miércoles, 15 de mayo de 2013

Tres dimensiones de la participación de las familias en la vida de los centros escolares

En la actualidad asistimos a grandes cambios en las escuelas, hasta la finalidad de las mismas se ha modificado, se trata de construir escuelas inclusivas, y en este contexto se revaloriza la participación, en sus diversas formas ¿De qué manera podemos hacerlo? ¿Qué dimensiones analizar?


Para ir más allá de la participación como mera consigna es preciso introducir algunas precisiones. En las consideraciones que siguen abandonaré el nivel sistémico del servicio educativo y sus mecanismos de regulación para concentrarme específicamente en la participación tal como puede manifestarse en las instituciones educativas. Comenzaré distinguiendo y describiendo tres dimensiones de la participación.

Dimensión estructural de la participación
La educación y el aprendizaje constituyen procesos necesariamente participativos en un sentido muy particular: el que aprende interviene, pone lo suyo, contribuye en su propia educación o apropiación del saber. Bien mirada, esta es una verdad de perogrullo, pero muchas veces pasa inadvertida por muchos especialistas y expertos de la educación. Con la educación sucede lo mismo que en otros servicios personales, como los servicios de producción y reproducción de la salud de las personas.

Uno no compra su educación o su salud como algo hecho. El paciente o el aprendiz participa inevitablemente en la producción de su salud o de su aprendizaje. Si él no hace lo que tiene que hacer (estudiar, hacer los ejercicios, leer, producir textos, participar en experimentos, poner en práctica lo que está aprendiendo, etc., o bien, cuidarse, tomar los remedios, alimentarse como es debido, etc.) no se produce ni la curación ni el aprendizaje. Si el aprendizaje se produjo es porque el aprendiz hizo lo que tenía que hacer y lo que sólo él podía hacer. Por eso, en el caso del los servicios personales, cuyos efectos se producen en el cuerpo y la subjetividad de las personas, éstas son parte del equipo de producción y no meros consumidores o clientes, como sí lo somos nosotros la mayoría de las veces cuando compramos cosas hechas tales como camisas, zapatos o bicicletas.

Cuando aquel que piensa en la educación y en las cosas del aprendizaje tiene conciencia de que esta participación (y la de su familia, cuando se trata de niños) es un ingrediente no simplemente deseable sino ineludible para el éxito de esta operación, su modo de ver y hacer las cosas cambia radicalmente. En este primer sentido, la educación es un proceso de co-producción donde es tan importante «lo que pone» el centro escolar (los docentes, los equipamientos didácticos, el método y la didáctica, etc.) como «lo que pone» el educando y su familia. Pero sospecho que, quienes usan y abusan del discurso de la participación, al hablar no están pensando precisamente en este primer significado.

Si la educación se concreta efectivamente en un proceso de coproducción, no es posible separar claramente la «oferta» de la «demanda». Ambos conjuntos de factores funcionan e interactúan en forma conjunta para hacer posible el aprendizaje. Digamos que esa dimensión estructural del aprendizaje era conocida desde siempre. Pero es un hecho que se hace evidente para todos cuando los sistemas escolares incorporan a la mayoría de una «clase de edad» al nivel primario y secundario, como es el caso de la mayoría de los países de mediano y alto desarrollo de América Latina. Cuando la inclusión escolar viene de la mano de la exclusión, muchos niños van a la escuela sin disponer de las condiciones sociales (alimentación, vivienda, salud, medio ambiente, etc.) necesarias para «participar» en el proceso de aprendizaje.


La participación como contribución
La tercera dimensión tiene que ver con la participación como contribución. En mi opinión, este es el sentido más recurrente con el que se usa el discurso de la participación, en especial en el campo de las políticas sociales en general y educativas en particular. Cuando quienes diseñan y llevan a la práctica programas educativos buscan que la comunidad participe en las instituciones escolares (existen múltiples ejemplos de programas educativo con este ingrediente en América Latina) en realidad están esperando que las familias y la comunidad provea de una serie de recursos que se consideran necesarios para la eficacia de la acción escolar.

Cuando se interroga a los directores de centros educativos acerca del nivel de participación de los padres de familia en los centros educativos, por lo general quien responde está pensando en la cantidad y calidad de la cooperación de los padres en el funcionamiento del establecimiento escolar. La contribución de los padres de familia tiende a ser una respuesta a un requerimiento o pedido especifico de la institución. Es ella la que convoca, solicita o demanda la contribución de los padres. Ellos pueden responder o no. Raramente son ellos los que deciden espontáneamente cooperar o hacer un aporte específico.

En el caso de América Latina, la experiencia indica que, en el caso de las escuelas de sectores populares urbanos y rurales, la colaboración de los padres puede ser monetaria (aporte de dinero, generalmente a través de la cooperadora escolar) o bien en trabajo. La contribución en especies (insumos, libros, materiales didácticos, etc.) es menos frecuente.

En México, el programa de Educación Comunitaria (Torres y Tenti Fanfani) es paradigmático en cuanto a la participación como contribución y está dirigido a ofrecer educación primaria en comunidades aisladas y pequeñas (menos de 15 niños en edad escolar). En estos casos, donde no se justifica la creación de un centro escolar estándar, se ofrece el servicio a través de un maestro-instructor, por lo general un joven con la secundaria básica completa (y por lo general residente en la zona). El mismo, luego de tres meses de entrenamiento pedagógico acelerado y dotado de un paquete con materiales de autoaprendizaje, es enviado a la comunidad donde prestará el servicio al cual se compromete a aportar vivienda y alimento al instructor. En este caso, la comunidad participa aportando el alojamiento del instructor, el espacio físico donde se lleva a cabo el proceso de enseñanza-aprendizaje y el alimento que necesita para vivir.

Otra forma más espontánea de participación contributiva es frecuente en muchas áreas rurales pobres de América Latina. En muchas ocasiones son las comunidades quienes se hacen cargo de la construcción y mantenimiento de la infraestructura física de la escuela. Esta situación fue muy frecuente en México, en especial durante el primer período de expansión de la educación rural luego de la Revolución iniciada en 1910. Existen muchos testimonios de escuelas totalmente construidas a través del esfuerzo y el trabajo de los padres de familia de las comunidades rurales, las cuales hacían todo lo posible para contar con un establecimiento escolar donde educar a sus hijos.

En las zonas urbanas de América Latina, la contribución tiende a ser más diversificada, ya que al trabajo se agrega una contribución económica mediante el pago de una cuota a la cooperadora escolar. El monto de los recursos de este origen varía según el nivel socioeconómico dominante de los alumnos de los centros escolares. En muchos casos, los padres tienen la capacidad suficiente de financiar la ampliación de la oferta educativa (computación, inglés, actividades expresivas y/o artísticas, etc.) de los centros escolares.

La contribución en términos de tiempo de trabajo es más frecuente en las escuelas primarias de las áreas urbanas pobres. En este caso se trata de trabajo femenino. En efecto, las madres de familia que no están insertas en el mercado de trabajo suelen aportar su presencia y su cooperación en distintas tareas de apoyo, en especial aquellas que se relacionan con los servicios de alimentación escolar.

En términos generales es plausible afirmar que la contribución tiende a ser monetaria en el caso de las escuelas públicas de clase media y media baja y «laboral» en los barrios más populares donde habitan los que sólo disponen de su fuerza de trabajo para participar-contribuir con los establecimientos educativos de su comunidad.

En estas circunstancias, resulta en cierta medida paradójica, que se tienda a pedir más (dinero, trabajo, tiempo, etc.) a quienes menos recursos tienen. A su vez, las clases medias y medias altas urbanas «le piden todo a la escuela» y sólo participan (cuando lo hacen) mediante el pago de una suma, por lo general de no mucha relevancia, a la asociación de padres de los centros escolares. De esta manera, la distribución regresiva del financiamiento público (mejores escuelas, mejores maestros a los sectores sociales urbanos mejor situados en la estructura social) va acompañada de un aporte proporcionalmente mayor por parte de quienes menos recursos tienen. El resultado es la reproducción de la estructura inicua de los recursos públicos orientados a la educación básica latinoamericana.

La participación como poder de decisión
Pasemos ahora a la tercera dimensión de la participación. Ésta tiene que ver con una cuestión más delicada. Tiene que ver con las cosas del poder. Aquí la participación supone un escenario, actores con intereses y estrategias y procesos donde se construyen problemas, se arman agendas y se toman decisiones en relación con reglas y recursos, es decir, con definición de normas que regulan las prácticas y con asignación de recursos (de diverso tipo).

En una institución como la escuela interactúan diversos agentes individuales y colectivos: el director, los maestros, los estudiantes, las familias, las organizaciones comunitarias, las empresas, las iglesias, etc. En síntesis, la mayoría de las instituciones democráticas contienen a una gran diversidad de agentes que tienen distintas posiciones, recursos, intereses y, por lo tanto, también distintos puntos de vista, expectativas, demandas, opiniones, actitudes, etc. Por lo tanto, estas interrelaciones no siempre son pacíficas sino que muchas veces están atravesadas por el conflicto y la lucha entre intereses y puntos de vista divergentes, opuestos, enfrentados, etc.

Si participar es también participar en el poder, es preciso recordar que la escuela, al igual que el resto de las instituciones, es una organización muy particular. Al igual que el hospital, por ejemplo, está constituida por una capa de profesionales que monopoliza un conjunto de saberes especializados. El resto de los miembros de las instituciones (los alumnos o los enfermos y sus familias) son objetos de intervención de los profesionales y por lo tanto éstos ejercen una dominación objetiva sobre los segundos que, por principio, están excluidos de ese recurso que constituye la base de su poder: el saber especializado. En estos contextos, «empoderar» a los alumnos y las familias en las instituciones no es una cosa tan sencilla como a primera vista puede parecer. En efecto, en las instituciones, y en ciertas esferas específicas, dar poder a algunos (los padres y/o los alumnos) supone limitar el poder de los otros (los profesionales). Esto es particularmente cierto en el caso de las cuestiones que tienen que ver con cuestiones centrales del servicio educativo tales como la definición del programa escolar, las estrategias pedagógicas o didácticas y la evaluación de los aprendizajes. Estas esferas constituyen el corazón mismo del saber especializado de los profesores, en tanto que pedagogos. En estos terrenos ellos reivindican su derecho de exclusividad.

Por eso, respecto de la participación de los «usuarios» de las instituciones es preciso ser muy cuidadoso para distinguir las esferas y el peso de su eventual participación. Pero, independientemente de las consideraciones anteriores, la mayoría tiende a preferir las instituciones democráticas a las autoritarias, autocráticas, oligárquicas o monocráticas. Por lo tanto, en una escuela democrática todos los miembros de esta comunidad deberían tener voz y voto en la definición de las cuestiones básicas de la vida institucional.

Aun cuando reconocemos que cada estamento o grupo tiene un papel o una función particular en la vida del conjunto, todos deberían tener derecho a participar en los procesos de decisión donde se definen cosas tales como los objetivos básicos, las estrategias, las reglas, la orientación de los recursos, etc. En verdad, la cosa es más complicada pues, para cada grupo, habría que definir un campo, una esfera y un peso especifico de participación. Mientras que los padres pueden llegar a tener el mismo peso que los maestros en materia de uso de los recursos financieros de la escuela, no pueden tener el mismo peso en otra esfera, como la que tiene que ver con ciertas cuestiones técnico-pedagógicas, por ejemplo, cuya resolución requiere de un conocimiento previo propio de los especialistas. Pero aquí no nos interesan estas sutilezas sino rescatar este segundo e importante significado de la participación, el que tiene que ver con el poder. Y el poder, por lo general no se lo distribuye, sino que más bien se lo conquista. En otros términos, el poder supone tensiones, luchas, conflictos y equilibrios inestables.
 
En América Latina existen varias experiencias que institucionalizan la participación de las familias en la formulación de las políticas y programas de los centros escolares. Las más relevantes se encuentran en Brasil. En efecto, durante la década de los años noventa, varios estados incorporaron a los padres de familia en los procesos de elección del director del establecimiento. Esta fue una manera de limitar la capacidad que tenían los políticos locales para nombrar a los directores. Los padres de familia también participan a través de sus representantes en los consejos escolares. Una experiencia que fue ampliamente reconocida en la región fue la que se desarrolló en el Estado de Minas Gerais (Brasil) a partir de 1991, pero existen experiencias análogas en otros contextos tanto en Brasil como en otros países de América Latina (Namo De Mello).


Autor
Emilio Tenti Fanfani
Profesor titular ordinario e investigador principal del conicet en la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad de Buenos Aires (Argentina). Consultor del del iipe-unesco, Sede Regional Buenos Aires.


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domingo, 5 de mayo de 2013

La participación como factor para la democratización y calidad de la enseñanza

Para muchos está claro, sin la participación de la familia en la escuela, no es posible ingresar al camino de la Calidad Educativa, pero no se trata de un camino sencillo ¿Cómo se puede organizar esa alianza? Los siguientes párrafos, desde la óptica de los padres de familia, en el contexto español, hacen su aporte para la reflexión.

La participación es, sin lugar a dudas, el factor fundamental de un sistema democrático y el que puede garantizar la calidad de nuestro sistema educativo. El grado de desarrollo de la participación en los centros educativos nos puede servir para medir su salud democrática. Pero, ¿cuál es el estado de salud de nuestras escuelas? ¿El desarrollo actual de la participación es garantía de la calidad de la enseñanza? La respuesta a estos interrogantes la obtendremos haciendo un pequeño análisis de su funcionamiento. A través de esta revisión, cada lector puede ampliar aquellos aspectos que configuren su realidad concreta y que ayuden a entender el estado de la salud democrática de las escuelas.

Los consejos escolares como órganos testimoniales y burocráticos
El Consejo Escolar, espacio que por sus características tendría que ser el lugar donde convergiera la participación de todos los sectores de la comunidad escolar, en un plano de igualdad, sigue siendo más un deseo que una realidad. El sentir mayoritario de padres y madres, no deja lugar a dudas: “los consejos escolares no sirven, son una pérdida de tiempo”. Es una realidad que casi en la práctica totalidad de los consejos escolares no se tiene capacidad de decidir, y las propuestas que se hacen o no son tenidas en cuenta o sirven de enfrentamiento entre padres y profesores.

Un órgano donde la comunidad educativa no debate, ni discute, ni profundiza en ningún tema que vaya más allá de lo prescriptivo, no puede ser considerado como espacio de participación. En consecuencia, los consejos escolares están aún muy lejos de constituir espacios de relación, encuentro y participación de la comunidad escolar, tal y como aparece en la legislación.

Las reuniones de aula, para que el tutor hable y los padres callen
Las reuniones de aula, que deberían ser espacios de información, debate y contraste sobre los procesos educativos, se han convertido en la mayoría de los casos en simples auditorios, donde el tutor habla y los padres y madres callan. Reuniones que en un alto porcentaje responden a unos rituales prescriptitos, en las que el tutor trasmite una información bastante superficial del lo que piensa hacer o está haciendo. Es desolador asistir curso tras curso a estas reuniones, cuyos esquemas se van repitiendo año tras año y donde el papel de los padres sigue perviviendo con la misma pasividad y lejanía. Tan es así, que de una asistencia casi masiva de los padres en los primeros niveles educativos se va pasando a una asistencia casi testimonial en los últimos cursos de la enseñanza obligatoria. La participación de los padres y madres en el proceso educativo de sus hijos no es muy directa y continua, como sería deseable. Los progenitores suelen ser más participativos en Educación Primaria, una participación que va reduciéndose gradualmente a medida que el alumno empieza a adquirir cierta independencia, y en Secundaria los padres y madres van dejando de asistir a los centros educativos. Estos espacios deberían ser democráticos, lugares de encuentro y debate entre el centro educativo y los padres. Para salir de esta situación, es urgente, como dice Chomsky, convertir estos espacios en un elemento de la comunidad con preocupaciones compartidas, en la que uno espera poder participar constructivamente.

Concepciones obsoletas de equipos directivos y profesorado
Son numerosos los obstáculos que encuentran muchas APAs, por parte de algunos directivos y una parte del profesorado, para disponer de un espacio en el centro o para el desarrollo de las actividades extraescolares. Casos en los que se le ha negado, dificultado e incluso prohibido repartir información dirigida a padres, numerosas las argucias de directores para aceptar el nombramiento del represente del APA en el consejo. Y un largo etcétera que nos pone en evidencia la existencia de actitudes, que demuestran las reticencias y recelos de una parte del profesorado hacia la participación de los padres en el centro educativo. Con estas actitudes no solamente se le hace un flaco favor a la participación, sino que se pone de manifiesto concepciones más de tiempos dictatoriales que democráticos.

La dificultad de implicar a los padres en la participación
Por otra parte, nos encontramos unas APAs con grandes dificultades para interesar al conjunto de los padres y madres en la participación. Los numerosos problemas para encontrar padres dispuestos a implicarse en las juntas directivas, para colaborar en comisiones de trabajo y en otras actividades son indicadores claros de una situación bastante generalizada. El desinterés que existe por la participación es tal, que ni tan siquiera se cuestiona. Estas situaciones nos avisan que el problema es mucho más profundo de lo que a primera vista pueda parecer.

La experiencia de reuniones de juntas directivas, de asambleas de APAs, de reuniones de aula, de consejos escolares, entre otras actividades, nos hacen conscientes de la situación real de la participación y de la lejanía existente entre la normativa que la desarrolla y las prácticas del día a día. Esta situación, en la que la participación es más formal que real, es vivida diariamente por cientos de padres y madres que se sienten impotentes, pero al mismo tiempo esperanzados en transformar en posibilidades reales y eficaces el derecho a la participación de todos, como un instrumento necesario para la consecución de una escuela democrática.



Autor
Ginés Martínez Cerón
Vicepresidente de CEAPA
Revista ceapa
Número 78.

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jueves, 25 de abril de 2013

El rendimiento académico depende más de la familia que de la escuela, dice un estudio

¿De qué depende el rendimiento académico? La respuesta no puede ser simple, y no se pueda obtener una respuesta universalmente válida, pero tal vez el más importante sea el “capital cultural” de la familia del alumno. El siguiente artículo hace su aporte a la discusión del tema.


Un reciente estudio ha descubierto que el involucramiento familiar es un factor determinante del desempeño académico en los niños, mucho más que la calidad de la escuela. Los investigadores evaluaron datos de alcance nacional referidos a más de 10 mil estudiantes y sus padres, maestros y administradores escolares.

El trabajo fue realizado en conjunto por las universidades Estatal de Carolina del Norte (EEUU), Brigham Young y California.

"Nuestro estudio muestra que los padres deben estar concientes sobre su importancia, e  invertir tiempo en sus niños chequeando las tareas para el hogar, participando de los eventos escolares y haciendo saber a los niños que la escuela es importante", afirma la Dra. Toby Parcel, profesora de Sociología en la Universidad de Carolina del Norte y coautora del trabajo.

Específicamente, los investigadores observaron cómo el "capital social familiar" y el "capital social escolar" influían en el rendimiento académico. El capital social familiar puede ser descripto como los lazos entre padres e hijos, tales como la confianza, las líneas de comunicación abiertas y el involucramiento en la vida académica. El capital social escolar es la habilidad de la escuela de servir como un ambiente positivo para el aprendizaje, incluyendo aspectos como la participación estudiantil en actividades extracurriculares, la autoestima de los docentes y su capacidad para responder a las necesidades de los alumnos individuales.

Los investigadores encontraron que los alumnos con altos niveles de capital social familiar y bajos niveles de capital social escolar rendían mejor, académicamente, que los que tenían altos niveles de capital social escolar pero bajos niveles de capital social familiar. "En otras palabras, aunque los involucramientos de escuela y familia tienen su importancia, el rol de la familia es mucho más fuerte en determinar el logro académico", dice Parcel.

El trabajo, titulado "Does Capital at Home Matter More than Capital at School?: Social Capital Effects on Academic Achievement," fue publicado en el Research in Social Stratification and Mobility.



Fuente: Universidad de Carolina del Norte, EEUU
En Síntesis Educativa
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lunes, 15 de abril de 2013

El papel de la familia en la educación de valores en el contexto del siglo XXI

Nuestro presente tiene características muy definidas, el avance tecnológico ha permitido un enorme salto en las comunicaciones, además se progresó mucho en la producción de bienes, pero no así en la justicia de su distribución, ante esto ¿Qué podemos decir de los valores predominantes? ¿Qué hacer desde la familia?

Los valores tienen que ver con la ideología individual o colectiva y su estimación depende de ésta. Lo que se denomina (acertadamente o no) escala o teoría de los valores, depende de cómo valoremos las conductas y los actos, cada uno de nosotros y nosotras. Cada grupo social, cada persona, individualmente, fija sus valores positivos o negativos. Educar en valores: ¿qué valores? ¿Los socialmente aceptables, en cada modelo de sociedad? ¿Es un valor el libre pensamiento o el pensamiento único? No todos tenemos la misma respuesta.

La axiología es la teoría que estudia la naturaleza y criterio de los valores a lo largo de la historia de la humanidad y en cada estadio y pensamiento social. Dos extensiones de la axiología son la ética y la estética. Los valores se pueden clasificar en objetivos y subjetivos, pueden ser permanentes y cambiantes. Se pueden conceptuar en términos de jerarquía, en la cual algunos poseen una posición más alta que otros, según en qué casos, en qué grupos o en qué tipo de personas. Los valores son bipolares, es decir tienen su polo “bueno”, denominado valor, y su polo “malo” o contravalor. Es la persona la que se sitúa en cada polo, evitando “su” polo malo (según su ética o práctica moral), para realizar “su” polo bueno. Realizar un valor no significa preferirlo, sin más. Por ejemplo, en el valor de la solidaridad, si es que lo consideramos como tal, la realización de ese valor es su puesta en práctica.

Al igual que a lo largo de toda la historia, hoy, en este nuevo contexto del siglo XXI, ya inmersos en la sociedad del conocimiento y de la información, los valores individuales y colectivos son uno de los grandes retos a los que debe enfrentarse la humanidad. Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas.

¿Cómo adquieren los individuos sus normas éticas? Es evidente que las experiencias del niño, de la niña y del adolescente, en el ámbito de su familia, tienen una estrecha relación, tanto en el contenido de sus propios valores, como en la importancia que se les asigna en ese grupo familiar. Las niñas y los niños en las edades más tempranas aceptan, inicialmente, los que sus padres les indican, sobre lo que es bueno y correcto o malo, sea o no objetivo. Puesto que el niño desconoce alternativa alguna, acepta a sus padres como una fuente de comportamiento o información fiable (inducción de valores y normas).

Según Piaget, “en el desarrollo ético e intelectual de cada niña o niño, se pueden distinguir dos aspectos: el aspecto psicosocial, es decir todo lo que recibe del exterior, aprendiendo por transmisión familiar, escolar, social, de entre iguales... y por otro lado el desarrollo espontáneo, es decir lo que el niño y la niña descubren por sí mismos”. Si el niño y la niña reciben amor y ternura de sus padres, se despierta en ellos el valor del amor y de la ternura. Aquí, en este caso, se daría una recepción exterior y un descubrimiento, al mismo tiempo.

El sistema de valores de una sociedad, de una cultura, o de una familia, es algo muy complejo, fruto a la vez de procesos históricos, de substratos culturales determinados y de ritmos diversos de cambio social, como en los que, en la actualidad, estamos inmersos.

Los valores están sujetos a procesos de continuidad y de cambio. Son un reflejo de evolución o de estancamiento de una sociedad. En nuestros días, la profunda evolución y transformación de la familia y su propio rol; la globalización de la economía y de la política; la multiculturalidad y el pluralismo de la sociedad; la pérdida de influencia social del rol tradicional de organización eclesial, que está produciendo una creciente secularización; el tremendo avance de las comunicaciones; entre otros, son factores que están imponiendo una obligada atención hacia nuevas realidades y nuevos valores.

La familia como espacio orientador, preventivo y de amor cooperativo, en el contexto del siglo XXI
Durante siglos, los seres humanos hemos sido educados, en el ámbito familiar y escolar, en el credo de la intransigencia, de la represión, de la religión como un dogma, del castigo físico y moral, de la fe, de la caridad, de la jerarquía entre los sexos, etc.

Sin embargo, para la mayoría de las gentes de hoy, afortunadamente, educar en valores en el ámbito familiar debe ser educar en la libertad. Esto no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano. Educando, paralelamente, en los valores, principios y derechos que desarrollan la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta sociedad del conocimiento y de la información, en esta sociedad altamente competitiva, es necesario, en el ámbito familiar, educar para la autoestima y la autonomía: nadie puede vivir libre, si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza en sus capacidades. Es necesario educar en la dignidad de la vida humana, en el humanismo, como fuente de progreso, convivencia y cultura universal. Es necesario asumir y vivir que todos y todas somos diferentes, y que esa diferencia es la mayor riqueza de la humanidad, como lo es el mestizaje. Y, sobre todo, como método preventivo, es necesario educar a nuestras hijas e hijos a saber decir “no”; a saber distinguir lo que es una dependencia, de lo que es una relación saludable. Hoy junto a las dependencias más tradicionales, como son las drogas legales e ilegales, emergen nuevas dependencias, fruto de las nuevas tecnologías, que hay que enseñar a usar saludablemente.

Hay que educar a los hijos e hijas en la teoría de que no hay verdades absolutas; educar sin sesgos sexistas; educar para la generosidad y la solidaridad; educar para una sociedad democrática, cooperativa y participativa; educar para una tolerancia limitada; educar para la cultura de la imagen y de la comunicación. Hay que enseñar a ver la televisión y saber utilizar Internet y las nuevas tecnologías, como fuente cultural y de ocio. Los padres y madres deben dialogar muy estrechamente con sus hijos e hijas: hay que educar para una cultura medioambiental, para participar de un consumo sostenible; educar para el tiempo libre y un ocio saludable; educar para la salud; educar para actuar con hábitos cívicos; y, desde luego, educar en el valor de la corresponsabilidad, empezando por las tareas domésticas.

Los valores y actitudes en los que se han venido formando los jóvenes y adolescentes en las últimas décadas, sobre todo desde la década de los sesenta del siglo pasado, reflejan un profundo cambio axiológico, como consecuencia de posturas más permisivas, por parte de sus padres, no siempre muy acertadas y en parte confusas, que están determinando unas identidades emergentes que hay que tener muy en cuenta, tanto por la escuela, como por la familia.

Pero ese cambio axiológico ha venido dado, también, por la enorme influencia que, en niños, adolescentes y jóvenes, está produciendo la sociedad del conocimiento y de la información, sobre todo en las dos últimas décadas. También los mensajes, en parte negativos e irreales, que se lanzan, en especial desde la televisión, producen una nueva escala de valores para los más jóvenes.

En estos momentos, al inicio de este siglo, la mayoría de las familias se encuentran confundidas y algo perdidas ante esta nueva situación. Sin embargo, los adolescentes parecen tener bastante claras sus prioridades valorativas, figurando en lugares preponderantes, con diferencia, la familia y los amigos. Por detrás, figuran aspectos tales como el trabajo, el estudio y la escuela, el dinero, el sexo, la solidaridad o el amor. Concediéndole una relativa importancia a las religiones tradicionales y a la política.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente. Nueve de cada diez expresan que no hay ninguna causa política que justifique cualquier tipo de violencia. Por el contrario, una inmensa mayoría, más del 85%, nos indica que no merece la pena sacrificarse por la religión o por la patria. Un 80% acepta las tendencias sexuales como íntimas de cada persona.

Estas identidades, preferencias y valoraciones que los jóvenes expresan mayoritariamente nos dan las claves, a los padres y madres, de cuales son los valores en los que tenemos que educar.

La familia, del tipo que sea, en este inicio del siglo XXI, debe constituir un espacio vital para el desarrollo óptimo de la personalidad de niños, niñas y adolescentes. Pero, también, un espacio vital de convivencia de todos los miembros que la componen, cuando esta relación sea, verdaderamente, en libertad y no bajo la sumisión y la jerarquía.

Hoy, como valor añadido, ningún ser humano debe renunciar a ninguna de sus dos dimensiones: la individual y la social.


“Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas”.

“Educar en valores no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano”.

“Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente”



Autor
Francisco Delgado Ruiz
Presidente de FAPA Albacete
Miembro de la Junta Directiva de CEAPA

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viernes, 5 de abril de 2013

El currículum oculto

Podemos afirmar que el "Currículum oculto es todo aquello que, inconscientemente o por inercia, pensamos, actuamos y transmitimos, en general, pero muy en especial a nuestros hijos e hijas", y como siempre, lo importante es lo que se da por sobreentendido. Las instituciones tienen su “Currículum oculto” ¿Somos consciente de ello? ¿Cómo hacer para que se haga visible? ¿De quién es la tarea?




Hace años, la primera vez que oí hablar del concepto "currículum oculto" me extrañó más como descubrimiento personal que como tema pedagógico, ya que representa todo aquello que, inconscientemente o por inercia, pensamos, actuamos y transmitimos, en general, pero muy en especial a nuestros hijos e hijas.

Esta transmisión inconsciente de contenidos, por parte de los docentes al alumnado, es lo que la idea de "currículum oculto" quería dejar al descubierto; sobre todo para evitar incoherencias y transmisión de idearios inconscientes indeseables (machismo, dogmatismo religioso, racismo, resolución de conflictos mediante la violencia, etc.)

Creo que la idea de "áreas transversales" que, entendidas como materias que debían impregnar todas las asignaturas y todo el tiempo lectivo (la no violencia, la solidaridad, la igualdad, el respeto a otras opiniones,...), no era sino un intento de suplir conscientemente el "currículum oculto" indeseable. El docente debía preparar su proyecto curricular y su actitud en clase de manera consciente, ya que debía impregnarlo con las materias transversales.

El concepto de "áreas transversales" no se aplicó de manera generalizada, fundamentalmente por falta de una actitud positiva y de formación adecuada por parte de los docentes (especialmente del profesorado de segundaria); quizás también por las resistencias, más o menos conscientes, del "currículum oculto" que todos llevamos dentro, y muy en concreto una parte del profesorado y de las Administraciones con competencias en materias educativas.

No tenemos herramientas claras para paliar la influencia del "currículum oculto" indeseable que nuestros hijos e hijas puedan recibir en un determinado centro o aula. Esto no es algo que la autonomía de centros o la libertad de cátedra solucionen; muy al contrario, el esfuerzo que supone poner al descubierto funcionamientos y actitudes inconscientes indeseables y buscarles nuevas manifestaciones sólo será posible si hay una llamada de atención clara y una voluntad firme.

Quizás, ya que ni las leyes ni la Administración nos lo dan hecho, ésta sea una de las principales funciones de les asociaciones de padres y madres de cada centro educativo: poner al descubierto el "currículum oculto" inconsciente e indeseable (dificultades para la participación efectiva, discriminación entre el alumnado, falta de responsabilidad de algunos docentes, incumplimiento sistemático de la normativa educativa, desmotivación del alumnado, olvido del concepto de tutoría, etc.), para sustituirlo por objetivos conscientes y dialogados.



Autora
Catalina Esteva
Junta Directiva de COAPA Balears
Revista de padres y madres de alumnos y alumnas abr/may/jun 2007
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