sábado, 25 de abril de 2020

Flexibilidad, cooperación y organización para estudiar en casa


Además de potenciar la comunicación entre familias y docentes, hacer partícipes a los estudiantes de las tareas de sus padres o flexibilizar la jornada son algunas de las medidas que propone Isaac Guerrero, maestro de Primaria especializado en Inglés, para garantizar un ambiente de estudio adecuado en los hogares.


Ante la situación de emergencia que está viviendo España se ha acentuado la necesidad de colaboración en todos los sectores y ámbitos de la sociedad. Uno de ellos, sin duda, es la educación. Debido a la COVID-19, los alumnos y alumnas se han visto forzados a seguir su educación desde casa y algunos padres y madres a teletrabajar y compaginar sus deberes con los de sus hijos e hijas.
Necesidad de comunicación

Eso ha conllevado que la comunicación entre docentes y familias se haya convertido en una pieza fundamental para la formación de niños y niñas.

Esta situación genera una convivencia escolar, en un ámbito que nunca antes habíamos vivido (la casa, sin maestros, sin horas programadas, sin recreo y… con los padres), lo que obliga a adaptarse, creando nuevas rutinas y estrategias organizativas y formativas, muy diferentes a las que estábamos acostumbrados.

Nadie podía imaginar este escenario y, pasadas algunas semanas y teniendo en cuenta que esta situación se puede alargar, no queda otra que intentar crear un ambiente educacional en casa que permita mantener los contenidos, habilitar nuevos hábitos y rutinas y que ayude a ‘no perder el curso’ y, sobre todo, que sea beneficioso tanto para los más pequeños como para los padres.

Jornada flexible
Dada la situación hay que tener flexibilidad. Es importante establecer una rutina que se cumpla de lunes a viernes, pero deberíamos intentar que no fuese tan rígida como en la escuela. Además, recomendamos que se organice mediante un consenso entre padres e hijos. Recordemos que las decisiones en las que tomamos parte son más propicias a cumplirse.

Para la creación de esta rutina proponemos invertir entre 15 o 20 minutos cada mañana para programar o decidir las tareas a realizar y así organizar el día.

Fomenta que tus hijos e hijas sean tus jefes
Es importante que durante el cuarto de hora que dedicamos al inicio de la mañana a establecer las tareas y objetivos del día, no solo sean los hijos e hijas los que comparten, sino también los padres.
Ellos deben conocer el trabajo que deben acometer durante el día, lo que permitirá visualizar su jornada, actividad y programación. Eso les hará más conscientes de lo importante que son la rutina, la concentración y encontrar un espacio idóneo y permanente.

Así pues, la consecución de las metas consensuadas cada mañana serán o deberán ser acicate para el tiempo libre. No puede existir sin el compromiso de los objetivos cumplidos cada día (un capítulo de lectura de un libro, los ejercicios de un tema, etc.). Y podría servir, para estrechar relaciones, juegos compartidos, además de su tiempo para que ellos decidan en que ocuparlo.

Además, son necesarios unos minutos para la ‘evaluación’. Será el momento para repasar si se han cumplido todos los objetivos y motivar a conseguirlos, felicitar los alcanzados y revisar si las ‘reglas de ese juego’ se han cumplido.

Establecer normas
Son esenciales para la convivencia intensiva que se está viviendo estos días. Al igual que con los estudios, las normas se deben acordar entre toda la familia para ciertos momentos del día: cuando se está trabajando/estudiando, cuando se juega y cuando es tiempo de relax y descanso.

Por otro lado, no debemos olvidar, sobre todo si hay niños y niñas pequeños en la casa, que no han salido a jugar y corretear al aire libre en muchos días. Eso hace que tengan sus baterías cargadas, estén llenos de energía y no se estén quietos. Aquí es importante la paciencia de los padres y la organización de actividades más explosivas como una guerra de almohadones, por ejemplo.

Organizar el espacio
Cuando trabajamos desde casa es complicado establecer barreras entre lo profesional y lo personal. Por ejemplo, es difícil ver la habitación o el salón como un espacio de trabajo, porque no estamos acostumbrados a ello.

Para ayudarnos a cambiar la mentalidad entre el trabajo y la vida personal podemos:
En el caso de tener una habitación libre, podríamos utilizarla a modo de despacho en la que solo estamos allí cuando trabajamos. Lo mismo para los niños y niñas, quienes podrían estar en el mismo espacio sabiendo las normas y el objetivo de estar ahí.

En el caso de no contar con ella, es importante organizar o distinguir el espacio de alguna forma diferente: ahora es lugar de ‘trabajo’, ahora es un espacio de ‘recreo’. Por ejemplo, si estamos en el salón podemos mover la mesa a cualquier otro punto de la habitación cuando estemos trabajando y volverla a poner en el sitio correspondiente cuando acabemos.

Otros consejos
Cada casa y cada familia es un caso diferente y estas consideraciones son unas bases generales desde las que partir en estos tiempos de ‘recogimiento’. Por ello, se pueden adaptar, mejorar y, sobre todo, darles un toque de ingenio, con el propósito de hacer de unos momentos desasosegantes un tiempo para la convivencia, las normas, la cotidianidad y la diversión.

Para fomentar el trabajo autónomo de los niños y niñas (dependiendo de la edad) podemos establecer estrategias para que intenten resolver sus propios problemas. Por ejemplo, podemos enseñarles en media hora cómo buscar en internet información que necesiten, no consultando tan solo una página web sino leyendo varias y creando una respuesta propia.

Del mismo modo, también es posible establecer un tiempo de preguntas en la que nuestros hijos podrán interrumpir nuestro trabajo para preguntarnos dudas. Aquí es importante enseñarles a apuntarse lo que no saben y pasar a otra tarea que sí que puedan continuar haciendo.

También es adecuado aprovechar el conocimiento de los hermanos mayores y crear en casa un aprendizaje multinivel, tal como se suele hacer en la escuela rural. Esto consiste en que alumnos y alumnas de diversas edades están en la misma aula y unos se ayudan y complementan a los otros.

Esperemos que esta situación ayude a ver la importancia de establecer una buena comunicación entre familias y escuela para el desarrollo integral de los niños y niñas que, en definitiva, es el desarrollo integral de todo un país.


Por
EDUCACIÓN 3.0
Fuente


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lunes, 20 de abril de 2020

Consejos en época de pandemia, tercera parte

La búsqueda en Internet


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domingo, 19 de abril de 2020

Consejos para época de pandemia, segunda parte


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sábado, 18 de abril de 2020

Consejos en época de pandemia


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martes, 14 de abril de 2020

Hacer de la necesidad virtud: Bibliotecas virtuales públicas y equidad educativa


  • Odian leer -así lo dicen algunos de ellos-, pero hay tres condiciones que, bien combinadas, pueden abrir espacios para la lectura: la prescripción escolar, el aburrimiento y el acierto en la elección. Estamos ante una oportunidad única para impulsar el hábito lector pero, para ello, necesitamos el concurso de las bibliotecas públicas.


¿Por qué, en tiempos de pandemia y coronavirus, se habla tan poco de libros? Vengo dándole vueltas a esta pregunta desde que iniciamos la cuarentena. ¿Por qué, si el principal problema educativo que hemos detectado es la exclusión escolar, las bibliotecas no se consideran un servicio de primera necesidad, como las tiendas de alimentación o las farmacias?

En tiempos de brecha digital -de brecha social y escolar-, los libros son el amortiguador más sencillo y más inmediato contra la inequidad educativa. Hubiera bastado que los profes nos hubiéramos puesto de acuerdo en recomendar un puñado de buenos libros -libros informativos y libros de ficción, libros cuya lectura acompañaríamos y libros de los que no habría que rendir cuentas- para que el tránsito entre la educación en la escuela y la formación en casa no hubiera sido ni tan brusco ni tan injusto. Tendremos que darle una vuelta a nuestra lentitud de reflejos, a por qué los libros han desaparecido, incluso, de nuestro imaginario docente. Del hegemónico, al menos.

Ni siquiera la brecha digital hubiera sido tan abrupta con buenas bibliotecas escolares. Estas, allá donde funcionan, se ocupan también de la alfabetización mediática de estudiantes y docentes y tienen, cuando menos, detectados los problemas: quiénes disponen de dispositivos móviles y quiénes no, quiénes disponen de conexión en casa y quiénes no; qué aplicaciones y plataformas son fiables y cuáles no. Eso, tan solo, como punto de partida. Porque las bibliotecas escolares hace tiempo que dejaron de ser tan solo un espacio físico donde se alojan los libros, y son el verdadero agente dinamizador -que impulsa y coordina- todas aquellas prácticas vinculadas a la alfabetización del siglo XXI: desde cómo distinguir noticias fiables de fake news a cómo seleccionar, elaborar y comunicar información, entre otras muchas cosas. Claro que estos contenidos conciernen al profesorado de todas las áreas, pero mientras las rutinas docentes y las evaluaciones externas miren hacia otro lado pocos parecen darse por aludidos.

Necesitamos responsables en nuestras bibliotecas escolares -con formación y recursos, lo hemos dicho ya muchas veces- que vertebren iniciativas, especialmente aquellas medulares y que, sin embargo, el currículo disciplinar orilla o desdeña.

Pero hoy quisiera centrarme en la lectura de libros: de papel o electrónicos, pero en los libros. Y en por qué creo que, cuando se atenúen las condiciones de nuestro confinamiento, las bibliotecas públicas podrían y aun deberían ocupar un papel central en el tramo final del curso. Hablaré de secundaria, que es lo que conozco de primera mano, pero la tesis de fondo de estas líneas es aún más pertinente si cabe para los tramos de infantil y primaria.

Todos los años, al empezar las clases, dedico una o varias sesiones a hablar con mis alumnas y alumnos acerca de sus hábitos lectores y sus libros favoritos. Y todos los años me encuentro con tres perfiles diferenciados, aunque enormemente porosos entre sí.

En primer lugar, los refractarios a la lectura: «No leo nada. Nunca he leído nada que me guste». «Una vez leí un libro. Y no me gustó». «Yo no leo nada. Y si me mandan leer algo en el instituto o me veo la peli o me leo un resumen». «Antes leía. Ya no». «Me tiene que llamar mucho la atención el libro; si no, no me lo leo. He intentado leer algún libro, pero no». «Profe, yo solo leo el Marca«.

Pero incluso estos nos dejan un resquicio abierto: «No me gusta nada leer, pero una vez me leí un libro por mi cuenta y me gustó. Se llamaba El niño del pijama de rayas«. «No leo mucho, pero me gustan las curiosidades que leo en Instagram. Lo de ¿Sabías que…? Eso sí me lo leo». «No leo nada. Y ya. Pero me gustaría tener disciplina. Dormirme leyendo un libro». «A veces sí que leo, depende de lo que me aburra». «Leo cuando tengo tiempo». «No es que no me guste leer, me gusta algún tipo de libros, como Juego de Tronos». «Leer no es que me emocione, pero los libros que me mandan en el instituto sí que me los leo». «Con los libros del instituto al principio no me gustan, pero luego me voy enganchando». «Me gusta mucho leer, pero no libros. Revistas, moda, cosas de actualidad».

Odian leer -así lo dicen algunos de ellos-, pero hay tres condiciones que, bien combinadas, pueden abrir espacios para la lectura: la prescripción escolar, el aburrimiento, y el acierto en la elección.
Luego están los lectores ocasionales, aquellos que leen a rachas. «No me gusta mucho leer. Mi libro favorito es El señor de los anillos«. «No es que no me guste leer, pero no suelo hacerlo». «Me gusta leer, pero no leo mucho». Añoran los tiempos en que sí eran ávidos lectores. «Cada vez leo menos». «Antes leía un montón». Son quienes sí leen lo prescrito en el instituto, pero poco más. Este grupo aumenta según nos adentramos en la adolescencia. Porque es entre los más pequeños del instituto donde encontramos los lectores más fervientes.

Y ahí están los lectores compulsivos: quienes se han leído todo Roald Dahl, Laura Gallego, Harry Potter, Percy Jackson, John Green. Fans de un título, un autor, un género, cuesta sacarlos de ahí. Se nos perderán en cuanto no acertemos a establecer el tránsito entre las tramas fantásticas o adolescentes y otros géneros que los saquen de la espiral en que andan confinados. No podemos pretender que salten sin red de ahí al Poema del Cid, El Lazarillo de Tormes o San Manuel Bueno Mártir. Hay literatura juvenil para la segunda adolescencia y hay clásicos universales para los jóvenes lectores. Solo hay que ir a buscarlos.

Pero es que, además, están los refractarios a la narrativa de ficción (aunque a lo mejor sí se atreven con la novela gráfica) pero sí son lectores ocasionales de poesía. Están también quienes no quieren saber nada de literatura pero les entusiasman las biografías; quienes, puestos a leer, prefieren hacerlo con un libro de historia o de ciencia o hasta con un título de economía. Están -y estos son lectores en auge- quienes buscan en los estantes lo que haya de feminismo o ecología, y lo devoran con fruición y no hacen sino recomendarlo.

Todos ellos, lectores y no lectores, lectores de literatura y de libros informativos, necesitan de la escuela para impulsar sus hábitos y ampliar sus itinerarios de lectura. Muchos -si no todos- dependen de las prescripciones de la escuela, tan denostadas -y es verdad que tantas veces hechas con muy poco acierto-. Contamos ahora con un momento excepcional para aprovecharlo. La lectura sostenida y continuada, la lectura por placer, es también factor determinante en la mejora de la competencia lectora, esa que luego tanto echamos en falta.

Pero para que ello sea posible, y para no abrir más brechas en la equidad entre quienes pueden acceder al préstamo electrónico de libros -porque tienen dispositivo, conexión, y carnet de la biblioteca municipal- y quienes no pueden hacerlo, necesitamos que las bibliotecas públicas vuelvan a abrirse cuando el cese el estado de alarma, puesto que los centros escolares seguirán probablemente cerrados mucho más tiempo. Abrirlas siquiera exclusivamente al préstamo; con ventanilla y distancia social, con guantes y mascarillas, pero abrirlas.

Y necesitamos -profes, esto va por nosotros- volver a poner los libros en el centro de nuestro imaginario pedagógico y pensar -¡colectivamente!- qué puñado de libros podrían conformar ese plan lector de urgencia para una cuarentena.


Por
Guadalupe Jover es profesora de Educación Secundaria
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