sentido más recurrente con el que se usa el discurso de la participación, en especial en el campo de las políticas sociales en general y educativas en particular. Cuando quienes diseñan y llevan a la práctica programas educativos buscan que la comunidad participe en las instituciones escolares (existen múltiples ejemplos de programas educativo con este ingrediente en América Latina) en realidad están esperando que las familias y la comunidad provea de una serie de recursos que se consideran necesarios para la eficacia de la acción escolar.

Cuando se interroga a los directores de centros educativos acerca del nivel de participación de los padres de familia en los centros educativos, por lo general quien responde está pensando en la cantidad y calidad de la cooperación de los padres en el funcionamiento del establecimiento escolar. La contribución de los padres de familia tiende a ser una respuesta a un requerimiento o pedido especifico de la institución. Es ella la que convoca, solicita o demanda la contribución de los padres. Ellos pueden responder o no. Raramente son ellos los que deciden espontáneamente cooperar o hacer un aporte específico.

En el caso de América Latina, la experiencia indica que, en el caso de las escuelas de sectores populares urbanos y rurales, la colaboración de los padres puede ser monetaria (aporte de dinero, generalmente a través de la cooperadora escolar) o bien en trabajo. La contribución en especies (insumos, libros, materiales didácticos, etc.) es menos frecuente.

En México, el programa de Educación Comunitaria (Torres y Tenti Fanfani) es paradigmático en cuanto a la participación como contribución y está dirigido a ofrecer educación primaria en comunidades aisladas y pequeñas (menos de 15 niños en edad escolar). En estos casos, donde no se justifica la creación de un centro escolar estándar, se ofrece el servicio a través de un maestro-instructor, por lo general un joven con la secundaria básica completa (y por lo general residente en la zona). El mismo, luego de tres meses de entrenamiento pedagógico acelerado y dotado de un paquete con materiales de autoaprendizaje, es enviado a la comunidad donde prestará el servicio al cual se compromete a aportar vivienda y alimento al instructor. En este caso, la comunidad participa aportando el alojamiento del instructor, el espacio físico donde se lleva a cabo el proceso de enseñanza-aprendizaje y el alimento que necesita para vivir.

Otra forma más espontánea de participación contributiva es frecuente en muchas áreas rurales pobres de América Latina. En muchas ocasiones son las comunidades quienes se hacen cargo de la construcción y mantenimiento de la infraestructura física de la escuela. Esta situación fue muy frecuente en México, en especial durante el primer período de expansión de la educación rural luego de la Revolución iniciada en 1910. Existen muchos testimonios de escuelas totalmente construidas a través del esfuerzo y el trabajo de los padres de familia de las comunidades rurales, las cuales hacían todo lo posible para contar con un establecimiento escolar donde educar a sus hijos.

En las zonas urbanas de América Latina, la contribución tiende a ser más diversificada, ya que al trabajo se agrega una contribución económica mediante el pago de una cuota a la cooperadora escolar. El monto de los recursos de este origen varía según el nivel socioeconómico dominante de los alumnos de los centros escolares. En muchos casos, los padres tienen la capacidad suficiente de financiar la ampliación de la oferta educativa (computación, inglés, actividades expresivas y/o artísticas, etc.) de los centros escolares.

La contribución en términos de tiempo de trabajo es más frecuente en las escuelas primarias de las áreas urbanas pobres. En este caso se trata de trabajo femenino. En efecto, las madres de familia que no están insertas en el mercado de trabajo suelen aportar su presencia y su cooperación en distintas tareas de apoyo, en especial aquellas que se relacionan con los servicios de alimentación escolar.

En términos generales es plausible afirmar que la contribución tiende a ser monetaria en el caso de las escuelas públicas de clase media y media baja y «laboral» en los barrios más populares donde habitan los que sólo disponen de su fuerza de trabajo para participar-contribuir con los establecimientos educativos de su comunidad.

En estas circunstancias, resulta en cierta medida paradójica, que se tienda a pedir más (dinero, trabajo, tiempo, etc.) a quienes menos recursos tienen. A su vez, las clases medias y medias altas urbanas «le piden todo a la escuela» y sólo participan (cuando lo hacen) mediante el pago de una suma, por lo general de no mucha relevancia, a la asociación de padres de los centros escolares. De esta manera, la distribución regresiva del financiamiento público (mejores escuelas, mejores maestros a los sectores sociales urbanos mejor situados en la estructura social) va acompañada de un aporte proporcionalmente mayor por parte de quienes menos recursos tienen. El resultado es la reproducción de la estructura inicua de los recursos públicos orientados a la educación básica latinoamericana.

La participación como poder de decisión
Pasemos ahora a la tercera dimensión de la participación. Ésta tiene que ver con una cuestión más delicada. Tiene que ver con las cosas del poder. Aquí la participación supone un escenario, actores con intereses y estrategias y procesos donde se construyen problemas, se arman agendas y se toman decisiones en relación con reglas y recursos, es decir, con definición de normas que regulan las prácticas y con asignación de recursos (de diverso tipo).

En una institución como la escuela interactúan diversos agentes individuales y colectivos: el director, los maestros, los estudiantes, las familias, las organizaciones comunitarias, las empresas, las iglesias, etc. En síntesis, la mayoría de las instituciones democráticas contienen a una gran diversidad de agentes que tienen distintas posiciones, recursos, intereses y, por lo tanto, también distintos puntos de vista, expectativas, demandas, opiniones, actitudes, etc. Por lo tanto, estas interrelaciones no siempre son pacíficas sino que muchas veces están atravesadas por el conflicto y la lucha entre intereses y puntos de vista divergentes, opuestos, enfrentados, etc.

Si participar es también participar en el poder, es preciso recordar que la escuela, al igual que el resto de las instituciones, es una organización muy particular. Al igual que el hospital, por ejemplo, está constituida por una capa de profesionales que monopoliza un conjunto de saberes especializados. El resto de los miembros de las instituciones (los alumnos o los enfermos y sus familias) son objetos de intervención de los profesionales y por lo tanto éstos ejercen una dominación objetiva sobre los segundos que, por principio, están excluidos de ese recurso que constituye la base de su poder: el saber especializado. En estos contextos, «empoderar» a los alumnos y las familias en las instituciones no es una cosa tan sencilla como a primera vista puede parecer. En efecto, en las instituciones, y en ciertas esferas específicas, dar poder a algunos (los padres y/o los alumnos) supone limitar el poder de los otros (los profesionales). Esto es particularmente cierto en el caso de las cuestiones que tienen que ver con cuestiones centrales del servicio educativo tales como la definición del programa escolar, las estrategias pedagógicas o didácticas y la evaluación de los aprendizajes. Estas esferas constituyen el corazón mismo del saber especializado de los profesores, en tanto que pedagogos. En estos terrenos ellos reivindican su derecho de exclusividad.

Por eso, respecto de la participación de los «usuarios» de las instituciones es preciso ser muy cuidadoso para distinguir las esferas y el peso de su eventual participación. Pero, independientemente de las consideraciones anteriores, la mayoría tiende a preferir las instituciones democráticas a las autoritarias, autocráticas, oligárquicas o monocráticas. Por lo tanto, en una escuela democrática todos los miembros de esta comunidad deberían tener voz y voto en la definición de las cuestiones básicas de la vida institucional.

Aun cuando reconocemos que cada estamento o grupo tiene un papel o una función particular en la vida del conjunto, todos deberían tener derecho a participar en los procesos de decisión donde se definen cosas tales como los objetivos básicos, las estrategias, las reglas, la orientación de los recursos, etc. En verdad, la cosa es más complicada pues, para cada grupo, habría que definir un campo, una esfera y un peso especifico de participación. Mientras que los padres pueden llegar a tener el mismo peso que los maestros en materia de uso de los recursos financieros de la escuela, no pueden tener el mismo peso en otra esfera, como la que tiene que ver con ciertas cuestiones técnico-pedagógicas, por ejemplo, cuya resolución requiere de un conocimiento previo propio de los especialistas. Pero aquí no nos interesan estas sutilezas sino rescatar este segundo e importante significado de la participación, el que tiene que ver con el poder. Y el poder, por lo general no se lo distribuye, sino que más bien se lo conquista. En otros términos, el poder supone tensiones, luchas, conflictos y equilibrios inestables.
 
En América Latina existen varias experiencias que institucionalizan la participación de las familias en la formulación de las políticas y programas de los centros escolares. Las más relevantes se encuentran en Brasil. En efecto, durante la década de los años noventa, varios estados incorporaron a los padres de familia en los procesos de elección del director del establecimiento. Esta fue una manera de limitar la capacidad que tenían los políticos locales para nombrar a los directores. Los padres de familia también participan a través de sus representantes en los consejos escolares. Una experiencia que fue ampliamente reconocida en la región fue la que se desarrolló en el Estado de Minas Gerais (Brasil) a partir de 1991, pero existen experiencias análogas en otros contextos tanto en Brasil como en otros países de América Latina (Namo De Mello).


Autor
Emilio Tenti Fanfani
Profesor titular ordinario e investigador principal del conicet en la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad de Buenos Aires (Argentina). Consultor del del iipe-unesco, Sede Regional Buenos Aires.


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