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miércoles, 18 de marzo de 2020

La relación familia-escuela



Hoy la comunicación fluye y se diversifica y deberemos encontrar entre todos las formas más eficaces y menos invasivas para poder constituir realmente una comunidad escolar.

Las familias estándar de estas primeras décadas del siglo XXI otorgan a los hijos –normalmente pocos– una significación especial y atribuyen a los padres casi toda la responsabilidad de la socialización y del éxito escolar e incluso del futuro profesional y social de su descendencia. Asimismo, las relaciones intrafamiliares se han democratizado en gran manera, de forma que niños y jóvenes son, por encima de todo, sujetos de derechos, y suelen participar, en grados diversos, en las negociaciones y decisiones familiares. Por otra parte, el nivel instructivo de los padres jóvenes ha experimentado en España un incremento considerable, de manera que la distancia cultural entre los docentes (vistos en el pasado como depositarios de la cultura y muy poco expuestos a la colaboración y a la crítica) y los padres o tutores del alumnado se ha reducido significativamente. Si añadimos a ello que las redes sociales e Internet han favorecido formas de comunicación instantáneas, rápidas y horizontales, todo incide en un cambio que, en principio, propicia la relación, la implicación y la comunicación familia-escuela.


Hoy casi nadie pone en duda que las familias forman parte estructural de la escuela junto a los docentes y a los alumnos. Unos y otros comparten el objetivo de acompañar y servir al desarrollo integral de niños y jóvenes para que lleguen a ser personas adultas, competentes, autónomas y, a poder ser, felices. Aunque solo fuera por ese motivo, los niveles de confianza y de complicidad deberían ser altísimos entre ellos y seguro que, si así fuera, redundaría tanto en la eficacia de la intervención educativa –en casa y en la escuela– como en la evitación de malentendidos y disfunciones.

Esta relación da por supuesto que las familias no son unos ignorantes en materia educativa, ni necesitan ser tutorizadas por el profesorado. En principio, todos disponen de conocimientos, competencias e, incluso, de experiencias –propias o vicarias– para educar adecuadamente a sus hijos. Por tanto, lo que hagan padres y madres en sus casas con sus hijos en relación a su crecimiento y aprendizaje a la fuerza debería tener un impacto en su rendimiento escolar, como así lo corroboran la mayor parte de los estudios al respecto.

En este sentido, parece comprobado que la implicación de las familias en la socialización y la educación de sus hijos en el ámbito familiar es la que tiene unos efectos más relevantes, sobre todo la proyección permanente y sistemática de expectativas positivas en relación a sus capacidades, a la superación de las dificultades y a los propios resultados escolares. A este mismo nivel se situarían las actitudes de los padres en relación a las bondades de la escuela como institución y de los docentes en particular como profesionales que les quieren bien y que están permanentemente dispuestos a ayudarles. También son significativos los comportamientos más indirectos y sutiles de las familias como, por ejemplo, la preocupación por la creación de ambientes adecuados, el establecimiento de rutinas de juego, de descanso, de ocio, de trabajo o los diálogos compartidos no solo sobre la escuela, sino también sobre la actualidad o sobre la vida de los propios padres. Por descontado que el testimonio de los padres leyendo, dialogando con cierto rigor y exigencia, asistiendo a eventos culturales con sus hijos, viajando… son también factores que cuentan.

En cambio, parece ser que la relación directa de la familia con los deberes escolares, que puede adquirir múltiples fórmulas, tiene una influencia clara en su realización, pero mucho más difusa en los resultados escolares.

Igualmente, la implicación de padres y madres en actividades dentro del aula –solicitadas a menudo por los propios docentes– o la participación en las actividades de las asociaciones de madres y padres, o el formar parte del consejo escolar u otras formas de colaboración, tienen efectos más bien discretos en el rendimiento escolar de los hijos, aunque ello, sin duda, puede redundar tanto en el buen funcionamiento de la escuela como institución como en las relaciones familia-escuela en general.

En cualquier caso, queda mucho camino por recorrer en la comunicación entre familias y docentes. En primer lugar, porque dependen en gran manera de la voluntad, del sentido y de la amplitud que los docentes quieran dar a las formas convencionales de comunicación: las reuniones de grupo, tan habituales a comienzo de curso –y, a veces, tan rutinarias–, pero prácticamente inexistentes después; las entrevistas formales, que deberían poner de manifiesto que tanto familias como docentes tenemos un conocimiento profundo y distinto del alumno de que se trate y que todos podemos enriquecernos con las aportaciones de la otra parte para el bien estar y el bien hacer del niño o joven de que se trate. Y, en segundo lugar, porque –como decíamos al principio– hoy la comunicación fluye y se diversifica y deberemos encontrar entre todos las formas más eficaces y menos invasivas para poder constituir realmente una comunidad escolar.



Autor
Xavier Besalú es profesor de Pedagogía de la Universidad de Girona
Fuente

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jueves, 12 de junio de 2014

La escuela y la comunidad: una relación cambiante


En los siguientes párrafos, el autor hace una breve referencia histórica sobre los grandes cambios sociales al justificar las modificaciones de las exigencias sociales hacia la escuela. Desde su punto de vista explica la crisis de la relación entre las familias y la escuela.


Creo recordar que fue Octavio Paz quien dijo que la historia de España y América era la de un encuentro, un desencuentro y un reencuentro. La secuencia resulta particularmente sugestiva para la escuela, pues el símil entre la educación (de los individuos) y la civilización (de las sociedades) no es nuevo en modo alguno. El descubrimientode América por los españoles y la colonización europea del África subsahariana y de los mares del Sur alimentaron una idea de la evolución de la humanidad, de la barbarie a la civilización, que pronto se proyectaría sobre la escuela. El niño, decía por ejemplo Hegel, debe recorrer en su educación las sucesivas fases que ha seguido la humanidad en su proceso de civilización. La ontogénesis —el desarrollo del individuo—, diríamos hoy, debe seguir los pasos de la filogénesis —el desarrollo de la especie—. El Emilio de Rousseau no era sino una transposición del buen salvaje, conducido suavemente por su mentor hacia la madurez, es decir, hacia la civilización.

El periodo de expansión de la escolarización fue y todavía es un poco como la conquista de América. También se ha dicho del encuentro entre los dos mundos que fue más bien un encontronazo, y lo mismo cabría predicar de la escolarización: familias carentes de educación en vez de indios ajenos a la civilización, aldeas o barrios de absorción en vez de asentamientos, maestros en vez de misioneros, escuelas en vez de iglesias o misiones, la letra —que con sangre entra— en vez de la cruz —pero, generalmente, mezclada con ella—, la obligatoriedad escolar en el lugar del repartimiento y la encomienda… Las familias, por un lado, no podían resistirse a esa invasión, y, por otro, no veían por qué hacerlo, dado que, al fin y al cabo, también abría para sus hijos un mundo de oportunidades inéditas y prometedoras. En el mejor de los casos, la generalización de la escolaridad puso a la institución en contacto con un mar de familias deferentes, situadas y percibidas por ambas partes un escalón por debajo de aquélla en la escala de la cultura, de la civilización, de la modernidad, del progreso. Al mismo tiempo, sin embargo, la escuela presuponía a la familia, contaba con ella como base de apoyo, si bien el profesorado, en su ámbito de actuación, sustituía con plenos derechos a los padres (in loco parentis).

Todo eso ha cambiado de forma radical. La familia ya no está en el lugar asignado o, por lo menos, ya no es la misma familia, con las mismas posibilidades y funcionalidades que antaño desde el punto de vista de la escuela. Esto supone un desplazamiento de la familia a la escuela, en primer lugar, de las funciones de custodia, y, segundo, de la socialización en su forma más elemental. Por otra parte, la familia ya no acepta con facilidad una posición de subordinación deferente frente al profesorado, lo cual produce un tercer problema: el de quién controla a quién.


Extraído de
Educar es cosa de todos: escuela, familia y comunidad
Mariano Fernández Enguita
Universidad de Salamanca
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martes, 6 de agosto de 2013

Familia y Escuela


¿Quiénes deben hacerse cargo de la Educación de las nuevas generaciones? ¿Solamente la familia, con ayuda de la escuela? ¿O la sociedad es también responsable?  ¿Cuáles son las características de la familia actual? ¿Qué valores asume la sociedad? ¿Cómo se ve la relación entre familia y escuela?


Uno de los grandes desafíos actuales consiste en afrontar los temas de educación y formación sin responsabilizar únicamente de ello al sistema educativo. Ante una sociedad en cambio como la actual es necesario reflexionar sobre el nuevo cometido de las dos instituciones educativas tradicionales: la familia y la escuela. La educación necesita “el diálogo” entre ambas instituciones para buscar puntos de convergencia a la vez que delimitar competencias y buscar cauces de comunicación e interrelación. A lo largo de las presentes páginas recorremos las demandas mutuas de ambas instituciones con el fin de lograr metas conjuntas. Se impone buscar formas de relación entre la familia y la escuela, que permitan una comunicación fluida, una información bidireccional y una colaboración de los padres en el contexto educativo.

Los padres solos no pueden educar a sus hijos, porque no pueden protegerlos de otras influencias muy poderosas. Los docentes solos no pueden educar a sus alumnos, por la misma razón. La sociedad tampoco puede educar a sus ciudadanos, sin la ayuda de los padres y del sistema educativo. (...). Si queremos educar bien a nuestra infancia, es decir, educarla para la felicidad y la dignidad, es imprescindible una movilización educativa de la sociedad civil, que retome el espíritu del viejo proverbio africano: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera” (Marina).

Un entorno cambiante: familia y sociedad
La más elemental observación a los movimientos de nuestra época nos hace pensar que todo está sometido a un cambio total: “Nada hay, parece, que merezca ser mantenido y conservado” (Rodríguez Neira). Hasta el presente, se había vivido según una estrecha franja de alternativas y modalidades, en un esquema estable, reducido y limitado en cuanto a la familia, trabajo, ocio y uso del tiempo libre. “Había pocas decisiones que tomar: era un mundo de alternativas mutuamente excluyentes” (Naisbitt). En un período de tiempo relativamente breve, esta cierta uniformidad ha estallado en multitud de opciones y estilos de vida que afectan a todos los aspectos del comportamiento, extendiéndose la idea de una sociedad de opciones múltiples a otros aspectos de la vida.
Naisbitt advierte esta multiplicidad de opciones en aspectos como la familia, trabajo, ocio, religión e, incluso, en la diversidad de los alimentos que existen actualmente. Así, la familia hoy, puede estar constituida por un padre o una madre solteros con uno o más hijos, una pareja sin hijos, una mujer que trabaje y un marido que se encargue de la casa, etc.; las opciones del trabajo son variadas: horarios limitados, horarios flexibles, trabajo en casa, trabajo parcialmente en casa y parcialmente en la oficina,...; en el ocio, se encuentran múltiples opciones en la música, cines, teatros,...; en la religión, cientos de sectas y de comunidades diversas independientes y un creciente interés por las religiones orientales constatan este pluralismo; en la variedad de los alimentos, tés de miles de sabores, productos exóticos que han pasado de las tiendas de alimentos especiales a los supermercados, frutas y verduras diseñadas con nuevos sabores. Todo esto es un reflejo de una sociedad que rebosa diversidad, un momento lleno de desafíos, interrogantes y, también, de grandes oportunidades.

En el ámbito familiar, el cambio, hoy, ya es un hecho. La familia actual, con uno o dos hijos, tiene poco en común con los hogares que incluían a parientes de todas las generaciones. De igual modo, los cambios han afectado a las relaciones interpersonales, dando lugar a formas diferentes de organización en la convivencia.

En las últimas décadas, estamos asistiendo a lo que Flaquer ha denominado “segunda transición de la familia”, en fase inicial y balbuciente en las sociedades más avanzadas, por lo que su naturaleza, desarrollo futuro y destino es difícil de predecir. Podemos definir la familia postpatriarcal”, modelo de esta transición, por el papel emergente que en él desempeña el patriarca y cuyas potencialidades democráticas todavía están por explorar. El querer delimitar rasgos y características de la misma no resulta nada fácil, ya que no existe unanimidad de criterios respecto a qué rasgos definitorios pueden concretar la misma. Factores como los cambios ideológicos y legislativos, aspectos demográficos de la familia, cambios en el proceso de formación de la familia, la creciente incorporación de la mujer al trabajo, el divorcio, la reducción del tamaño de los hogares, la prolongación del período de estudios, etc., tendrían cabida dentro de lo que se podría considerar la familia postpatriarcal o postmoderna. Pero hay una serie de valores más específicos que afectan a ésta como consecuencia de los cambios y tendencias en los que se van moviendo las sociedades desarrolladas. Pasemos a describirlos.

A comienzos del tercer milenio, nos encontramos en el imperio de lo “light”: bebidas sin alcohol, café sin cafeína, carne sin grasa y, de igual modo, se habla de una ética “light”, indolora, una especie de moral donde no se imponen renuncias, ni sacrificios, ni deberes. Vivimos en una sociedad alérgica a todo tipo de compromisos, sacrificios y renuncias, pocas lealtades duraderas, una sociedad cargada de ofertas confortables y que no exijan sacrificio. Ante tal situación, parecen imponerse síntomas que evidencian un nuevo modelo de familia, la “familia light” (González Anleo), donde se puede observar la pérdida de unas funciones y compromisos y donde no hay renuncias, ni sacrificios, ni deberes.

Un signo distintivo de ésta segunda transición de la familia es el incremento del individualismo. Parece existir un cambio en las preferencias, orientado hacia una progresiva individualización. La necesidad de un amplio espacio para lo individual está en conflicto, por ejemplo, con tener hijos o, al menos, un cierto número de ellos, pues la convivencia en grupo, por reducida que sea, implica ciertas renuncias.
El refuerzo de la privacidad es otro de los aspectos que reflejan la importancia creciente de lo personal e individual. Lo privado, personal, íntimo, es el ámbito propio de la familia, de las relaciones de pareja y de las relaciones con los hijos. El proceso de privatización supuso la creación de un espacio doméstico privado, cerrado hacia el exterior y donde las relaciones internas van adquiriendo, cada vez, mayor densidad afectiva. La familia se constituye en “gestora de la intimidad”.

La importancia del presente, la urgencia de las gratificaciones inmediatas, domina la mentalidad actual. Estamos bajo el imperio de lo efímero como dice Lipovetsky, máximo exponente de la postmodernidad. El hombre postmoderno se encuentra sumergido en una red de sensaciones, estímulos e informaciones, sin que exista un eje capaz de estructurarlo. Vivir el presente, lo inmediato, inmerso en programas breves, en el estímulo de “vivir el instante”, sin que interesen grandes proyectos.

El estilo de vida moderno se ha vuelto imprevisible e impredecible. La necesidad de novedad, de conseguir nuevas sensaciones y sensibilidades, de innovar, ha conducido a una civilización distinta de las anteriores: en formas distintas de trabajar, de vivir y amar, donde “lo nuevo” es lo que realmente se demanda. Las modas se suceden rápidamente, viviendo a un ritmo trepidante. En una sociedad de ofertas casi infinitas, al menos en cuestiones materiales, son demasiados los objetos a comprar, los países a visitar, las actividades de tiempo libre entre las que se puede escoger. Las industrias producen artículos, objetos y complementos de escasa duración, que afectan a toda la realidad. Es la sociedad del “tírese después de usado”, según Toffler. Pañales, servilletas y pañuelos de papel, botellas, envases de cartón para la leche, ropa de papel o de materia similar, lentillas para un solo día, etc., productos creados para ser usados una sola vez o por breve tiempo, son, cada día, más numerosos y cruciales para nuestro estilo de vida. El consumo se convierte, así, en una fuente de tensión familiar que afecta tanto a jóvenes como adultos y ancianos. El modelo de consumo establece cambios incesantes en la ropa, la decoración, el “zapping” del televisor, cambio de imagen, de trabajo, de domicilio. “El consumo es velocidad, impaciencia y continua simulación de renacimiento” (Verdu).

Todos estos factores “externos” inciden directamente en la vida escolar y familiar y se constituyen en una de sus preocupaciones. Se ha originado una escala de valores radicalmente distinta y el sentido del tiempo y la seguridad acerca del futuro ha cambiado enormemente en la sociedad actual. Cabe citar un texto de Julián Marías, en el que sintetiza cuánto supone la tarea de comunicar al hijo, “función narrativa”, que han de ejercer los padres, lo que él denomina la adquisición del “espesor histórico”; es decir, la transmisión de valores que introduce al niño o niña en un mundo que es histórico. Aunque la cita sea larga, nos parece que merece la pena no omitir nada:

Cuando mi padre contaba recuerdos de niñez, cuando hablaba de su padre, de su abuelo, a quienes no he conocido, cuando hablaba de episodios de la segunda guerra carlista, me introducía en un mundo histórico [...]. Esta función produce en el hijo un espesor histórico que es lo contrario de la descapitalización que se está produciendo de una manera absolutamente aterradora en las sociedades actuales, en la que los jóvenes viven en un mundo que no tiene apenas espesor, que es puro actualismo. Y esto no solamente por la conversación, por el diálogo, por la presencia de los padres, sino por la ausencia, actualmente, de cosas materiales, de lo que me acuerdo que llamé en un artículo hace muchísimos años el fondo del arca. Aquellos viejos armarios de las casas antiguas, de donde empezaban a salir cosas olvidadas, de las cuales no se acordaba nadie, pero que, al irlas sacando, empezaban a evocar cosas del pasado de los padres, de los abuelos y constituían un mundo en el cual participaba el niño, adquiriendo espesor histórico”.

Cuando los padres cuentan cosas, consiguen inyectar en los hijos su propia realidad. Este aspecto puede estar perdiéndose en la actualidad, debido a la lejanía de los abuelos, en muchas ocasiones, o a la dejadez o rapidez en las vidas de las familias actuales. En las sociedades actuales, en las que se vive en un mundo que no tiene apenas espesor, sino puro actualismo, se puede perder esa transmisión de las pautas de comportamiento, de ordenación de la realidad, de preferencias entre generaciones, de que el nuevo ser quede vinculado a su familia. No hay posibilidad de identificación, si no hay presencia, contacto y encuentro entre padres e hijos.

Familia y escuela: demandas mutuas
En la actualidad, familia y escuela se hallan en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que no se deben al azar. Tradicionalmente a la familia y a la escuela se les ha asignado la función de ser transmisoras de los conocimientos que los individuos jóvenes necesitan para la vida futura, así como de la socialización en las normas y valores. Sin embargo, vivimos un período en el que las instituciones tradicionales se muestran poco capaces de transmitir con decidida solvencia valores y pautas de conducta. Son dos realidades que escasamente se influyen entre sí. Una paradoja parece darse entre la escuela y la familia: “en la mayor parte de los casos, la escuela no encuentra a la familia cuando la convoca, a la vez que la familia no siempre tiene un lugar en la escuela, cuando está convencida de que es imprescindible su participación en ella” (Ianni y Pérez).

Hoy en día se tiene la sensación de que ser padres es una tarea complicada, difícil, ya que no sirve la improvisación y se exigen destrezas específicas. No se puede educar como se hacía en el pasado, porque las situaciones son nuevas y los esquemas anteriores no valen. Los padres, con frecuencia, se encuentran desamparados antes situaciones nuevas que ellos no vivieron en sus familias. Cuestiones sobre: qué y cómo hacer con los niños y los adolescentes, cómo orientarles con relación a su profesión futura, cómo abordar los problemas que plantean, cómo controlar sus amistades, cómo inculcarles valores, etc., representan el contenido de lo que para los padres actuales constituye la educación y aparece lógicamente como una preocupación inmediata. Se advierte “cierta perplejidad” bastante extendida, un “no se por donde tirar”, en medio de una sociedad heterogénea en opciones, valores y estilos de vida. La tarea de ser padres precisa de una seria y permanente formación aunque, paradójicamente, sea el único “trabajo” para el que no se exige ningún tipo de aprendizajes previos.

Por su parte, la escuela también ha cambiado. De ocupar apenas un discreto lugar en la vida de las personas, ha pasado a absorber la niñez, la adolescencia y buena parte de la juventud. La escuela ha tenido que realizar muchos cambios en el ámbito de la organización, de currículum, programación, evaluación, etc. para, cumpliendo la ley, dar respuesta a una población muy heterogénea y diversa, así como a toda una serie de problemas y situaciones que se presentan en la actualidad. Pese a tener el mejor sistema educativo, a los profesores con una mayor preparación y unas dotaciones financieras y materiales impensables hasta hace muy poco tiempo, prevalece un sentimiento de crisis e, incluso, un generalizado desconcierto entre los profesores y los padres/madres de los alumnos. Así, algunos de los problemas que están emergiendo de una forma significativa en todos los centros de secundaria y, también, en los de primaria, hacen referencia a los problemas de conducta, de inadaptación escolar y social, de disciplina y violencia escolar, de tolerancia y discriminación entre iguales, de consumo de drogas y conductas antisociales, de absentismo, etc.

Debemos partir de la aceptación insalvable de que escuela y familia son insustituibles en educación. La labor educativa sería más fácil y, a la vez, más eficaz, si ambos mundos encontrasen caminos de interacción. Es inviable su separación, tienen la necesidad de coordinarse y deben lograr metas conjuntas: el principio de “responsabilidad compartida de la educación”. “(....) la escuela sola y sin la colaboración de las familias obtendrá pobres resultados en comparación con los que pueden lograr si ambas instituciones actúan conjuntamente; la familia sola, sin actuar coordinadamente con la escuela también estará limitada en sus resultados, además de provocar contradicciones en los procesos formativos de los niños y adolescentes” (Vázquez, Sarramona y Vera).



Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo


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sábado, 6 de julio de 2013

Relación Familia Escuela y Sociedad



La tarea educativa es compartida, no sólo le corresponde a la escuela y la familia, sino que debe ser asumida por la sociedad en su conjunto ¿Cómo debe funcionar el centro escolar?  ¿Qué significa “Comunidad Educativa”? ¿Cómo debe ser la vida en el? ¿Qué estrategias emplear?


La escuela necesita a la familia y ésta necesita a aquella, para poder llevar adelante las funciones y tareas que el momento presente exige. Esta implicación incluirá la corresponsabilidad en el logro de las metas educativas y la colaboración en los procesos instructivos escolares de los tres ámbitos básicos que conforman el proceso educativo: el ámbito familiar, el ámbito escolar y el ámbito social.

El ideal es que el centro escolar, en general, se convierta en una comunidad educativa (fuerte relación personal, unión de esfuerzos, compromiso ante los valores, sentido de solidaridad, prestación de apoyos, gestión conjunta,...), creando la atmósfera necesaria para que pueda darse la convivencia dentro de una democracia participativa. Hacer tanto de la escuela como del hogar espacios imprescindibles. Cada uno tiene un papel que desempeñar pero desde un horizonte común y coherente en la formación de las nuevas generaciones. La educación necesita el diálogo entre estas instituciones que deben buscar puntos de convergencia. Es preciso establecer nuevos esquemas de colaboración basados en el respeto mutuo, orientando la colaboración hacia la búsqueda conjunta de soluciones para afrontar mejor un problema compartido: adaptar la educación a las exigencias de una sociedad en la que las dos principales instituciones educativas, caracterizadas por su aislamiento, ya no están ni pueden estar aisladas. Este hecho es lo bastante importante como para dar pistas sobre las que poder elaborar “un nuevo pacto educativo”.

El objetivo de la participación de los miembros de la comunidad educativa en la vida del centro es procurar la mejora de las condiciones del centro para hacer posible el desarrollo del alumno, su aprendizaje y su preparación para el desenvolvimiento y adaptación a la vida adulta. Debería significar que todos los comprometidos en la crianza y educación de los niños y niñas reúnan sus esfuerzos en un objetivo común, respetando cada uno el espacio de los demás, sus respectivas responsabilidades y competencias técnico-profesionales. Algunas estrategias o propuesta que consideramos básicas en la mejora de este proceso son las siguientes:

— Crear un ambiente de conocimiento, aprecio y confianza mutua.
— Analizar las nuevas funciones o competencias que cada agente debe asumir, así como acuerdos y aportaciones mutuas sobre los roles a desempeñar.
— Fomentar la formación para la participación (seminarios conjuntos de familias y profesorado para los temas de participación). El aprendizaje del valor de la participación, valor fundamental en la sociedad actual, debe ser fomentado en el aula y en el centro escolar.
 — Promover mecanismos de información entre la comunidad educativa (publicación de boletines y revistas de información básica del funcionamiento del centro, murales, etc.).
— Incorporar en los Proyectos Educativos de Centro los recursos que ofrece el entorno y aprovecharlos para llevar a cabo sus objetivos educativos.
— Trabajar de manera cooperativa, deseo de trabajar juntos, así como comunicación y toma de decisiones por consenso.
— Promover la creación de escuelas de padres y madres y la participación en programas de orientación educativa para la vida familiar para dar respuesta a las necesidades de formación que sienten muchos de ellos. Es una oportunidad de acercamiento de los padres al centro, de interacción con el profesorado y, en ocasiones, el propio hijo en un marco que no es habitual. Al mismo tiempo, el profesorado, puede llegar a conocer mejor a los padres, a compartir más información y comprender con mayor alcance las diversas circunstancias familiares del alumnado.
— Fomentar la relación entre familias y educadores para compartir la responsabilidad en la educación del alumnado (tutorías, mejorara técnicas de comunicación, etc.).
— Realizar proyectos conjuntos entre los diversos sectores que conforman la comunidad educativa (asociaciones, entidades, etc.).

La intención de esta reflexión ha sido dejar manifiesto el papel imprescindible de la educación en la sociedad actual y la responsabilidad de quienes desempeñan funciones de paternidad, tutelares y docentes.


Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo

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sábado, 15 de septiembre de 2012

Dos cuentos para que familias y profesorado reflexionen en los comienzos de un trabajo conjunto

Es imprescindible la participación de la familia en la Escuela, pero ¡Es difícil! Buscar consensos, aunar posiciones no es tarea sencilla, más de una vez parece algo inalcanzable, pero el premio es importante. Los siguientes cuentos nos ayudan a reflexionar.

Las cuatro ranas
Cuatro ranas se han montado sobre un madero que navega arrastrado por las aguas del río. Es una experiencia nueva para ellas y cada una la interpreta a su manera.
La primera rana dice:
-¡Qué madero tan maravilloso! Es un madero mágico que se mueve por fuerza propia como nunca habíamos visto. Parece tener vida.
La segunda rana la corrige:
-Te equivocas. El madero no tiene vida ni se mueve. Es como cualquier otro madero inerte. Lo que se mueve son las aguas del río que van hacia el mar y arrastran el madero.
La tercera rana corrige a las dos primeras:
-Ni se mueve el madero, ni se mueve el río. Lo único que se mueve es nuestro pensamiento. El movimiento está sólo en la mente. Lo demás es pura ilusión. Esta es la verdad.
La cuarta rana escucha callada la discusión de las otras tres que se enzarzan en argumentos y, de repente, grita:
-¡Cuidado! Oigo el ruido de una catarata por donde vamos a precipitarnos si no escapamos antes.
Las tres ranas están tan empecinadas en tener cada una de ellas la razón, que no escuchan lo que se les advierte.
Sin pensárselo dos veces, la cuarta rana deja de un salto el madero y alcanza la orilla, salvándose. En cambio las otras tres, y el madero, caen por la catarata, mientras el ruido de las aguas, ahoga las palabras de la discusión.
Adaptado de Carlos G. Vallés Jaume Soler y M.Mercè Conangla Aplícate el cuento

 ALGUNAS REFLEXIONES

• No empecinarnos cada uno en llevar la razón.
• No derivar en discusiones banales que se alejan de los verdaderos problemas.
• Atender las principales dificultades.
• Escuchar al que plantea necesidades urgentes.
• Dar un tiempo a la palabra y al intercambio de opiniones y pasar enseguida a la acción.

El poder de la palabra
Un sultán soñó que había perdido todos sus dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.
-¡Qué desgracia mi Señor! –dijo el sabio-. Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
-¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Castigadle! –gritó el Sultán enfurecido.
Más tarde el sultán consultó a otro sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención le dijo:
-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes.
El semblante del Sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que dieran cien monedas de oro al sabio. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo por qué al primero se le pagó con un castigo y a ti con cien monedas de oro.
El segundo sabio respondió:
-Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.
Jaume Soler y M.Mercè Conangla
Aplícate el cuento


ALGUNAS REFLEXIONES
• Decir la verdad, lo que se piensa, pero sin herir a nadie.
• Las formas, el envoltorio del mensaje en la comunicación, es importante para que el otro acepte lo que se le dice.
• La buena comunicación es importante para emprender acciones conjuntas.

Extraído de
EL ÉXITO ESCOLAR
¿Cómo pueden contribuir las familias del alumnado?
Santiago Ramírez Fernández
Antonio García Guzmán
Christian Alexis Sánchez Núñez
Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos

 



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viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Qué podemos hacer entonces para iniciar unas buenas relaciones y una colaboración eficaz que ayude a conseguir el éxito escolar del alumnado?

La tarea de ingresar al camino que conduce a la Calidad Educativaes de todos, pero es diferenciada según su rol ¿Qué papel pueden cumplir los padres de familia? ¿Cómo mejorar la alianza familia escuela?

Deberíamos empezar por analizar, ambas partes, cuáles de estas cuestiones que hemos señalado u otras están generando un distanciamiento entre las familias y el profesorado y, a partir de ahí, buscar y promover iniciativas que vayan superando estas condiciones negativas en las que hoy nos movemos. Hacemos algunas sugerencias para ello.

¿Qué podemos hacer para entablar buenas relaciones?
› Los centros deberían brindar nuevas y variadas oportunidades de comunicación a las familias y no reducir la misma a proporcionar información a los padres y madres.


› Aprovechar los nuevos canales de comunicación que nos ofrecen las nuevas tecnologías (correos electrónicos, blogs, páginas web, mensajería instantánea, redes sociales, etc.) para intercambiar información y recibir orientaciones y sugerencias.

› Cuidar las formas a la hora de decir las cosas para no ofender ni herir a nadie.

› Reinventar las estructuras de participación haciéndolas mucho menos formales y más operativas, que respondan a necesidades y problemáticas concretas del centro (comisión sobre absentismo escolar, comisión para la mejora del edificio del centro y de sus recursos, comisión de convivencia, etc.)


› Empezar por reconocer y asumir el grado de responsabilidad que la familia tiene en la educación de los hijos y no sobrecargar a la escuela con trabajo que es competencia de los padres y madres.


› Promover la formación de padres y profesorado con el objetivo de mejorar la capacidad de trabajo colaborativo de ambos y mejorar la intervención de las familias en los aprendizajes de sus hijos.


› Partir del respeto mutuo y de las condiciones, conocimientos y experiencias de partida de los padres y desde ahí procurar la participación activa en la escuela.


› Es muy importante que las actitudes con que iniciemos este encuentro sean de escucha, de respeto, de colaboración, sin exigencias, sin culpabilizar al otro, asumiendo compromisos, etc.


Es precisamente en el terreno de las actitudes, algo primordial en el establecimiento de buenas relaciones para la colaboración, en el que queremos hacer una propuesta concreta. Se trata de dos cuentos que podrían compartir familias y profesorado, y que en una sesión inicial conjunta podrían comentar y extraer conclusiones al estilo de las que señalamos al final de dichos cuentos.

Extraído de
EL ÉXITO ESCOLAR
¿Cómo pueden contribuir las familias del alumnado?
Santiago Ramírez Fernández
Antonio García Guzmán
Christian Alexis Sánchez Núñez
Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos

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La calidad requiere liderazgo
El aprendizaje cooperativo
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martes, 3 de enero de 2012

Una mala relación madre-hijo predice el mal comportamiento en la escuela

Un comportamiento conflictivo en la escuela puede tener muchos significados, es importante conocer algo más sobre ellos. El presente artículo hace un aporte al respecto.




Una mala relación entre madre e hijo en la temprana infancia induce un comportamiento cíclico por el cual el niño se vuelve cada vez más agresivo, empeorando el conflicto. Según un reciente estudio, los niños de preescolar que son agresivos y desafiantes a menudo son víctimas de este problema.

Los investigadores estudiaron a más de 260 madres y sus hijos, desde el nacimiento hasta primer grado. Evaluaron el temperamento de los niños y el modo en que sus madres los trataban entre la primera semana de vida y el sexto mes, basándose en observaciones y reportes de los padres. Cuando los niños tuvieron 2 años y medio y tres años los investigadores observaron a las madres y mientras los niños  ejecutaban tareas desafiantes que demandaban asistencia materna. Finalmente, cuando los niños llegaron al jardín de infantes y primer grado, pidieron a las madres y a las maestras que evaluaran los problemas de comportamiento de los niños.

"Antes del estudio pensábamos que debía ser una combinación de mal carácter infantil y mala relación parental lo que ponía al par niño-padre en riesgo de conflicto en el período infantil, y que luego ponía al niño en riesgo de mal comportamiento en la escuela", comentó Michael F. Lorber, científico investigador en la Universidad de Nueva York (EEUU) y autor principal del trabajo. "Sin embargo, nuestros hallazgos sugieren que lo que más importa es la "paternidad negativa" en la temprana infancia. La "paternidad negativa" ocurre cuando los padres expresan emociones negativas hacia sus hijos, los tratan bruscamente, etcétera.

Los investigadores encontraron que el conflicto entre madres e infantes sirve para predecir los problemas de conducta posteriores, y no sólo el nivel del conflicto, sino un conflicto que empeora con el tiempo, en un patrón cíclico, ya que cuando las madres tratan mal a sus niños, ellos muestran altos niveles de ira, lo que a su vez provoca más hostilidad en las madres.

"Los resultados de nuestro trabajo van más allá de lo descriptivo, y explican los procesos subyacentes que asocian el modo en que las madres tratan a sus hijos en la temprana infancia, y los problemas que los niños tienen en los primeros grados de la escuela primaria", agrega Lorber.

El estudio fue financiado por el Instituto Nacional de Salud de los EEUU, y se llevó a cabo en la Universidad de Minnesota. Aparece publicado en el periódico "Child Development".


Fuente: Eurekalert                                                                                                              
Extraído de Contexto Educativo
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lunes, 13 de diciembre de 2010

La alabanza y la crítica en la relación padre/hijo

Introducción
Las alabanzas y las críticas son juicios de valor que emitimos hacia alguien (en este caso hacia los hijos) que hay que saber comunicar, transmitir y usar en los momentos adecuados. Esta realidad mejorará la labor de los padres y su relación con los hijos.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a emitir constantemente juicios de valor y comentarios sobre hechos y acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, en nuestro entorno más inmediato, de nuestros hijos, de la familia. Estos comentarios los emitimos, en ocasiones (por no decir en la mayoría de ellas) alegremente sin pensar en las repercusiones que puedan tener.


Este es el caso de las alabanzas y las críticas hacia nuestros hijos. Se tratan de juicios, unas veces positivos y otras negativos; unos días pueden parecernos imprescindibles (las necesitamos, las necesitan nuestros hijos) y otros días, incluso perjudicar porque se sabe que no son merecidas.


Tememos ser juzgados

Al principio, el niño necesita los juicios constantes de los padres para controlar su conducta y aprender a comportarse porque decimos que posee una moral heterónoma, es decir, depende de los mayores, de otros para comportarse y aprender. Con el tiempo, ya cerca de la adolescencia y en plena etapa adolescente, el chico y la chica se vuelven seres con autonomía moral, queremos decir con ello que son capaces de crear sus propias normas, valores, actitudes y conductas y no son tan dependientes de los mayores. Es esta fase y a partir de ella cuando el individuo teme más los juicios que los otros emiten sobre sus actos, tanto buenos como malos.


Este comportamiento de rechazo hacia los juicios de los otros se explica sobre todo en los adolescentes porque disponen claramente de dos vidas, una exterior que es la que se aprecia, se percibe por todos los que le rodean a diario, lo que dicen, hacen... La otra, está determinada por su vida interior, sus intenciones, motivaciones, deseos y sentimientos más íntimos que suponen un torbellino de ideas que hacen al individuo más aislado.


Es este el motivo por el que nos preocupa que los demás nos juzguen. Creemos que nosotros somos los que mejor nos conocemos y nos violenta pensar que los demás nos juzguen por lo que parece que somos, no por lo que realmente somos.


Pero esta realidad la tienen que vivir, en cierta medida, los niños y adolescentes, porque precisan ser guiados, reconducidos en su conducta, y esto lo llevan a cabo los padres por medio de juicios que exteriorizan en alabanzas y críticas.


Relación ante las alabanzas y las críticas

La reacción que los hijos presentan ante las alabanzas y críticas es difícil de predecir. A veces reaccionan a las alabanzas diciendo que son inmerecidas. Cuando hay baja autoestima, los hijos intentan evitar la crítica o el castigo. Algunos siempre desean más alabanzas, nunca tienen suficiente. Por otro lado, mientras que unos no reaccionan a la crítica, otros se derrumban a la mínima.


Es siempre difícil predecir cuál será su reacción ante un juicio. Como norma general, es mejor limitar tanto las críticas como las alabanzas para que tengan más significado cuando realmente sean necesarias. Por otro lado vamos a conseguir más efectividad. Una pauta interesante a seguir es decir a alguien algo agradable de vez en cuando, especialmente si quien recibe el halago no se lo espera.


Los adultos suelen ser críticos

Normalmente los padres esperan que los hijos hagan las cosas tal y como a ellos les gustaría. Como eso no es posible y, normalmente no se da el caso, terminan recurriendo a la crítica sobre todo cuando las cosas no se hacen o se dejan a medio hacer.


En estas situaciones es difícil no ser crítico y la verdad es que no se puede evitar. Lo que sí debemos vigilar y cuidar es criticar menos y si lo vamos a hacer, que sea en el momento adecuado. Se trata pues de ser menos crítico, de que los padres no sean constantes jueces de la actitud y comportamiento de los hijos. Si esto ocurre estamos negando la libertad de autocrítica de cada individuo y estamos influyendo negativamente en el desarrollo de su propia autonomía moral.


Si alguien recibe constantemente los mismos mensajes o los recibe de la misma forma (a voces, de malas maneras...), termina por no hacer caso a los mensajes que pretenden conseguir el efecto contrario, es decir, que el individuo modifique su actitud y conducta ante un hecho como puede ser el rendimiento escolar, mantener el orden de la habitación...


Y si los hijos no suelen hacer caso de la mayoría de las cosas que de forma reiterada dicen los padres, en cierta forma es bueno, porque también los adultos se deben parar a pensar el contenido de los mensajes que dirigen a los hijos, muchos de ellos cargados de negativismo, sin validez moral,... en una palabra, no se piensa bien lo que se dice a los hijos. Y no solo no suelen hacer caso de los mensajes de los padres, sino que además, y por suerte, suelen olvidar los comentarios que más pueden herir.


Las mejores metas se alcanzan cuando los hijos son capaces de llegar a sus propias conclusiones sin depender tanto de los adultos. Pero, ¿y si este momento no llega?, ¿tendrán paciencia los padres? Realmente, es una situación muy delicada porque la experiencia no demuestra que no esperamos lo suficiente y los adultos terminamos criticando otra vez. Esta situación casi no se puede evitar, podríamos decir que va implícita a la propia situación de la relación entre padres e hijos.


La fórmula la podemos encontrar cuando se dicen cosas agradables, de la forma adecuada, en el momento justo. Los hijos sabrán perdonar a los padres aunque éstos les juzguen demasiado a menudo. La alternativa a ser un constante crítico es decir cosas agradables de vez en cuando, sobre todo cuando los hijos no se lo esperan. Para ello, es preciso disponer de algo muy elemental y que por desgracia en el mundo actual no encontramos con facilidad, y son los momentos para hablar que deben tener las dos partes y que, seamos claros, los hay, por muy atareados que nos encontremos todos, incluidos los hijos.


La autoestima no se aumenta con las alabanzas

La alabanza no aumenta automáticamente la autoestima del individuo. Sí es verdad que la alabanza refuerza una autoestima ya existente o una experiencia con efecto positivo en la autoestima.


Además de alabar o elogiar hay que decir la verdad y los hijos aprenden a diferenciar cuándo un mensaje es verdadero o no. El valor de la alabanza y la credibilidad de la persona que emite el juicio disminuyen automáticamente cuando dicha alabanza no se merece.


Se sabe cuándo un niño posee una autoestima baja porque su comportamiento busca constantemente las alabanzas que refuercen sus virtudes ya que él no es capaz de hacerlo porque presta más atención a sus faltas o defectos. Este es el motivo por el que estos niños dependen de mensajes externos, de quien les rodea. Debemos conseguir que confíen más en ellos mismos, en sus propios sentimientos de satisfacción cuando logran algún éxito. Si realmente un niño busca la aprobación de los demás, de los padres, es bueno dársela pero sin exagerar como por desgracia se suele hacer, pensando que cuanto más enfaticemos nuestra aprobación, más feliz haremos al niño y eso en realidad, es engañarle.


Una estrategia a seguir muy frecuente y no difícil de poner en práctica es cuando un niño se acerca y nos pregunta si nos gusta el dibujo que ha hecho o si le ha quedado bien lo que ha pintado... En esta situación, debemos devolverle la pregunta y pedirle que nos diga su opinión sobre su actividad, si le gusta o no a él, cómo la ve. En caso de que su comentario o su percepción sea negativa habrá que preguntarle por qué, que razone y conseguir una explicación lo más racional y justa.


Antes hemos dicho que las alabanzas sirven para reforzar la satisfacción del niño sobre lo que ha hecho. Son más efectivas si van dirigidas a un niño que se siente bien y no cuando se siente mal. Por otro lado ya hemos dicho que no hay que hacer que el niño dependa demasiado de las alabanzas.


Si nos encontramos un niño demasiado crítico consigo mismo, hay que ayudarle a comprender por qué se produce esta situación. La respuesta la podemos encontrar en algo que se suele dar y es que sus expectativas y metas son demasiado altas y por tanto alejadas de la realidad (incluidas las expectativas de los padres) Los hijos deben aprender que es bueno ser autocrítico (sin exagerar) para mejorar el nivel de rendimiento.


Si la idea del hijo coincide con los comentarios que los padres hacen de él, se consigue que el hijo confíe más en el criterio del adulto, siempre y cuando el adulto haya sido sincero y se base en la realidad. Como conclusión podemos afirmar que los buenos padres (que también hacen juicios negativos) gozan de mucha credibilidad, no abusan de las alabanzas o las críticas y han aprendido a coincidir con los sentimientos de sus hijos.


Cuándo son más efectivas las alabanzas y las críticas

Si las utilizamos cuando el hijo las espera, conseguimos hacer lo que demos hacer como buenos padres. Cuando se desempeña el papel que el hijo espera conseguimos seguridad en éste último. Esta situación se puede dar cuando el hijo espera la aprobación de los padres ante un buen resultado escolar. En este caso hay que elogiar, pero no olvidemos que lo que más vale es la idea y la opinión que el propio chico tiene de su éxito. Al contrario tenemos una situación parecida cuando un niño sabe que ha hecho algo mal y no puede evitar que los adultos lo descubran; ahora el elogio pierde valor porque el juicio negativo ya se ha producido con antelación en la mente del niño.


Una actitud positiva no es lo mismo que una alabanza

Cuando decimos algo agradable a un niño no tiene por qué ser un juicio y por tanto no es una alabanza. Podemos comentar a los hijos algo bueno que ha ocurrido sin necesidad de que ellos hayan intervenido y sean los protagonistas. Se trata de compartir con los chicos los momentos buenos y manifestar, exteriorizar, las buenas sensaciones que un hecho (que directamente puede no tener nada que ver con ellos) puede suponer para los adultos.


Podemos decir cosas agradables sobre una característica personal favorable del niño y así se demuestra que uno no siempre tiene que hacer algo para merecer elogios. Sobre algo agradable que haya hecho el niño. Sobre algo bueno de uno mismo para mostrar que la autoestima positiva es buena; con esto estamos transmitiendo que es posible sentirse bien con uno mismo sin buscar la aprobación de los demás. Sobre otras personas para demostrar que es positivo tener buenos sentimientos hacia ellas y es una forma de demostrar cómo hay que valorar a los demás. Sobre cualquier hecho, acontecimiento y mostrar así que uno se siente bien por algo (un nuevo día, un fin de semana, la comida de cada día, etc.) Sobre un árbol, una puesta de sol, un paisaje para demostrar que es bueno obtener satisfacción de las experiencias cotidianas.


En definitiva, decir cosas agradables demuestra que se tiene una actitud positiva, muy necesaria para todos y más en las relaciones entre padres e hijos.


Hay que destacar las virtudes

Muchos no son capaces de tener una autoestima alta porque no son capaces de identificar sus puntos fuertes. Esto es debido a que nos fijamos en demasía en nuestros defectos y menos en las virtudes y esta actitud la reflejan los adultos con sus hijos.


En realidad, todos tenemos más virtudes de las que creemos. Si por virtud entendemos una cualidad que destaca por encima de lo habitual, es importante subrayar las virtudes de los hijos por encima de los defectos.


Debemos saber que un niño puede tener virtudes aunque cometa muchos errores. Si esto es así será más fácil definir a un niño cuando estamos hablando con otro adulto. Digo esto porque en el entorno escolar (por ejemplo), los padres pecan demasiado de aspectos negativos cuando tienen que hablar de las características de sus hijos a los maestros.


Ejemplos de virtudes que pueden destacarse en los niños en situaciones concretas son: la lealtad del niño cuando ha mentido para defender a un amigo; el valor del niño que por primera vez va al colegio aunque tenga miedo; la persistencia que demuestra un niño al subir a un árbol aunque se rompa los pantalones; la integridad que demuestra un niño cuando es falsamente acusado pese a contestar con descaro a un adulto...


Es difícil ver una virtud en un acto que también podría exigir un castigo. Cuando se comprende a los niños, aunque se les critique o castigue, el acontecimiento será recordado durante mucho tiempo.


Fuente

Escuela de Padres

MEC

Ministerio de Educación de España

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Familia y escuela dos mundos que no deben separarse

El especialista plantea, desde diferentes aspectos, la "mala" relación que existe hoy entre el hogar y el sistema formal educativo. Aporta ideas para mejorar la interrelación que, en definitiva, va a repercutir en mejor rendimiento de los chicos a la hora de formarse.

Autor

Alejandro Castro Santander


La educación formal continúa ocupando cierta actualidad, pero no debido a la alta y trascendente función que la escuela debe ejercer en el desarrollo de la persona y en el progreso global de las sociedades, sino por los aspectos menos satisfactorios de la misma: desmotivación de los docentes y los alumnos, enfrentamiento entre padres y docentes, convivencia violenta en las aulas, fracaso escolar, etcétera. A la familia de la nueva modernidad no le va mejor. No podemos olvidar que existe una coherencia y una correlación entre la familia, la escuela y el tipo de educación que se imparte.
Los estudiantes viven en una determinada sociedad, y si ambas instituciones trabajaran juntas, el resultado de esta sociedad formadora sería niños y jóvenes desarrollándose e integrándose en ella. Pero no siempre es sencillo llevar a la práctica esta unión, ya que las relaciones son por lo general de recelo y reproche. Frecuentemente, la escuela se queja de que las familias delegan excesivamente en ella aspectos formativos que le son propios, mientras que muchos padres se sienten exigidos por la escuela acerca de lo que deben hacer con sus hijos, ignorándose su realidad y puntos de vista.otras "escuelas". En la actualidad, el binomio familia-escuela se va debilitando en su tarea formativa, y es indudable que no son los únicos contextos de aprendizaje de los niños y adolescentes, ni los docentes los únicos agentes. Su tarea, en no pocas oportunidades, se ve alterada por otros espacios de educación no formal, constituidos por la prensa, la televisión, internet, la telefonía, los videojuegos, el cine, consumos culturales que con su potente influencia logran en numerosas ocasiones obstaculizar cualquier intención formativa.¿con quiénes compite la escuela? ¿qué otras cosas están aprendiendo los chicos? Finalizando el 2007 se conocieron más datos sobre el ya indiscutible crecimiento de internet, a través de los resultados del estudio Generaciones Interactivas en Latinoamérica, la mayor investigación sobre el uso de las TIC en niños y adolescentes que se ha hecho hasta la fecha y la primera que integra las distintas tecnologías disponibles para ellos: telefonía celular, internet, videojuegos y televisión. El estudio, impulsado por Telefónica y desarrollado por la Universidad de Navarra y EducaRed, encuestó a 21.774 escolares de entre 6 y 18 años pertenecientes a 160 escuelas de Argentina, Guatemala, Colombia, México, Brasil, Chile, Perú y Venezuela. Estos escolares latinoamericanos entrevistados poseían en 95,8%, al menos, una computadora, y 82,9% utilizaba internet en casa y, a pesar del reinado de la televisión (por tiempo dedicado y por número de televisores en los hogares), eligieron en primer lugar navegar en la red.
Al ocupar internet la preferencia de niños y adolescentes, ya no es sólo la televisión la que merece la supervisión responsable de los adultos. La Secretaría de Medios de la Nación reveló sobre el uso que los argentinos hacen de internet -a través de una muestra de 3.020 casos de todas las regiones realizada en diciembre del 2007- que, si bien 52,8% de los encuestados había navegado por internet, al desagregarse los datos se observa un corte muy claro por edad: sólo 24,2% de los mayores de 50 años sabe lo que es un navegador, mientras que 84,3% de los chicos de entre 12 y 17 años expresa haber accedido a la red.

Los adolescentes serían los consumidores más frecuentes de internet, y la utilizan generalmente para el chateo, la mensajería electrónica, los juegos en línea, blogs, fotologs y la navegación en páginas pornográficas, entre otras visitas. Pero, "en Argentina, 83% de los niños de entre 7 y 14 años accede a internet sin el control de sus padres", según el estudio exploratorio sobre el Control de menores en el uso de internet, Prince & Cooke 2006.¿qué tal hoy la motivación para el estudio? Ante la ausencia de articulación entre familia, escuela y medios de comunicación, asumir aisladamente la tarea educativa sólo puede ser origen de tensiones y desmoralización. De ahí la necesidad de actuar en estos contextos y con otros agentes educativos, para no hacer recaer en la escuela responsabilidades que también están fuera.


El ámbito afectivo de la familia es el nivel privilegiado para la primera socialización (criterios, actitudes y valores, claridad y constancia en las normas, autocontrol, sentido de responsabilidad, motivación por el estudio, trabajo y esfuerzo personal, equilibrio emocional, desarrollo social, creciente autonomía, etcétera). Así, en los primeros años, la familia es un vehículo mediador en la relación del niño con el entorno, jugando un papel clave, que incidirá en el desarrollo personal y social. Pero esta institución integradora está hoy puesta en cuestión.
Si antes estaban más claras las responsabilidades, hoy la escuela está acumulando funciones que antes desempeñaba "acompañando" a la familia. Se siente obligada a asumir la formación también en aspectos de la socialización primaria, para los que la familia debería ser la incuestionable experta. Si no hiciera esto, sería casi imposible desarrollar el proceso educativo con éxito.


Después de varias décadas incentivando la participación de las familias en el sistema educativo, estas empiezan a considerarse "clientes" de los servicios educativos, a los que se les demandan mayores funciones.


En lugar de ciudadanos activos, que junto a los docentes contribuyen a dar forma a la escuela que quieren para sus hijos, muchos padres y madres se consideran clientes que envían a sus hijos para que consuman educación, y se limitan a exigir a los propios docentes cuando no se amolda a la "calidad" prometida.familia, escuela y comunidad. Las escuelas, especialmente aquellas que están en contextos de desventaja, no pueden trabajar bien aisladas de las familias y de las comunidades respectivas. Es una evidencia que, cuando las escuelas trabajan en conjunto con las familias para apoyar el aprendizaje de los alumnos, estos suelen tener éxito. De ahí el requerimiento continuo de formar redes de colaboración que involucren a los padres en las tareas educativas.


Si bien la literatura está repleta de experiencias que describen programas de implicación de las familias, el problema es la escasa posibilidad de transferirlos a otros contextos.
Hay inicialmente un conjunto de obstáculos y barreras, más perceptivos que objetivos, que impiden la colaboración y el trabajo conjunto: los docentes no siempre fomentan la participación de las familias, en parte debido a la desconfianza sobre lo que pueden aportar a la mejora de la educación. Por su parte, los padres no siempre participan cuando son invitados, debido al desconocimiento e inseguridad sobre lo que ellos pueden hacer, o simplemente por "falta de tiempo".


Los resultados de los alumnos son mucho más efectivos si se ven acompañados y apoyados por las respectivas familias. A los chicos les va bien, los docentes están satisfechos, la comunidad educativa crece en reputación y mejora la comunidad adyacente.
Podemos identificar dos tipos de discursos, uno dominante y otro emergente, en la teoría y práctica de la relación entre escuela-familia-comunidad:
• "Socios para mejorar": es el discurso de provisión de servicios, constituido por una perspectiva de déficit de la comunidad, necesitada de un conjunto de servicios complementarios, donde las escuelas se convierten en centros de recursos para las respectivas comunidades (alumnos, padres, vecinos)
• "Nueva ciudadanía": un discurso más emergente de desarrollo de la comunidad, que apuesta por una relación más inclusiva, donde todos los miembros de la comunidad son considerados como agentes de cambio, y la unión de las escuelas con la comunidad pretende el desarrollo de de esto.
Mientras en el primero se trata de proporcionar apoyo a los niños y sus familias para que tengan una comunidad más viable social y económicamente, en el segundo la escuela no es la unidad de integración de servicios sino que forma parte de una red de otros servicios de la comunidad, y los individuos no se consideran clientes de los mismos sino agentes del desarrollo comunitario.efectos de la sociedad familia-escuela. Existe una fuerte relación entre el apoyo familiar y el comportamiento de los estudiantes, el rendimiento académico, y el sentimiento de seguridad en sí mismo. Algunos datos:
- El 23% de los logros escolares pueden relacionarse con el apoyo familiar.
- Los dos factores fundamentales que influyen en los logros académicos de los niños y niñas son el nivel educativo de los padres y madres, y la calidad del trabajo cooperativo entre familia y escuela.
- Los niños que no se sienten apoyados por sus padres y madres en las materias escolares triplicarán los riesgos de padecer enfermedades relacionadas con el estrés (dolor de cabeza, estómago, musculares, y problemas de crecimiento).
Percibir apoyo social y académico de los padres y madres influirá sobre los sentimientos de pertenencia a la institución, el interés por las materias escolares, logros escolares, y la motivación para construir relaciones.padres: "presente". Familia y escuela son ámbitos que, según el grado en que se integren con generosidad, tendrán sus efectos en la educación de los alumnos. La colaboración entre estos agentes educativos es un factor clave en la mejora de la educación. Pero el grado de conexión entre estos dos mundos depende de las actitudes, prácticas, experiencias e interacciones. La situación sociocultural y las políticas y prácticas anteriores condicionan el grado de implicación y la forma y tipos de relación; por su parte, las líneas de comunicación individuales e institucionales especifican cómo y dónde tienen lugar las interacciones entre escuela, familias y entorno.


Podemos hablar de 6 tipos de implicación de la escuela-familia-comunidad que son importantes para el aprendizaje de los alumnos y para hacer más efectiva la relación entre escuelas y familias:
•Ejercer como padres: ayudar a todas las familias a establecer un entorno en casa que apoye a los niños como alumnos y contribuya a las escuelas a comprender a las familias.
• Comunicación: diseñar y realizar formas efectivas de doble comunicación (familia-escuela) sobre las enseñanzas de la escuela y el progreso de los alumnos.
•Voluntariado: los padres son bienvenidos a la escuela para organizar ayuda y apoyo en el aula, la escuela y las actividades de los alumnos.
•Aprendizaje en casa: proveer información, sugerencias y oportunidades a las familias acerca de cómo ayudar a sus hijos en casa, en la tarea escolar.
•Toma de decisiones: participación de los padres en los órganos de gobierno de la escuela (por ejemplo, en consejos escolares).
•Colaborar con la comunidad: identificar e integrar recursos y servicios de la comunidad para apoyar a las escuelas, a los alumnos y a sus familias, así como de estos a la comunidad.familia-escuela: ponerse de acuerdo. Cuando hay quejas de que los padres no colaboran lo suficiente o que les falta interés, también hay que preguntarse si desde la escuela se hace todo lo posible para que se sientan "bien recibidos". Al respecto, la investigación sugiere que las escuelas pueden dar pasos para desarrollar el papel de los padres y su sentido de eficacia para ayudar al aprendizaje de los hijos, mostrar formas prácticas de implicarlos en el apoyo a las escuelas, docentes y alumnos, y adaptar las maneras de participación a los requerimientos de la vida profesional y familiar.


Mientras algunos países que obtienen buenos resultados en las evaluaciones internacionales ponen el énfasis en la coordinación con las familias, por lo general, otros formamos a los docentes para centrarse en el desarrollo de proyectos curriculares en los que no tienen participación las familias.


Escuelas que inicialmente rompieron la barrera apostando por un incremento de relaciones con los padres o tutores han descubierto la importancia para su propia labor (apoyo de las familias, mejora del aprendizaje de los alumnos, mejora de la moral de los docentes y de la reputación de la escuela en la comunidad).

Conseguir sintonía y colaboración no es algo dado, tiene que ser construido y conquistado. Por supuesto que junto a la ilusión habrá momentos de crisis, pero si se reconoce que el punto de encuentro entre padres y docentes son los niños, las soluciones aparecen.
La escuela no termina cuando toca el timbre, su influencia penetra en la familia; y el alumno no sólo es tal cuando cruza la puerta de la escuela, su realidad familiar lo sigue también en las aulas. Es necesario un renovado y sincero pacto educativo y que se comience a articular la acción educativa escolar con la de otros agentes. Necesitamos fundar una acción conjunta en la comunidad en la que se vive y educa. Sólo se puede iniciar la reconstrucción de la comunidad y su nuevo ciudadano, a partir de un ámbito escolar que incluya las familias.



 



Fuente



http://www.elsolonline.com/


 

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domingo, 30 de mayo de 2010

El vínculo entre padres y maestros

Resumen de lo discutido en el foro sobre el vínculo entre padres y maestros, organizado por Educared.

La propuesta de Entre Padres al abrir este foro fue reflexionar sobre la relación familia-escuela pero haciendo foco en testimonios y experiencias.
Durante el intercambio, se contó con la contribución de Rolando Martiñá que intervino en el diálogo con los usuarios expresando sus ideas y respondiendo a algunos de los mensajes posteados.


La propuesta de este foro fue plantear el tema a los usuarios y haciendo hincapié en aspectos prácticos y experiencias concretas enriquecer la reflexión acerca de esta relación tan fundamental para el desarrollo de nuestros hijos.


A lo largo del diálogo se han expresado opiniones, dudas, y también algunas propuestas.
Los temas más abordados fueron: i) la falta de confianza existente y la necesidad de reestablecerla y ii) las diferentes modalidades que va adquiriendo el vínculo entre padres y maestros en los distintos niveles del sistema.


Con respecto al primer punto se expresó que existe desconfianza mutua y que la misma "paraliza, entorpece y deforma las relaciones" como asegura Moninillo. También sugiere que, según su experiencia, es muy común "reaccionar sin tener la información correcta".


En este sentido Rolando Martiñá coincide al expresar que "damos por supuesta la mala intención el otro o al afán de abuso". Según Martiñá, esto supone una actitud cultural básica que debemos revisar y que "no hay sociedad democrática posible, si no se logra elaborar una confianza básica en el otro".


Asimismo sostiene que como ambas instituciones, familia y escuela, se encuentran ligadas por una tarea común es necesario "crear vínculos de confianza básica".


En relación al segundo, las diferentes modalidades del vínculo, se evidencia coincidencia respecto del interés y la intensidad que va adquiriendo. Cuanto más pequeños son los chicos, mayor interés y a medida que se avanza en los niveles del sistema la relación se va desdibujando o perdiendo. Pareciera, según las expresiones de los usuarios que, cuando se trata del jardín de infantes, la actitud de los padres y de las familias es más condescendiente con todo lo que se hace y vivencia en el jardín. Los padres se acercan más, participan y se interesan por las actividades. Pero, ya en la primaria la actitud cambia, y los docentes son constantemente evaluados por los padres.


En la mima línea, Adriana considera que "a partir del ingreso a E.G.B. ese vínculo va desapareciendo, y ni hablar cuando el chico llega a Polimodal".


En ocasiones se responsabiliza a los padres como por ejemplo cuando se comenta que generalmente el papá va a la escuela a la defensiva. O cuando en su mensaje Susana dice que "Muchos padres en lugar de seguir junto a la escuela para poder acompañar a su hijo se enfrentan a ella". Para otros usuarios la responsabilidad mayor recae sobre la escuela.



Susana, afirma por ejemplo, que "La escuela debe poner energía en recuperar la confianza que antes tenía... pero también los padres tienen que estar más cerca de la escuela".


También se hicieron algunas propuestas basadas en experiencias reales. Por ejemplo, Karim cuenta que para ella el cuaderno de comunicaciones resulta muy práctico en los primeros años escolares y también expresa que "le resulta mucho ir a buscar a su hijo al colegio porque siempre está con la maestra que los acompaña" hasta la puerta y puede dialogar con ella.


Fernanda, a su vez, postula que es fundamental establecer la comunicación y para eso propone conocer "…cuáles son los canales o situaciones que propone la escuela para dialogar y luego aprovechar esos espacios. Si hay cooperadora, será a través de la misma. Si se organizan eventos, el acercamiento se puede producir por ese medio. Sino será el cuaderno de comunicaciones, reuniones, etc."


Susana también invita a "Concurrir seguido, participar de eventos, hablar con diariamente con los hijos sobre lo que hace en la escuela, mirar sus cuadernos, enviar notas no sólo cuando tiene que quejarse!"


Finalmente, Diego, cerrando el debate, propone a los padres dejar de lado las demandas y las críticas poco constructivas y comenzar a acercarse a los maestros con otra actitud, que resume de la siguiente manera: … "Hola, soy el padre/madre de ese chico, me doy cuenta de que soy responsable por él y sé que escasean los recursos, ¿cómo puedo ayudarlos a educarlo?"


 


Fuente

http://www.educared.org.ar/


 


 

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